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El cepo, anclado en París
Por el momento, uno de los principales efectos positivos que puede tener este acuerdo es ayudar a evitar o morigerar una futura crisis cambiaria, a la que ya nos asomamos a principios de año. Entonces, se resolvió con el reconocimiento parcial de la depreciación del peso en el tipo de cambio oficial. Es cierto que el valor de equilibrio (¿convergencia?) en el cepo no es el mismo que el que reconoce toda la depreciación del peso sino algo más bajo, ya que se ha dejado afuera una buena parte de la demanda. Sin embargo, un valor alrededor de los $ 8 tampoco lo es, ya que con este precio, para mantener las reservas, en sus inicios necesitó de fuertes restricciones a la demanda por importación y del adelantamiento de los dólares de la cosecha gruesa. Incluso en plena temporada de lluvia de divisas por la liquidación de dichas exportaciones del agro, el stock de divisas del Central aumenta lentamente y se deben mantener gran parte de las limitaciones a los importadores.
Por lo tanto, caben dudas acerca de cómo va a "cerrar" el segundo semestre, cuando no haya más entrada de dólares por la cosecha. Aquí es donde puede ser importante toda mejora de la percepción de riesgo que se pueda conseguir, como la que aporta el arreglo con el Club de París. Un factor importante a entender es que, luego de la devaluación, el BCRA decidió disminuir el financiamiento al sector público con emisión, para evitar una espiralización de la inflación. Como tampoco podía seguir cediendo reservas, optó por tomar deuda para transferirle recursos al Gobierno, que no tiene acceso al crédito, pero que sigue incrementando su gasto y déficit.
El problema es que nunca el Estado le devolvió un centavo al BCRA. Para que esto funcione, en el mediano plazo, el Gobierno debería reducir su necesidad de exprimir al Central por financiamiento para que, cuando éste tenga que emitir para pagar sus pasivos, no coincida con una demanda excesiva de recursos por parte del Estado. Una alternativa para lograr que todo este esquema cierre es que el Gobierno baje el ritmo de crecimiento del gasto primario del actual disparatado 40% interanual a uno algo menos absurdo, digamos un 30% o menos. El problema es que no hay mucha voluntad en ese sentido, por lo que existe el riesgo repetir un susto, por lo menos tan grave como el de principios de año, a más tardar en los inicios de 2015.


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