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Diálogos en Wall Street
G.G.: En el fondo, la idea de que Gran Bretaña era el país del G-7 más vulnerable a la crisis siempre constituyó una exageración. Ahora se prueba.
P.: Tanto Alemania como Japón le ganan por varios cuerpos.
G.G.: Sin embargo, en su momento, el rótulo se le facturó a pleno. Hoy esa percepción otorga margen para que la libra repunte sin necesidad de que Londres despeje su horizonte. Alcanza con que no sea muy diferente del de sus pares.
P.: ¿Qué es lo que maltrata al dólar entonces? Nada parece resultar más corrosivo que la convicción de que la crisis está encarrilándose.
G.G.: Así como hubo una demanda que buscó refugio cuando se temía una catástrofe, hoy se observa un moderado reflujo. Es un tímido movimiento contra la corriente.
P.: Disminuyó la aversión al riesgo.
G.G.: Hay una percepción de que los riesgos son menores y, además, hay más predilección a tomarlos. De una premisa tan endeble, sin embargo, uno no debería esperar conclusiones muy tajantes.
P.: Pese a ello, el dólar se hundió a 1,40 frente al euro en tiempo récord.
G.G.: No se olvide que la liquidez secundaria no es lo que era. Es un mercado que requiere mayores cambios de precios para acomodar los mismos desplazamientos de cartera.
P.: ¿Volveremos a entrar en una fase de dólar débil?
G.G.: ¿Contra qué? Lo que faltan son alternativas.
P.: Contra las principales divisas.
G.G.: Es difícil pensar que el euro y el yen puedan soportarlo. No por mucho tiempo. Ambos cargan una mochila más pesada que la de los EE.UU.
P.: ¿Cree que la suerte del dólar le quitará el sueño a la Fed?
G.G.: Sinceramente, no. Serán los europeos los que pondrán el grito en el cielo. Ya lo hicieron antes, cuando esta crisis estaba en pañales. Me imagino que, si hace falta, el G-8, otra vez, dará la voz de alarma.
P.: Como sucedió en abril del año pasado.
G.G.: Correcto. Es factible, en cambio, pensar en una depreciación de las divisas principales frente a las monedas de las economías emergentes. Está en la agenda tácita del mundo desarrollado para el G-20. Está en línea con la tendencia natural de los mercados a retomar las efervescencias que la crisis no aniquiló por completo.
P.: ¿Cómo es eso?
G.G.: Lo que no mata, con frecuencia, fortalece. Revise otras experiencias de crisis y verá un patrón interesante. Tome, por ejemplo, el crac de octubre de 1987. Fue un grave contratiempo para todas las Bolsas del mundo. Pero el Nikkei fue la que mejor soportó el chubasco. La lectura, entonces, fue que los excesos eran propios de los EE.UU.; que Japón era distinto.
P.: Japón era distinto. Un país austero, con superávits gemelos. Muy competitivo.
G.G.: Por todo eso y más, cuando las aguas se calmaron, el Nikkei saltó impulsado como por un resorte. La burbuja japonesa se infló al máximo recién después de la crisis. Otro tanto se podría decir, tras los sofocones de 2001, de la burbuja inmobiliaria. La euforia se desató a posteriori de la crisis. Haberla navegado indemne fue su mejor pasaporte. Y hoy se vuelve a mirar a China e India con gran expectativa. Por las mismas razones. Asistimos a una resurrección del interés por las materias primas. No son temas novedosos. Ya estaban en la agenda. Se abandonaron en el apogeo de la crisis, pero lograron sobrevivir la tormenta y hoy, con ese diploma bajo el brazo, retoman la atención. Al menos, mientras la crisis nos conceda un recreo.
P.: Es una versión remozada de la tesis del desacople.
G.G.: Nadie reivindica el nombre porque está quemado. Pero la idea central está otra vez en circulación. Las economías emergentes fueron las menos golpeadas por los acontecimientos. Deben ser especiales.
P.: Si uno deja de lado las excepciones. Europa Central, los países bálticos, varios países asiáticos.
G.G.: Es una tesis precaria, desde ya. Su talón de Aquiles es siempre el mismo: en última instancia, todo depende de lo que ocurra en el G-7. Pero, aun así, la tesis recuperó el momentum antes que ninguna otra. Si usted me pregunta contra qué monedas puede depreciarse el dólar, es contra las monedas de estos países.
P.: Se refiere a los países que la crisis no arrasó.
G.G.: En principio, sí. Pero ya hay apuestas también sobre monedas de países muy chamuscados.
P.: Cuando el dólar se hunde frente al euro o el yen, se habla de inestabilidad cambiaria. Que se aprecien las monedas emergentes, en cambio, es signo de bonanza global. ¿Seguiría siendo así?
G.G.: Mire los pasos de China. Hay un discurso que sugiere remover el protagonismo del dólar. Sin embargo, pari passu, hay una realidad en paralelo de compras sostenidas de dólares que engrosan sus reservas. O sea, no hay estómago todavía para tolerar una apreciación muy pronunciada. De ahí, la ausencia de sobresaltos.


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