Vini, vidi, vinci. El QE soberano a gran escala es, a partir de ahora, la política oficial del BCE. Desde marzo, el banco central de la eurozona comprará bonos por 60 mil millones de euros al mes. Y continuará, por lo menos, hasta septiembre de 2016. No cejará hasta que la senda de la inflación anual se arrime a la vara del 2%. Créase o no, Mario Draghi impuso la flexibilización cuantitativa, la estrategia monetaria de cuño fuertemente expansivo, en la rígida Europa de Merkel. ¿Quién de los dos -el economista romano o la canciller teutona- es más tozudo? Contra viento y marea, doblegando las rebeldías internas y la hostilidad de los de afuera (en especial, de la opinión pública alemana), Draghi se salió con la suya. El que avisa, no traiciona. En agosto, en Jackson Hole, el titular del BCE reveló su visión estratégica y la semana pasada, después de mucho batallar, logró, por fin, convertirla en la principal pieza de artillería de la institución que rige los destinos del euro.
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Tarde, dirán algunos. El BCE es el último de los bancos centrales del G-7 en abrazar a fondo el QE -la compra masiva de bonos-. Es verdad. El año pasado la Fed, alcanzados sus objetivos de estímulo, decidió clausurar la tercera versión de QE y abocarse a la faena siguiente, la normalización de la política monetaria. Pero Europa atrasa, y, para peor, escoró. Draghi -quien de por sí hubiera actuado temprano- lleva razón: es mejor tarde que nunca. Hay que entender que el romano no contó con las legiones del César; la suya fue la victoria de David contra Goliat. Los estatutos del BCE le proporcionaron la honda, y la realidad, el manojo de piedras con las que hizo puntería. Mal puede argumentarse que el banco central vela por su mandato de precios estables, cuando la inflación hace dos años que no cumple su meta (por defecto), y, a su vez, en los últimos meses ello carcome las expectativas a largo plazo. Una lectura negativa de los precios minoristas -la caída del 0,2% de diciembre- precedió a la decisión que informó el jueves el BCE.
¿Será eficaz el QE? La respuesta mayoritaria es que no sacará a Europa del marasmo. Y es cierto que la expansión cuantitativa no puede obrar milagros. Pero ello no quita que su aplicación sea altamente recomendable. Conviene refrescar las condiciones en las que opera la eurozona; víctima de la fatiga económica y el estancamiento, jaqueada por la desinflación rampante y al borde de un abismo: la amenaza del "triple dip" o una tercera recesión desde 2008. No hay que rezar por un milagro. Hay que impedir que se perpetúe la negligencia. En ese sentido, con la deflación todavía distante, el QE soberano llega a tiempo. Lo que aprieta es la desinflación, que es también un fenómeno monetario, pero de raíces menos intrincadas, y que puede curarse con una irrigación generosa de base como la que se promete. De hecho, el advenimiento del QE -"telegrafiado" con suma antelación por las autoridades- ya surtió efectos tangibles en el mercado cambiario. La fortaleza del euro se evaporó hacia mediados de 2014 y le cedió paso a una vertiginosa depreciación. El QE, a nuestro juicio, será más eficaz que la alternativa de mantenerse con los brazos cruzados. Entre la devaluación del euro, el incremento de la liquidez (no sólo por el aumento de base monetaria, sino principalmente por el derrumbe de las tasas de largo plazo y las primas de riesgo país en la periferia) y el shock petrolero favorable, la eurozona tiene tres avenidas concurrentes para revertir su suerte y alejarse de la zona de peligro.
Basta ver otras experiencias -como las Abenomics de Japón- para comprender la conveniencia de coordinar la política fiscal con la monetaria. Una expansión fiscal podría ser mucho más potente que el QE. Pero para la eurozona es tema tabú. Y un área fuera de la esfera de Draghi. Dada esa restricción, el QE es una herramienta más valiosa todavía. No obstante, el BCE debería hacer más en un terreno que sí le pertenece: el pobre desempeño del sistema financiero y la caída constante del crédito. Draghi lo sabe, y por ello anunció la eliminación del spread que recargaba el costo de los pases TLTRO. Pero es insuficiente. Europa paga un alto precio por la falta de capital de su banca.
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