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Diputados: todas las sesiones ya son “especiales”
El ejemplo más claro fue este año, en el que hubo más sesiones especiales que normales. Para un común mortal que no esté habituado al lenguaje legislativo, conviene aclarar la diferencia entre los dos tipos de sesiones: las sesiones de tablas o normales son las que fija el reglamento para debatir los temas. Allí se somete una orden del día que previamente se acuerda en la reunión de Labor Parlamentaria entre todos los bloques.
Los proyectos pueden tener plazo vencido, es decir que transcurrieron los siete días reglamentarios entre la firma del dictamen y la sesión o requerir una mayoría de los dos tercios para habilitarlos pasando por alto ese requisito.
Esas sesiones tienen un protocolo que incluye al inicio una «hora de preferencia» donde los bloques pueden plantear el debate de cualquier con preferencia para una sesión posterior. De lograrlo, el tema queda habilitado.
Las sesiones especiales son bien diferentes: hasta ahora, las pedía cualquier diputado para debatir un tema específico, y el presidente de la Cámara, en este caso Julián Domínguez, no puede negarlas.
Pero, además, desde el Gobierno de Carlos Menem se comenzó a sellar una modificación del reglamento, a través de reinterpretaciones, por la que se considera que un proyecto sometido a sesión especial no requiere esperar los siete días reglamentarios y, por lo tanto, tampoco sumar los dos tercios para habilitarlos. Todo muy útil para las urgencias de cualquier Gobierno.
El uso de esas sesiones se hizo tan extenso que ya reemplazaron a las sesiones comunes. De hecho, este año hubo más especiales, como la que debatió hace una semana la nueva ley de ART.
Para el kirchnerismo no es sólo una cuestión de apuro en las fechas: con las sesiones especiales logra evitar que haya demasiados debates en el recinto (en la hora de preferencia) sobre cuestiones que el oficialismo no quiere tratar.
Con ese doble efecto desapareció el uso de buena parte del reglamento, como las horas de preferencia y hasta la aprobación protocolar del Boletín de Asuntos Entrados, que da cuenta de los temas a tratar que están esperando en la Cámara y que se aprueban al inicio de cada sesión. Tanto es así que la licencia de Martín Sabbatella como diputado para asumir en el AFSCA tuvo que ser sacada de ese boletín para aprobarla por un procedimiento aparte.
«Este año hubo más sesiones especiales que ordinarias. Son casi todas especiales», se quejaba ayer un macrista en los pasillos. Y el problema es que en las sesiones especiales, que antes estaban sólo reservadas a temas puntuales que querían ser excluidos de la agenda general de proyectos para formar quórum y debate aparte, ahora se tratan todos los temas pendientes.
En la de ayer, por ejemplo, se incluyó la ley del voto a los 16, pero también la que crea el instituto nacional de música, la que establece al 26 de agosto como Día Nacional de la Juventud, el proyecto de ley de actividad audiovisual estableciéndola como una actividad asimilable a la actividad industrial, la creación de un juzgado federal de primera instancia en Oberá, Misiones, la que crea la Fiesta de la Actividad Física la primera semana de marzo de cada año en la ciudad de Cipolletti.
Si faltan ejemplos, el kirchnerismo también considera temas «especiales» como para sacarlos de una sesión de tablas a la ley que establece que la provincia de Tucumán será la Capital Nacional del Mountainbike, junto con la que autoriza el ingreso de personal militar extranjero en territorio nacional y/o egreso de fuerzas nacionales para ejercicios conjuntos. Todo fuera de la normalidad y con un régimen que amenaza con quedarse como nueva doctrina de la Cámara.


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