30 de diciembre 2010 - 00:00

Diálogos en Wall Street

China crece más que nadie (tanto que hay que intervenir para traer calma) y su Bolsa se derrumba. En Wall Street, en cambio, el rally continúa su apogeo (a pesar de que la Fed tuvo que entrometerse para alejar la amenaza de una doble recesión). Son los milagros de los mercados que un veterano conocedor de las finanzas -oculto bajo la máscara de Gordon Gekko- trata de explicar al periodista.

Periodista: Wall Street sigue su ruta. Imperturbable.

Gordon Gekko:
Tiene un norte claro. Aunque no tiene prisa.

P.: Pero tampoco se demora mucho. La noticia de la suba de tasas de interés en China no le cambió los planes.

G.G.:
Se absorbió sin grandes aspavientos.

P.: ¿No es llamativo?

G.G.:
Podía servir como excusa. Pero el mercado no anda buscando motivos para detenerse. No todavía.

P.: Uno mira la Bolsa china y observa un retroceso muy violento.

G.G.:
El último mes, más del 10%...

P.: ¿Cómo se entiende que China sea, a la vez, la gran esperanza del crecimiento global y una de las Bolsas de peor recorrido?

G.G.:
Con dificultad. Pero es así. Es la única plaza importante que post Lehman, tras una recuperación que fue espectacular y la primera de todas, padeció dos mercados bajistas («bear») consecutivos.

P.: Dos caídas de más del 20%...

G.G.:
Tal cual. Y ahora está en plena corrección, a mitad de camino de un eventual tercer chapuzón.

P.: ¿No hay temores de que su comportamiento refleje una señal de anticipación?

G.G.:
Está claro que no. Las pruebas están en las pizarras. Basta mirar la persistencia del rally para darse cuenta.

P.: ¿No es extraño?

G.G.:
No es lo que uno hubiera pronosticado. Pero la realidad manda.

P.: Se dice siempre que la Bolsa anticipa. Que un mercado bajista (y en Shanghái hubo dos y medio) presagia una recesión. Nada de eso aparece en el horizonte de China. El olfato de la Bolsa falla olímpicamente. ¿O nos estaremos equivocando?

G.G.:
¿Cómo justificar los afanes de las autoridades de Pekín por moderar los ímpetus de la economía? Lo que sobra es vitalidad.

P.: Le repito que me cuesta entenderlo.

G.G.:
Mis magros dos centavos de opinión: la Bolsa china funcionó muy bien de la mano de una fortísima recuperación de la economía y de un formidable paquete de estímulo de políticas públicas. Los máximos de la suba post Lehman datan de agosto del año pasado.

P.: ¿Qué fue lo que se quebró entonces?

G.G.:
Bastó que se insinuara que el estímulo comenzaría a replegarse en un futuro impreciso pero no inmediato para que se desvaneciera el mercado alcista. Entre la realidad tangible de un sólido crecimiento económico y la expectativa de menor aliento oficial, prevaleció lo segundo.

P.: De manera rotunda.

G.G.:
Es una vivencia que conviene guardar en el bolsillo. Aunque hoy sólo se aplique en China.

P.: El rally de Wall Street no tiene la pujanza de lo que vimos en septiembre y octubre. Pero ya es el mejor diciembre de los últimos 19 años.

G.G.:
Seguro.

P.: ¿Cree que tiene alas para 2011?

G.G.:
Cuesta encontrar, hoy en día, alguien que piense lo contrario.

P.: Lo que rara vez es buen presagio.

G.G.:
Estoy de acuerdo. Pero, por un momento, todo el mundo puede tener razón.

P.: ¿Del rally de Navidad pasaremos al «efecto enero»?

G.G.:
Es lo más probable.

P.: ¿Cree que el temporal que azota al Hemisferio Norte puede surgir más adelante como un obstáculo?

G.G.:
Cuando se conozcan las cifras se verá que afectó gravemente la actividad y el gasto. Pero es un hecho puntual y no un fenómeno permanente.

P.: No es fácil segregar en la lectura de un indicador cuánta es la incidencia estricta del contratiempo natural y cuánto el reflejo de una debilidad de fondo.

G.G.:
El impacto en los mercados dependerá del estado de ánimo que predomine. Si prevé la continuidad del buen humor actual, no debería prever grandes objeciones. Habrá tolerancia. A lo sumo servirá como excusa para darse un respiro. Temas más densos -desde los cimbronazos de Irlanda o de las deudas ibéricas, la suba de las tasas largas en los EE.UU. o el apretón monetario de China- han sido absorbidos sin causar indigestión.

P.: ¿Hasta dónde la propia suba no puede provocar un exceso de complacencia?

G.G.:
Vamos en esa dirección. Las lecturas de optimismo de los inversores marcan un valor altísimo. Extremo.

P.: Deberían corregirse...

G.G.:
Eventualmente lo harán. Un sacudón no vendría mal. Pero no abortará el rally, le dará una mejor pla-taforma para que dure un poco más. Fíjese que el patrón de flujos de fondos, desde acciones a bonos, después de ser una constante todo el año, revirtió de dirección. Las posiciones de acciones financiadas con deuda en margen son las más altas desde Lehman.

P.: Y las ventas en descubierto de acciones se redujeron a un mínimo. Todo apunta a una exageración.

G.G.:
El optimismo es el único dato extremo. Los demás son resortes que pueden estirarse con facilidad. Y el optimismo se corrige con un barquinazo de esos que nunca faltan en el camino.

P.: ¿Quizás como consecuencia de una mala subasta de Tesorería?

G.G.:
Debería ser muy mala. Porque las malas ya las conocemos, son las que vienen intercaladas entre dos buenas como pasó ayer (por el martes) con la colocación de notas de cinco años. Eso es puro trading. Nadie debiera comerse el amago y pensar que es una señal de que desaparece el apetito por deuda pública. No mientras funcione la aspiradora de la Fed.

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