11 de marzo 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Una es la pretensión del BCE -subir las tasas de interés- y otra es la realidad de los mercados, o de la voluminosa deuda europea que ha vuelto a crujir, castigada como llovido sobre mojado por nuevas rebajas crediticias. ¿Podrá el BCE cumplir con su promesa? Para el economista que se escuda en la máscara de Gordon Gekko, el protagonista de la película «Wall Street», no le será posible si las condiciones financieras se sumergen en un renovado zafarrancho.

Periodista: ¿Podrá el Banco Central Europeo (BCE) cumplir con la promesa de elevar sus tasas de interés en abril? Le pregunto porque todavía faltan tres semanas y la deuda de la región cruje de nuevo.

Gordon Gekko: La decisión no está tomada. El BCE no se compromete por anticipado.

P.: Pero Jean-Claude Trichet, el mandamás del BCE, remarcó que ésa es la intención de la mayoría.

G.G.:
De acuerdo. Pero no avanzará si los mercados se hunden en un nuevo zafarrancho. Téngalo por seguro.

P.: Da toda la impresión de que el BCE quiere subrayar su independencia de criterio. Demostrar que no tiene las manos atadas.

G.G.: Eso no está mal. Pero la política monetaria no es independiente del contexto en el que debe operar. Si las condiciones financieras se prueban mucho más frágiles que lo que el BCE pensaba la semana pasada, no tiene sentido pretender ignorarlas.

P.: Tarde o temprano habrá que darles cabida.

G.G.:
Por eso mismo el BCE avisa que piensa practicar un viraje con antelación. Si la carga se desacomoda con el mero anuncio puede hacer mutis por el foro y evitar una situación engorrosa.

P.: El BCE tiene un discurso más severo que la Fed, pero no por ello es menos rehén que la Fed de la salud de los mercados.

G.G.:
Hay una evidente contradicción entre el lenguaje áspero del BCE y su renuencia a forzar una mayor capitalización de la banca europea. Así, el BCE puede ladrar pero no morder.

P.: ¿Cuánto influye la propia política interna en la toma de decisiones? Me refiero a la sucesión de Trichet, un esquema que parecía digitado con precisión y que se oscureció con el apartamiento del candidato alemán, Axel Weber, del proceso de recambio. No habrá un sucesor teutón, ¿no se corre el peligro de querer probar que se puede ser más papista que el Papa?

G.G.:
¿Cómo saberlo a ciencia cierta desde afuera?

P.: Es difícil no pensarlo.

G.G.:
Seguro. El propio Axel Weber complica las cosas. No porque en mayo se haya opuesto a que el BCE comprara deuda soberana de largo plazo.

P.: Está en su derecho a disentir.

G.G.:
Desde ya. El problema es que hizo pública su discrepancia cuando no habían pasado ni 24 horas de tomada la decisión. No habrá sido una iniciativa agradable para nadie. Weber se quitó la responsabilidad personal por completo.

P.: Rompió un código. Fue el primero quizás, pero no fue el único. Juerguen Stark estaba en contra. El consejero holandés también.

G.G.: El hecho relevante es que Weber era el candidato cantado para dirigir los destinos del BCE y hoy está fuera de carrera.

P.: Aun así continúa influyendo. Y si el sucesor de Trichet debe competir con su dureza, habrá que elegir a un halcón de garras muy afiladas. Weber alienta la idea de que el BCE deberá subir las tasas de interés tres veces este año.

G.G.:
Todo sugiere que aquí hay un cortocircuito y poco esfuerzo por ocultarlo. Pero si Weber no va a suceder a Trichet después de octubre, tampoco debería dictar las decisiones en lo que resta de su mandato.

P.: La crisis europea, el drama de la deuda de la periferia de la eurozona, no deberían resultar ajenos al BCE. ¿Es casual acaso que el BCE anuncie su propósito de subir las tasas y, trascartón, fluyan de nuevo las rebajas de las calificaciones crediticias? Primero fue Grecia, recortada en tres escalones y por debajo de Egipto. Ahora es el turno de España.

G.G.:
Usted no esperaría un voto de confianza.

P.: Las agencias calificadoras se cubren las espaldas de antemano.

G.G.:
En todo caso, es nueva información que está disponible a tiempo, antes de tomar una decisión crítica.

P.: Mañana (por hoy) comienza la cumbre de los líderes europeos, ¿el BCE les está transfiriendo el fardo de arreglar la crisis a las tesorerías? ¿No es una reivindicación de que la política monetaria posee su órbita exclusiva y no debe someterse a la dominancia de la agenda fiscal?

G.G.:
El objetivo de máxima del BCE era permanecer al margen. Por eso mantuvo su política de liquidez sin mayores alteraciones cuando la crisis cobró virulencia a comienzos de 2010. Pero en mayo tuvo que ceder.

P.: Y aceptar participar de la compra de la deuda soberana en dificultades.

G.G.:
Tal cual. Lo que ha hecho en cantidades pequeñas, si compara su empeño con el que aplicó la Fed para llevar adelante la misma tarea.

P.: Varias voces del BCE enfatizaron en su momento que había que aumentar el tamaño de la facilidad europea de estabilización.

G.G.:
Es la manera de decir que los tesoros se hagan cargo y no el BCE. Weber fue muy claro porque sostuvo ambos puntos de vista. Que era necesario suspender las compras de bonos y que había que ampliar el poder de fuego de los fondos de rescate.

P.: ¿Cree que la cumbre europea aportará esa novedad? Sería una pieza crucial para calmar las aguas.

G.G.:
No se haga ilusiones. Aunque se consiga destrabar la discusión y haya más fondos disponibles, y aun si se admite que el fondo de rescate ejecute compras directas de bonos en el mercado secundario y se reduzca el costo de la asistencia a Grecia e Irlanda, la política monetaria no podrá desentenderse. Va muy a contramano de la realidad. Y la situación es demasiado frágil como para poder llegar lejos.

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