18 de febrero 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Es un febrero estelar para Wall Street. De la mano de una economía que mejora y de una Fed que no por ello se torna agresiva. Combinación particularísima que, para el analista que se identifica bajo el alias de Gordon Gekko, es «extremadamente poderosa».



Periodista: ¿Existe el «efecto febrero»?

Gordon Gekko: La literatura no lo registra.

P.: Ya lo sé. Hay una variedad de regularidades propicias para las acciones. Allí no figura. Es conocido el Rally del Día de Acción de Gracias. O el de Navidad. O el famoso «efecto enero». Lo curioso de la presente escalada es que se supo sacar provecho de todos ellos. Y ahora lo impulsa otro ventarrón favorable.

G.G.: La suba de febrero es muy potente.

P.: Como si obedeciera a otra constante venturosa.

G.G.: No es así. Los febreros suelen ser bastante opacos. Con frecuencia obligan a dar un paso atrás después de las embestidas de enero.

P.: La idea de una corrección, que revoloteó por tanto tiempo, debió tirar la toalla. Amaga y amaga, pero no se produce.

G.G.: Si usted escarba en las estadísticas de sentimiento de los inversores, verá que sigue presente. No es como piensa.

P.: No es fácil mantener una posición contra la corriente. Máxime cuando lo que avanza es un alud que no conoce descanso.

G.G.: Dos días antes de Navidad, el sentimiento «bullish» superaba una lectura de 63 puntos en una de las encuestas más consultadas. Hoy en día menos del 47% de los inversores conserva esa visión.

P.: Pese a lo mucho que trepó la Bolsa.

G.G.: Quizás sea por esa misma razón. Los primeros días de febrero tuvimos un registro levemente por encima de 51.

P.: No existe tanta complacencia.

G.G.: De ahí que el avance tenga alas. Las carteras no están cargadas al extremo. Mucha gente no quiere treparse al rally a estos precios.

P.: Prefiere aguardar por un resbalón.

G.G.: Pero tampoco deja que se produzca. Los flujos de entrada se renuevan con cada agachada.

P.: ¿Cuál es el motor de un avance tan pronunciado y tan duradero?

G.G.: La economía está mejor. Mucho mejor de lo que podía pensarse cuando arrancó, en septiembre. Y la Fed, que fue clave en propinar el empujón inicial, no se inmuta. No viró hacia un tenor más agresivo.

P.: Deja que los buenos tiempos corran...

G.G.: Y, más importante aún, deja muy en claro que no tiene intenciones de interferir.

P.: No pierde ocasión de hacerlo saber. Las minutas de la última reunión del Comité de Mercado Abierto anudan ambos elementos. Las proyecciones de crecimiento económico fueron revisadas en alza, pero no se deriva de ello ningún apuro por tensar la política monetaria.

G.G.: Lo dijimos en su momento. Esa combinación es extremadamente poderosa.

P.: Si se miran las lecturas de inflación más recientes, se nota sin esfuerzo que el cuadro cambió. Los números son más altos.

G.G.: Correcto.

P.: No todo el mundo toma esas cifras con la misma parsimonia de la Fed. Bernanke, en sus apariciones públicas, les restó entidad. ¿No estará cometiendo un error?

G.G.: Pienso que no. Rebobine a septiembre y recuerde toda la discusión sobre el relajamiento cuantitativo y la compra masiva de bonos del Tesoro.

P.: El controvertido QE2.

G.G.: Sí. La Fed cosecha lo que sembró. No se equivocó. Recoge los frutos que deseaba. Una economía que retomó la senda de crecimiento y permite proyectar una expansión al 3,5%...

P.: Y, pari passu, índices de precios que también se ponen en movimiento. Los precios de importación, los mayoristas y también los de la canasta de consumo..

G.G.: Todo sugiere que se cortó la tendencia a la desinflación; que era un fantasma que quitaba el sueño. Aunque no se lo nombrara mucho en el debate. Mucho menos, por cierto, que el riesgo de una inflación descontrolada.

P.: ¿Cómo saber que este primer impulso, que lleva la inflación a un escalón mayor, dentro de un rango deseado, no cobrará vida propia y no se convertirá en un dolor de cabeza?

G.G.: Aquí no hay certezas, por supuesto. Pero hay muchísimos elementos para sostener que ese riesgo está muy lejos todavía.

P.: No todos comparten esa posición.

G.G.: Está claro. Pero acá no hay espacio para las medias tintas. Yo entiendo la postura de la Fed. Y me parece muy acertada. Todavía estamos lidiando con la amenaza de un shock deflacionario y no conviene cambiar la medicina hasta curar del todo al paciente.

P.: La Bolsa sugiere que su salud mejoró sustancialmente.

G.G.: ¿Qué diría si mañana Bernanke manifiesta que su tarea concluyó, que la Fed dará un paso al costado?

P.: Me imagino un traspié.

G.G.: ¿Qué pasará con los precios de las materias primas? ¿Cómo absorberían la novedad? Sus cotizaciones treparon muchísimo, pero... ¿cuánta fuerza hay detrás? Todo el mundo cree hoy que ya salimos del atolladero. Pero si la Fed tocara sus tasas de corto plazo en apenas un cuarto de punto al alza, ¿seguirían creyéndolo?

P.: Tal vez no. Probablemente tuvieran sus dudas.

G.G.: Si esa es la respuesta correcta, entonces no veo que la Fed se esté equivocando con su postura. Si la fragilidad no está en la fachada, pero todavía sí en los cimientos, no se gana nada con sacudir el edificio. Y se corre el riesgo de derrumbarlo otra vez.

P.: ¿Aun al costo de permitir que se escape la inflación?

G.G.: Usted ya tiene muchos problemas de verdad como para sumar otros imaginarios. No debería usar la política monetaria a contramano sólo para apaciguar el precio de la energía o de los alimentos. No tengo dudas de que si la Fed amagase con intervenir, los haría replegarse. Pero la inflación tendencial es la mitad de lo que constituye su objetivo. No es prioridad. Y no se olvide que ya las economías emergentes están pisando el pedal del freno. Si, como se afirma, su demanda es la principal causa de recalentamiento, lo lógico es que se trate el trastorno allí. En la fuente.

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