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Doria: “Somos los últimos referentes del sainete”
Santiago Doria: «Es probable que en una generación más el recuerdo del sainete y los artistas que lo hicieron haya desaparecido».
Ahora, la pieza volverá a la Sala María Guerrero del Teatro Cervantes, a treinta años de la exitosa puesta que realizó allí Rodolfo Graziano. El nuevo montaje dirigido por Santiago Doria, tendrá de protagonistas a Arturo Bonín, Claudio García Satur, Daniel Miglioranza, Horacio Peña, Ana María Cores, Ingrid Pelicori, Rita Terranova, Norberto Díaz e Irene Almus. Cuenta además con la participación de Juan Carlos Copes, también a cargo de la coreografía. Dialogamos con Doria.
Periodista: El «Conventillo de la Paloma» existió realmente.
Santiago Doria: Sí. El edificio todavía está en Serrano al 100 y ahora luce una placa en homenaje a Vaccarezza. Por lo que pude investigar, fue construido en 1880 para los trabajadores de una fábrica de calzados. Aparentemente los mismos dueños viendo que a los obreros les costaba mucho llegar a Villa Crespo construyeron ese inquilinato de 122 habitaciones. Primero se llamó «El Nacional», igual que la fábrica. Pero, parece ser, que en un momento dado vivió allí una señorita muy atractiva, de la cual no se sabía mucho. Y como siempre iba vestida de blanco los obreros empezaron a llamarla «la paloma». Varios años más tarde Vaccarezza toma esta leyenda y la recrea en su sainete. Así imaginó que el embobamiento de aquellos inmigrantes y trabajadores frente a esta misteriosa mujer provocaría indefectiblemente el disgusto de sus respectivas esposas. De allí surge el conflicto de la pieza.
P.: En 1929 los conventillos ya estaban desapareciendo y el sainete iba en franca decadencia.
S.D.: Por eso, él pone como didascalia de la obra: «Buenos Aires, ayer». La pieza fue un exitazo porque cumplía ampliamente con las características del género: es popular, divertida y jocosa. Esa es la definición del sainete que empieza a aparecer en el siglo XVIII en España y luego llega a Buenos Aires, después de 1880, a través de varias compañías españolas. Acá se empieza a tomar la estructura y el carácter festivo de aquellas piezas, pero con personajes y situaciones locales. Cuando el sainete empezaba a degradarse por los excesos de los propios cómicos, por la torpeza de los autores comerciales y por influencia de una intelectualidad que le empieza a dar la espalda, «El conventillo de la Paloma» logra, sin embargo, una repercusión extraordinaria: mil representaciones consecutivas con el mismo elenco y en el mismo lugar.
P.: Aun así se vio desplazado por el grotesco.
S.D.: Yo diría que le dio lugar. Fíjese que «Stefano» de Armando Discépolo, pieza clave del grotesco, se estrenó un año antes que «El conventillo de la Paloma». El sainete es como una cámara ubicada en el patio, al aire libre, que muestra lo divertido de la mezcla de inmigrantes que pululaba en Buenos Aires. Mientras que el grotesco lleva esa misma cámara al interior de una habitación donde ya no hay nada jocoso y donde aparece lo más sórdido de esa realidad social: el desarraigo, la miseria, el hacinamiento, las cosas perdidas.
P.: ¿Su versión de «El conventillo» incluye los mismos tangos?
S.D.: Hay uno, «El tango atorrante», que Vaccarezza escribió especialmente para la obra -lo cantó Libertad Lamarque en su rol de «La doce pesos»-, pero nosotros lo reemplazamos por otro más festivo «Qué querés con ese loro» y lo canta Irene Almus. En un momento dado, «la Paloma», que interpreta Ana María Cores, canta «El choclo» y Copes lo baila, al igual que «El firulete», donde va cambiando de pareja femenina.
P.: Todo evoca a un Buenos Aires ya perdido.
S.D.: Aun así, no tomé el aspecto histórico para nada. Yo siento que estos personajes -el tano, el gallego, el turco- son como máscaras de la Comedia del Arte para nuestro sainete. La obra está armada en función de la capacidad histriónica del actor al servicio del personaje y de la situación. No es una obra psicologista, ni siquiera es una comedia costumbrista, es un sainete fiel a las premisas del género. Todos los que componemos este equipo, y no digo esto por darme corte, somos un poco los últimos referentes de lo que fue el sainete. Mal que mal, quien más quien menos, casi todos conocimos a Luis Arata o vimos actuar a Tito Lusiardo y a Pierina Dealessi, que intervinieron en la primera versión de «El conventillo», entre otros nombres que hicieron historia en el espectáculo argentino. Es probable que en una generación más su recuerdo haya desaparecido. Por eso nos sentimos responsables de que los jóvenes tomen esta posta y aprendan que todo lo que tenemos hoy en esta ciudad tan llena de teatros empezó con el sainete y con aquellos artistas.
P.: ¿Usted recuerda la definición que da Vaccarezza en «La comparsa se despide»?
S.D.: Sí. Es cuando «Serpentina» le explica al turista norteamericano lo que el sainete debe tener: «Un patio de conventillo, un italiano encargado, un yoyega retobado, una percanta, un vivillo, dos malevos de cuchillo, un chamuyo, una pasión, choques, celos, discusión, desafío, puñalada, aspamento, disparada, auxilio, cana y telón».
Entrevista de Patricia Espinosa


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