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Diálogos en wall street
Periodista: Finalmente, se develó el misterio. Y no hubo grandes sorpresas. La Cumbre de Londres terminó como la imaginaba usted. Se puso el acento en alentar la creación de mayor liquidez internacional. O sea, se avanzó allí donde reinaba el consenso. ¿Es un punto de inflexión en la batalla contra la crisis, como dijo Obama?
Gordon Gekko: Obama sabe que no. Pero nadie puede exigirle tanto al G-20.
P.: ¿Piensa que, aún sin dar vuelta la página de la crisis, la reunión fue un éxito?
G.G.: Sí.
P.: ¿Por qué?
G.G.: Es importante mantener vivos el diálogo y la cooperación internacional. La crisis es un virus muy destructivo de ambos. Sin embargo, no logró aún instalar ni el conflicto abierto ni la anarquía del «sálvese quien pueda». Esto no es un mérito de un encuentro puntual como puede ser la cumbre, sino de un esfuerzo conjunto que se mantiene en el tiempo. La crisis sería mucho peor si ese empeño no prevaleciese.
P.: Es una definición de éxito que no deja de ser modesta. Los devaneos del G-20 no causan daño pero, me pregunto, ¿cuánto contribuyen a resolver la crisis?
G.G.: La crisis es global, pero las respuestas son nacionales. Como no hay consenso para que todos los países persigan una misma política, la alternativa era forzar un enfoque común o, como se hizo, descender un escalón, y contentarse con un acuerdo que rescata los denominadores comunes y lima fricciones. En ese sentido, el G-20 tuvo éxito donde la Liga de las Naciones fracasó en 1933. Es una virtud que hay que reconocer.
P.: Pero ¿cuánto se ataca el corazón mismo de la crisis?
G.G.: Por fortuna, reina consenso sobre un tema muy importante como es la necesidad de fortalecer el acceso de las economías emergentes al crédito internacional. La cumbre hubiera sido irrelevante, meramente inocua, si ello no hubiese figurado en la agenda.
P.: El premier inglés, Gordon Brown, vendió el éxito del cónclave por el tamaño del paquete de nuevos recursos que fluirán a las instituciones financieras internacionales. ¿Cuán decisivo es el aporte de 1,1 billón de dólares?
G.G.: Es fundamental. Ya se contaba con la infraestructura necesaria -el FMI, el Banco Mundial, los bancos regionales de desarrollo-, pero faltaba aceitarla de manera conveniente. La cumbre ratifica un apoyo político amplio y contundente al accionar de las instituciones y además cubre el bache de la falta de recursos.
P.: No fue muy difícil. No consta en autos que alguien se opusiera.
G.G.: Es un consenso reciente. En su momento fue Europa la que atacó con saña la lógica de los planes de salvataje. Y, después, los propios EE.UU. de la mano del presidente Bush. Como usted dice, la crisis produjo un giro en redondo. Esta vez nadie se oponía, pero había que conseguir los fondos. Y hacerlo en tiempo y forma.
P.: El Fondo Monetario Internacional es el gran redimido. Sus funcionarios deben estar agradecidos por la magnitud de la crisis. Gracias a ella, la institución pasará de un extremo a otro. De una realidad penosa de recortes presupuestarios y achicamiento a triplicar su capacidad prestable. ¿Alcanzan 750 mil millones de dólares para paliar los efectos de la crisis cuando hay tantos países afectados?
G.G.: La realidad es que la capacidad de administrar recursos también es limitada. No crece de un día para el otro. Lo importante es que existe un compromiso inmediato para aportar 250 mil millones de dólares por parte de Japón, la Unión Europea y China. Y es una señal potente que México decida utilizar la nueva línea flexible de financiamiento del FMI. Significa que la maquinaria de apoyo se pone en marcha. Cuando funcione a régimen, la crisis quizás demande más recursos. El comunicado contempla que el Fondo Monetario pueda acudir a endeudarse en los mercados de capitales más adelante.
P.: Usted también pensaba que iba a existir plafón para una nueva asignación de Derechos Especiales de Giro (DEG). ¿Tiene algo que ver con la propuesta de China de modificar el sistema monetario internacional?
G.G.: Es una manera relativamente rápida de fabricar reservas y liquidez internacional. Por eso forma parte de los anuncios. El monto es importante -casi diez veces el stock actual de DEG- y cabe esperar que, esta vez, la decisión se ejecute. Entiendo que no había oposición para tomar este camino y sí muchos impulsores. La alternativa de incrementar las cuotas de capital del FMI demanda muchísimo más tiempo.
P.: ¿Puede alegarse que instala un mojón en la senda de una reforma del sistema monetario?
G.G.: Puede alegarse, pero sin ningún fundamento. La cumbre generó su propia Corte de los Milagros en las dos semanas previas y, como espectáculo en sí, tuvo mucho de teatral. Lo concreto es que la reforma del sistema monetario no está en la agenda. Revise los comunicados y no verá ninguna remota mención. Todo apunta a lo contrario: a sortear la crisis corrigiendo defectos, pero sin alterar la esencia del sistema imperante. Cuando la Argentina eclosionó en 2001, una semana antes del famoso «corralito», el Fondo Monetario produjo un documento de su vicepresidenta, Anne Krueger, aceptando la aplicación temporaria de controles de capitales. Uno podría esperar alguna concesión similar en el marco de una crisis de enormes proporciones. Pero no hay ni siquiera una señal tangencial.
P.: Mucho menos un proyecto para remover el dólar de su rol hegemónico en el sistema internacional.
G.G.: Puede leer el comunicado ruso. Allí sí el premier Medvédev, quien fue el primero en plantear la cuestión, en enero, y mucho antes que China, ventila la cuestión. Pero no logró insertarla dentro de los comunicados oficiales. La renuencia es sensata: usted no cambia de caballo en medio del río y, menos para subirse a un unicornio azul.
P.: Hay una mención expresa a las ventas de oro del Fondo Monetario. ¿Son las que ya estaban previstas o, dado que se habla de recursos adicionales, hay en mente la idea de reforzarlas? Si uno mira la cotización del metal precioso, diría que ha sido una víctima del éxito de la reunión.
G.G.: No hay nuevas ventas más allá de lo estipulado. Los recursos mayores derivan de las mejores cotizaciones. No son tantos tampoco. Unos 6 mil millones de dólares, durante los próximos dos o tres años, que estarán rotulados y dirigidos a los países más pobres. La asignación de DEG será una herramienta más potente: 100 mil millones de dólares impactarán en las cuentas de las economías emergentes.

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