El apocalipsis como metáfora de un mundo deshumanizado

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«Hilvanando cielos». Texto y dirección : P. Zarzoso. Int.: L. Campos, C. Bordón, E. Alonso, X. Banús y S. Palomino. Dis. Sonoro: I. Grigoriev. Vest.: A. Duarte. Luces: L. Rodríguez. Esc.: G. Caputo. (Sala Cunill Cabanellas, TGSM).

Según interpretaciones del calendario maya nuestro mundo llegaría a su fin el 21 de diciembre del 2012. Para los ecologistas, en cambio, esto podría suceder en cualquier momento y entretanto el resto de la humanidad se anestesia como puede ante estos temibles vaticinios.

En «Hilvanando cielos» la llegada del Apocalipsis está confirmada por la inminente caída de un meteorito que destruiría el planeta. Sin embargo, la reacción de los protagonistas no parece estar ligada al miedo ni a la desesperación ni a un «carpe diem» voluptuoso. Salvando las distancias, su conducta no difiere demasiado de la del típico aristócrata chejoviano que ve derrumbarse el orden social al que pertenecía con un poco de angustia, otro poco de abulia y otro tanto de resignación (aunque en este caso algunos de los personajes permanezcan activos y aferrados a su vocación). Se trataría entonces de un Apocalipsis más simbólico que real, el equivalente a un mundo deshumanizado y sin valores trascendentes.

Hay una pareja a punto de romperse (por la infidelidad de él) y ambos son hostigados por su hija Cordelia, que les exige una mayor autenticidad, mientras transgrede todas las reglas posibles con una indolencia salvaje. Al no haber futuro por delante, la joven reacciona con indiferencia ante un posible embarazo y es cómplice además de las locuras de su abuelo.

Este viejo actor de teatro -padre a su vez de un actor televisivo- sigue luchando por lo que cree, aferrado como un Quijote a sus antiguos parlamentos de «Rey Lear» y «Ricardo III». Pero también la madre de Cordelia, que es arquitecta, sigue dibujando planos aunque se venga el cataclismo. Con gente así el mundo merecería ser salvado.

El dramaturgo valenciano Paco Zarzoso (autor de «Umbral» estrenada en Buenos Aires en 2001) creó un texto de gran calidad poética, que gana fuerza en las escenas intimistas (las conversaciones entre madre e hija, entre el padre anciano y su hijo) aunque en su desarrollo deje varios cabos sueltos. Algunos conflictos no pasan de un bosquejo: la aparición de la vecina, cuyo marido tuvo sexo con Cordelia, no tiene continuidad y lo mismo ocurre con el padre de la joven (el actor televisivo) que desaparece de escena en forma abrupta, aunque tenga la excusa de ir tras su amante.

Pese a estas falencias, la puesta en escena genera climas muy sugestivos y cuenta además con muy buenos actores. Eugenia Alonso (la madre) y Sofía Palomino (la hija adolescente) ofrecen el plus de compartir un vínculo que va variando con espontaneidad y sutileza.

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