7 de julio 2015 - 00:00

El ajuste se viene: la única duda es cómo

Grecia tuvo y tiene que ajustar. No es una cuestión económica o política. El ajuste se hará independientemente de quien gobierne, de los resultados de un referendo y de las negociaciones con la Unión Europea. Lo único que está en discusión es cómo continúa el ajuste.

El camino que propuso la Troika fue el de un ajuste fiscal o, como se lo conoce en el siglo XXI, un plan de austeridad. El anterior Gobierno griego cerró en 2014 el déficit fiscal estructural de largo plazo achicando gastos y subiendo impuestos. Se redujeron el empleo público y los programas de seguridad social. Se recortaron los beneficios de desempleo y jubilaciones. Los salarios del sector público y privado disminuyeron en términos nominales. El impacto recesivo en la economía se hizo sentir y el descontento popular aumentó. Los precios se resistieron, pero comenzaron a caer. La cuenta corriente del balance de pagos mejoró por la suba de las exportaciones y la caída de las importaciones. Lamentablemente, la mejora en el tipo real de cambio quedó opacada por un aumento en el valor real de las deudas públicas y privadas. El sendero de la austeridad es un túnel oscuro sin una luz brillante en la salida ya que, aún si se logra sostener los objetivos del superávit fiscal y la recuperación del nivel de actividad, todavía queda por resolver el tema del nivel de endeudamiento. Un recorte en la deuda voluntario, como el de 2012, es posible, pero incierto.

El camino alternativo parece más atractivo a primera vista: consiste en el abandono del euro como moneda nacional y el retorno del dracma. El plan requiere cerrar temporalmente los bancos para evitar una corrida hasta que los depósitos bancarios y las deudas públicas y privadas sean convertidos a la nueva unidad de cuenta. Esta etapa, que parece estar en marcha, es el equivalente de nuestro "corralito" de 2001 y el "corralón" de 2002. Sin acceso al crédito, y aislado del sistema financiero internacional, el Gobierno tiene dos opciones: licuar el gasto público con una devaluación o intentar mantenerlo y reventar en una hiperinflación. Supongamos que elige la primera. No hay ajuste nominal a la baja, pero la depreciación del dracma con respecto al euro, overshooting mediante como nos enseñó Rudi Dornbusch, y la inflación tienen exactamente el mismo impacto que el plan de la troika en el bolsillo de la gente, por más que la ilusión monetaria nuble la visión de algún desprevenido. Los precios en Grecia, medidos en euros, bajan. Paradójicamente, los hoteles griegos se llenan de turistas alemanes que son atraídos a las islas griegas, como brasilero a las parrillas argentinas.

En ambos casos se llega a un mismo resultado, el salario de un griego en relación con el de un alemán cae. Sin embargo, en otros aspectos los planes son diametralmente opuestos. Con el plan de la Troika los deudores pierden. El griego que antes debía una cantidad de euros y necesitaba X salarios para saldar su obligación ahora necesita más salarios. Con la alternativa es al revés. Las deudas en euros se "pesifican" para luego ser licuadas por la inflación. El deudor festeja y el acreedor absorbe la pérdida. En el cortísimo plazo hay caos, pero en el corto plazo la economía se recupera y el ouzo corre como el fernet por la noche cordobesa. Los años pasan y la euforia sucumbe. La inversión no despega por escasez de crédito. Frente a la falta de fondos del exterior se busca estimular el mercado de préstamos doméstico, pero los griegos prefieren tener sus ahorros en euros en un banco alemán o en el colchón antes que depositarlos en el sistema local. Ésa es la verdadera tragedia griega.

(*) Universidad del CEMA.

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