13 de enero 2011 - 00:00

Dorian Gray tuvo mejores retratos

La nueva versión del clásico de Oscar Wilde es superficial, efectista y con singulares cambios y simplificaciones, atendiendo los gustos del público joven, que ya tendrá tiempo de leer el original.
La nueva versión del clásico de Oscar Wilde es superficial, efectista y con singulares cambios y simplificaciones, atendiendo los gustos del público joven, que ya tendrá tiempo de leer el original.
«El retrato de Dorian Gray» (The Picture of Dorian Gray, GB, 2009, habl. en inglés). Dir.: O. Parker. Guión: T. Finlay. Int.: B. Barnes, C. Firth, B. Chaplin, R. Hall, R.H. Wood, M. dAbo, F. Shaw, E. Fox.  

Cada generación hace su propia lectura de los clásicos, de acuerdo a sus intereses, perspectivas, y capacidades. Será por eso, entonces, que esta nueva versión de la novela de Oscar Wilde procura mostrar lo que antes sólo se sugería, acentúa la parte homoerótica, se queda en la superficie de algunas cosas, se distrae con flashes y efectos digitales, y se regodea en ilustraciones morbosas o macabras. La producción sabe que ése es un buen método para atraer y retener al público joven e inicialmente ajeno a la lectura. Con suerte, alguno después de ver la película quiera leer el libro, en busca de mayor profundidad.

Quien lo haya leido, ya sabe que las adaptaciones siempre cambian algo. Acá se cambian, sobre todo se simplifican, unos cuantos episodios y personajes, variando incluso el propio cierre de la historia. Se simplifica también la gracia del lenguaje, lo que es una lástima, y el suspenso, lo que parece raro, pero es cierto: la película no crea mayores angustias ni expectativas. De buenas a primeras el protagonista pasa de la candidez a la ruindad moral, sin que podamos percibir detenidamente las etapas de su desgraciado cambio, y a partir de allí viene la rutina de las depravaciones, hasta la desgracia final. Símbolo de los tiempos, en esta versión el sujeto no parece enteramente decidido a enmendarse, y alguien debe «ayudarlo» un poco para que deje de molestar al prójimo. Que ese ayudante sea quien es, permite apreciar una buena advertencia sobre ciertas «caretas» que proclaman nuevas morales sin mayor responsabilidad ante su audiencia.

Se aprecian asimismo las eternas advertencias de Wilde sobre el narcisismo, la charlatanería, el egoísmo, el culto a la juventud y la belleza, los excesos del hedonismo y de la permisividad, y también, lógicamente, la paranoia. Ningún exceso pasa por nuestras vidas sin dejarnos alguna marca desagradable. También, las apariciones de Colin Firth como el perturbador Henry Wottom (quizá sin llegar a la altura de George Sanders o sir John Gielgud en otras versiones), algunos recursos de cine de terror (el director Oliver Parker supo ser socio de Clive Barker), la fotografía y algunas señoritas sueltas de cuerpo, aunque demasiado flacas. Menos apreciable es el protagónico de Ben Barnes, más conocido como el príncipe Caspian. Da bien de cuerpo, pero todavía le falta como actor.

Versiones anteriores a destacar, las de Albert Lewin, 1945, y John Gorrie con guión de John Osborne, 1976, producida por la BBC.

P.S.

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