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Diálogos en Wall Street
Nueva vuelta de tuerca en Europa con la caída del Gobierno griego y la convocatoria a elecciones el 25 de enero. Consultamos a Gordon Gekko porque termina 2014, pero no sus vicisitudes.

Gordon Gekko: La última vez fue una farsa. Así que tendrá que hacer méritos para llamar la atención.
P.: Europa acusó el golpe.
G.G.: Wall Street mira otra película. Completamente.
P.: No se cayó, pero puso el freno de mano.
G.G.: No todo el año es carnaval.
P.: Me quiere decir que lo que le ocurra a Grecia ya no mueve el amperímetro de las finanzas internacionales.
G.G.: Hoy (por ayer) los futuros del petróleo marcaron un nuevo mínimo. ¿Se enteró?
P.: No.
G.G.: Fue un día notable. Tuvimos tres grandes acontecimientos. Grecia, de nuevo al borde del abismo político, el patín renovado del precio del crudo y en Tokio, un paciente testeado por ébola. Por no citar la desaparición del avión de Air Asia (evento siempre dañino para el precio de las aerolíneas y los fabricantes de aviones, y que se ha tornado algo repetitivo este año). Échele un vistazo a las cotizaciones de Wall Street y dígame qué nota...
P.: Nada. Es un día plano.
G.G.: Como ve, no se movió el amperímetro. Ni el manómetro: la aguja del VIX marca 15. O sea, calma absoluta.
P.: Ya estamos vacunados contra estos males.
G.G.: Seguro. Aunque no en todas sus cepas, pueden surgir variantes que nos desequilibren y, en estas alturas, un resbalón, un paso mal calculado, pueden terminar en gran caída.
P.: Es un mercado que reboza confianza. No siempre es así.
G.G.: Correcto. Después de "testear" un par de correcciones, en octubre y diciembre, Wall Street luce con las defensas altas. Y la estacionalidad está de su lado.
P.: Las brujas no existen, pero que las hay, las hay...
G.G.: Los que existen son los que creen en esas brujerías. Y mientras estén dispuestos a redoblar la apuesta, tendrán razón.
P.: ¿No cree que la agonía de Grecia nos arruinará el efecto enero, la inercia alcista que dejó el rally de Navidad?
G.G.: No lo creo. Aunque, por supuesto, sea posible.
P.: A ver si lo entiendo. Grecia es un problema provinciano, ¿le atañe a Europa pero no al mundo?
G.G.: Si lo quiere poner así, no me quejo. Si quiere asustar al mundo, por lo menos tiene que zamarrear a Europa.
P.: Los ingredientes potenciales están allí. ¿O me equivoco?
G.G.: En eso tiene razón. Mírelo de otra forma: el shock petrolero es un fenómeno favorable para la economía mundial, y aun así, provocó jaleo.
P.: Qué duró poco.
G.G.: Gracias a Yellen que llegó antes que el rescate de Moscú a sus bancos. Sea agradecido, no lo olvide.
P.: Déjeme volver a Grecia. Quizás no sea su momento, pero a fines de enero puede convertirse en la excusa ideal para un final abrupto.
G.G.: Es posible. Estas apuestas de los líderes de Atenas son audaces. Me acuerdo de Papandreu en 2011, cuando quiso llevar lo acordado en una cumbre europea -que ya estaba firmado por él mismo- a revisión parlamentaria...
P.: Quiso dar un golpe en la mesa y terminó de golpe en la calle. Le abrió las puertas a los tecnócratas con el Gobierno de Papademos.
G.G.: Tal cual. Mutatis mutandis, el primer ministro Samarás busca un efecto similar. Si Papandreu quiso librarse de la canciller alemana Merkel, Samarás procura desairar a su cancerbero interno, Alexis Tsipras, quien comanda la coalición de la izquierda radical, Syriza.
P.: ¿Disuelve anticipadamente su Gobierno y va a elecciones contra quien lidera las encuestas? No parece sensato.
G.G.: Por eso le cité a Papandreu. El aliado de Samarás en las urnas es el temor de la población a Syriza. ¿Se impondrá el rechazo a un salto al vacío (o el hastío)? Ésa es la jugada. Si sale mal, Syriza dirá luego si saltamos o negociamos. Esa tensión sí puede estremecer a Europa. Y despeinar al mundo.


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