14 de marzo 2011 - 00:00

El alma de la fábrica como forma de representación

Podolsky: «En los personajes no hay posición ideológica o un alegato anticapitalista. Todo está planteado alrededor del dinero: si alcanza o no».
Podolsky: «En los personajes no hay posición ideológica o un alegato anticapitalista. Todo está planteado alrededor del dinero: si alcanza o no».
Autor, director y docente teatral, además de un apasionado estudioso del psicoanálisis lacaniano, Román Podolsky («Harina», «Guardavidas», «Aureliano») suele elegir historias de gente común que encierran conflictos universales. El próximo 21 estrenará «Mundo fabril» en el Teatro del Abasto, con un elenco de once actores.

«No representamos una fábrica en el sentido realista del término», aclara el director. «Tampoco los actores hacen de obreros, ni representan tareas fabriles objetivas. Simplemente están ocupados en tareas absurdas, irrelevantes y reiterativas».

Periodista: ¿Por qué eligió el mundo de las fábricas?

Román Podolsky: Este proyecto surgió del Seminario «Escuchar y decirlo (de) nuevo», que dicté en 2009. Y, por una búsqueda personal, me interesaba trabajar con muchos actores, en una escala mayor a la que habitualmente trabajo. En principio, se trataba de un mundo muy lejano a mí. De chico visité varias fábricas con el colegio y también de adulto, cuando trabajaba para eventos y tenía que investigar los productos que estábamos comunicando. Pero en ese entonces no me fijaba tanto en la gente. Los trabajadores eran parte del paisaje y no mucho más que eso. En cambio ahora lo más importante era el factor humano. Durante el proceso de creación visitamos varias fábricas de alimentos y una de ceras.

P.: ¿Cuál era el objetivo de estas visitas?

R.P.: Ver como era «estar» en una fábrica y todo lo que se hace en ella, además de trabajar. Porque no están las 8 o 10 horas del turno trabajando. Hay momentos de descanso, momentos en que la máquina está parada y la gente pulula por ahí y momentos en los que se trabaja y conversa a la vez.

P.: ¿Descubrió una actividad menos alienante de lo que imaginaba?

R.P.: Siempre existe una tensión entre el orden impuesto por las máquinas, los horarios y otras coerciones, y todo lo que hace cada trabajador para satisfacer sus deseos, más allá de sus obligaciones laborales. El trabajador es un número, nada sabemos de él más que su ubicación en la cadena de producción. Pero en el tramado de estas tareas asistimos a la presentación de su vida. Porque a la gente le pasan cosas: no le alcanza el sueldo, se enamora, se quiere ir de ese trabajo, inicia un micro emprendimiento, vende cosméticos... Y todas esas cosas interrumpen, se superponen, transitan junto con... Entonces, no es que está operando una única lógica alienante. También hay lógicas subjetivas, portadoras de deseos y obsesiones. Eso es lo que mueve la acción. Cosas que suceden en la fábrica y que van más allá de la fábrica.

P.: ¿Y esas cosas qué clase de conflicto generan?

R.P.: El público va a ver pequeños dramas personales de los cuales podrá sacar conclusiones más universales. Los distintos testimonios van delineando conflictos más generales, a través de una mirada íntima. Ahí es donde entra el humor. Lo cual no quita que uno vaya sintiendo cierta opresión acumulativa que no se puede soslayar. «Mundo Fabril» está hecho de los intentos de que las cosas funcionen; de los esfuerzos para que las palabras comuniquen; de la voluntad de darle a las acciones un sentido útil y de las fallas de todo eso.

P.: Entiendo que su enfoque se aleja del documentalismo.

R.P.: Exacto. La idea no es hacer de obreros, ni que los actores se expresen de acuerdo a los estereotipos de la clase trabajadora como muestra la televisión. Los actores hacen como los niños que cuando juegan no están ocupados en ser, simplemente son. Convengamos, además, que este es un trabajo absolutamente impresionista. Son pinceladas de vida. No hay una narración lineal. Es como si una cámara los enfocara a todos trabajando al mismo tiempo y de repente focaliza a uno y éste le cuenta al público algo propio.

P.: ¿Hombres y mujeres aportaron distintas conductas?

R.P.: No particularmente. Más allá de la condición masculina o femenina lo que aquí se ve son singularidades y como es lógico: al calor de las máquinas, brotan otros calores... Aparece algo del amor y del erotismo. También el acoso sexual que también es muy frecuente, pero todavía estamos viendo si incluimos esa escena.

P.: ¿Cómo está planteada la cuestión económica?

R.P.: En términos de reclamo salarial. Es decir, si el dinero alcanza o no alcanza. No hay una posición ideológica o un alegato en el sentido de cómo oprime la sociedad capitalista en sus sistemas de producción. No hay una lectura de ese tipo, pero sí, ciertas reivindicaciones, por ejemplo en relación a los accidentes laborales. Aunque yo diría que la verdadera pregunta sería ¿cómo se recuperan ciertas escalas de intimidad en ese contexto laboral?

P.: ¿El ambiente fabril tiene que ver con una clase social determinada?

R.P.: Creo que hay de todo, gente muy sencilla y otra no tanto que ha recibido una mejor educación. La sensación que tuvimos al visitar las fábricas es que hay un gaucho de cada pago. Tengo mucha curiosidad de cual va a ser la lectura del público, porque creo que están muy presentes esos dos aspectos que mencioné: cierta alienación y una apreciable vitalidad. Ambas cosas son verdad y transcurren en un mismo aquí y ahora.

Entrevista de Patricia Espinosa

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