Desventuras de un gigoló en Beverly Hills

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«Amante a domicilio» (Spread, EE.UU., 2009, habl. en inglés). Dir.: D. Mackenzie. Guión: J.D. Hall. Int.: A. Kutcher, A. Heche, M. Levieva,

Si se tiene paciencia para superar los monólogos autorrefenciales del protagonista y su incesante fornicio, dizque explícito pero con estética publicitaria, de la primera parte, se puede llegar a la conclusión de que «Amante a domicilio» no es tan mala como amenaza ni tan interesante como hubiera querido ser. Aunque su pretendida amoralidad no se parece en nada a lo que E.E. Cummings llamaría «intrepidamente obsceno», al menos en algunos aspectos, la película se aparta un poco de los cánones hollywoodenses.

Ashton Kutcher asume con esmero un papel que, acaso por el mismo prejuicio de quienes lo vimos en comedias románticas como «Recién casados» o «Locura de amor en Las Vegas», difícilmente se le hubiera ocurrido ofrecerle a ningún equipo de producción que no lo incluya a él, como en este caso. El marido de Demi Moore interpreta a un joven gigoló que desembarca en Beverly Hills para hacerse la América, convencido de tener la belleza, los atributos («18 centímetros», según él mismo declara en una situación dramática) y, sobre todo, el estómago suficiente, como para brindarle solaz a cualquier «sapo» con tal de que lo mantenga. La primera mujer rica que se lo ve conquistar, sin el menor esfuerzo, no es precisamente un sapo. Se trata de Anne Heche, linda, bien vestida cuando está vestida y, cuando no, entregada sin pudores a las hazañas sexuales de la fatigosa primera parte del film.

Con el propósito de destapar la miseria de este tipo de gente se mostrará a Kutcher (Nikki en adelante) aprovechándose de todo el que se le cruza, incluido el amigo que lo socorre cuando no hay clientas a la vista, hasta que una camarera (Margarita Levieva, atractiva actriz con algo de Scarlett Johansson) no sucumbe a sus clichés de seducción al primer intento. Entonces... se enamora. Al contrario de lo que pudiera temer el espectador, con todo derecho, desde el momento en que ella no es lo que parece, es posible advertir la intención de diferenciar esta película de las comedias románticas habituales. El problema es que ni el guionista Jason Dean Hall, ni el director inglés David Mackenzie -que así debuta en Hollywood-, consiguen ir más allá de la superficie de las cosas

Con el enamoramiento viene la debacle de Nikki. Una debacle obviamente destinada a generar la transformación rotunda del personaje y que, por lo tanto, es inverosímil, así como inverosímil es -amén de ñoño en su contexto- que la parejita de tórtolos no fornique a secas sino que «haga el amor» con los correspondientes cortes, justo cuando la situación empieza a ponerse hot.

Así las cosas, lo original es el desenlace, aunque no sea muy desprejuiciado que digamos. La potencia metafórica de la ilustración que acompaña los créditos finales es la prueba definitiva de que había una idea. Por desgracia, no llegó a desarrollarse.

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