El blindaje griego, ¿la Argentina en 2001?

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La imagen es la de una Europa de dos velocidades. Como un rayo, los mercados destrozan su credibilidad (la europea, la reputación griega se pulverizó hace tiempo). En paralelo, con la parsimonia de una burocracia mal aceitada del siglo XIX, los gobiernos de la eurozona tejen la trama de la red de contención que debería proteger a Grecia de la golpiza. No hay armonía, sino gran desfase. El castigo no cesa. Para Grecia, «el default no es una posibilidad», sentencia Jean-Claude Trichet, el titular del Banco Central Europeo. Pero la crisis no escucha consejos. En su vértigo, los bonos griegos caen en picada. La tasa a diez años roza el 9% (en diciembre sólo fugazmente se atrevió a quebrar el 6%). La emboscada yace en el tramo corto: la tasa de dos años sube más. Cruza rauda el umbral del 10%. La curva de los rendimientos se invierte con alza de tasas en todos los plazos y así, lo que Trichet descarta, el default griego, los mercados lo instalan, por primera vez, como un escenario probable. Contra la pared, el viernes, el Gobierno de Atenas hizo lo sensato: pidió utilizar formalmente el paquete de auxilio financiero que combina -en relación 2 a 1- recursos de la Unión Europea y el FMI. Y consiguió el alivio de un módico respiro (que Portugal le agradece especialmente).

La tozudez alemana les entregó a los mercados las llaves que controlan la situación. Su oposición a liberar la asistencia acordada hasta que Grecia no quemase sus posibilidades de acceso a los mercados de capitales facilitó que el anuncio de la ayuda financiera, lejos de calmar las aguas agitara la borrasca. Para retomar el dominio de la escena, Grecia debe demostrar, sí o sí, que puede echar mano a los recursos comprometidos. Se sabe que no bastó con montar el paquete de rescate. No fue suficiente definir una tasa de interés «no concesional» que el frenesí de los mercados no elevara a la estratosfera. ¿Por qué alcanzará con saber que Grecia solicitó el giro de los fondos? La morosidad de los procedimientos -cada país debe aprobar la iniciativa, cualquiera de ellos puede vetarla- garantiza una demora considerable. La primera ministra alemana, Angela Merkel, preferiría sortear el desafío de las urnas el próximo 9 de mayo en Renania del Norte Westfalia sin tener que explicar un desembolso tan impopular en plena campaña. Ya su imagen thatcheriana de Señora No se averió dos semanas atrás cuando -según la versión del diario Handelsblatt- Trichet, Sarkozy y Berlusconi se confabularon entre sí para arrancarle el visto bueno a una tasa de interés más relajada para Grecia (hoy en torno al 5%). O sea, los mercados todavía pueden causar daño. Si resurgieran las convulsiones (vencen bonos soberanos por 8,5 mil millones de euros el 19 de mayo) habrá que apurar los tiempos legislativos o habilitar una asistencia de corto plazo que sirva de puente.

Alemania es el escollo más duro. Con la crisis respirando en la nuca de Grecia, llegó la hora de la verdad, ¿aceptará Berlín cumplir su parte en el esfuerzo conjunto de salvamento? La respuesta es sí. La dio el ministro de Finanzas, Wolfgang Schauble, sin pelos en la lengua, y al costo de desdecirse olímpicamente de todo lo dicho durante la escalada del episodio. «No podemos permitir que un miembro de la eurozona como Grecia caiga en bancarrota y se convierta en un segundo Lehman», le manifestó a la revista Der Spiegel. ¿Y toda la prédica adversa de meses, la repetida invocación de las cláusulas antirrescate? «Ningún Estado puede ser obligado a hacer pagos, pero si voluntariamente quiere dar asistencia, no está prohibido», contestó. Y fue más allá: «No sólo no está vedado, sino que es en el interés de Alemania. Todos nos beneficiamos si aseguramos la estabilidad de la eurozona». Haberlo madurado antes. Todos se perjudicaron por la inestabilidad emocional del país que lidera la región.

No sólo los mercados maltratan a Grecia. Eurostat, la oficina paneuropea de estadísticas, volvió a echar sombras sobre la calidad de los datos que provienen de Atenas. El déficit fiscal de 2009 fue corregido en alza por enésima vez -casi un punto, al 13,6% del PBI- y se dijo que habrá más rectificaciones. ¿Cómo evaluar en esa precariedad -azuzada por una recesión galopante- el grado de avance del programa fiscal de Atenas? Será imposible. De las palabras de Schauble -que equiparan a Grecia con un «gran banco nacional» (sic)- debe surgir que los desembolsos se harán igual; que si es impensable otro Lehman, es accesorio que hoy Grecia esté cumpliendo, o no, con los planes prometidos. Lamentablemente, la lección ejemplar que se le quiso dar- para no alentar el riesgo moral- termina con el riesgo moral elevado a la enésima potencia (aunque el inefable Schauble advierta, ayer en el diario Bild, que todavía no se tomó una decisión).

Analogía válida

El blindaje a Grecia, una vez activado, dará vuelta la página. Pero no será un recreo para la eurozona. Si batallar con los mercados es un dolor de cabeza, lidiar con Grecia puede ser todavía peor. La analogía con Lehman es válida. Siempre se supo que la caída de un banco de inversión sería un salto al vacío -y por ello se rescató, seis meses antes, a Bear Stearns-, pero tratar con la plana mayor de Lehman resultó imposible -sobre todo, porque pensaban que su bancarrota no era una opción del menú-. Al final, las propias autoridades le bajaron el pulgar. Y aunque el primer ministro Papandreu no quiera mimetizarse con Dick Fuld -el mandamás de Lehman-, lo cierto es que conducir un país es más complejo que convencer a una asamblea de accionistas. Son las noticias de Atenas -el rechazo creciente de la población a un ajuste que recién se insinúa- las que alientan las chances de una solución con trauma. Entiéndase bien: el default es perfectamente evitable. Latvia -con su paridad atada al euro- así lo certifica. Pero nadie piensa que Grecia acepte similar sacrificio (como una merma del PBI del 17%). La Unión Europea deberá extremar a fondo su cintura técnica y política para que el proceso no se salga de madre. Y, por cierto, después de tres meses de observar su pericia en acción, nadie arriesgaría un euro a que dará la talla de las circunstancias.

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