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El Cervantes para Ana María Matute
Varias veces candidata también al Nobel, Ana María Matute obtuvo ayer el Premio Cervantes de Literatura.
La edición 35° del premio más importante de habla hispana fue otorgado a la autora de «Luciérnagas» y «El río», una escritora «con capacidad para manejar diferentes tonos» y «crear un mundo y lenguajes propios», según dijo ayer la ministra de Cultura de España, Angeles González Sinde. Matute, con 85 años, recibió a la prensa en su casa de Barcelona, disculpándose por el desorden y aclarando que eso «no es siempre así» pero que ella y su hijo estaban «en obra»: «es una especie de premio a todo lo que ha pasado durante una vida», consignó sobre el Cervantes.
Matute escribió su primer libro, «Pequeño teatro», con 17 años, aunque el primer cuento lo había plasmado sobre papel ya con cinco. Esa primera novela se la llevó dos años después de terminarla al entonces director de la editorial Destino, Ignacio Agustí, escrita a mano en un cuaderno de tapas de hule negro. Y tuvo que pasarla a máquina para que le prestara atención. Pero cuando la leyó, Agustí se quedó asombrado. Varios años después, en 1954, ganó con ella el Premio Planeta. Tenía 28 años.
Antes de hacerse con ese galardón había sido ya finalista, con «Los Abel», del Premio Nadal. Era 1947, y ganó Miguel Delibes con «La sombra del ciprés es alargada». «Quedar finalista detrás de Delibes fue todo un honor», dice ella. Esa novela y el premio que la acompañó la dieron a conocer en España. La narrativa de Matute, enmarcada en un realismo de prosa lírica, estaba ya marcada en aquel entonces por los temas que acompañarían su obra a lo largo de toda su carrera: la infancia, la injusticia social, la incomunicación, la incomprensión. Y también la Guerra Civil española y la posguerra.
La contienda la marcó profundamente. Tenía 11 años cuando estalló. Y en muchas de sus obras quedaron patentes el trauma y las consecuencias psicológicas de la guerra. «Yo todavía ahora no soporto los fuegos artificiales. Tienen el mismo sonido que las bombas», ha admitido alguna vez. «La vida no era como me la habían contado». Y la guerra convirtió a una «niña bien» en una «roja», según ha dicho.
Matute nació en Barcelona, en una familia burguesa -su padre tenía una fábrica-, religiosa y conservadora. Su salud no fue buena de pequeña y su tartamudez la convirtió en una niña rara a ojos de las demás. Vivió también en Castilla y León y se educó en un colegio religioso de Madrid. Estudió después música y pintura, pero acabó dedicándose exclusivamente a la literatura. En los 60 pasó tiempo en universidades de Estados Unidos, donde siguió viajando para dar conferencias. Hoy está considerada una de las mejores novelistas de la posguerra española y gran parte de sus obras han sido premiadas.
Con «Los hijos muertos» ganó el Premio de la Crítica en 1958 y un año después, el Nacional de Literatura. Con «Primera memoria», una historia de amor entre dos adolescentes en plena Guerra Civil que muchos consideran la mejor de sus novelas, obtuvo el Premio Nadal en 1959. Y ha sido varias veces candidata al Nobel de Literatura.
«No escribo para ganar premios, gano premios porque he escrito libros», dijo recientemente en una entrevista. Como autora de libros para niños, esta mujer a la que le encanta contar cuentos a grandes y pequeños, ha sido prolífica. En 1984 ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil con «Sólo un pie descalzo». En 1965 había obtenido ya el Premio Lazarillo de literatura infantil por «El polizón de Ulises». De fuerte carácter aunque divertida Matute fue la primera mujer novelista en entrar en la Real Academia Española (en 1998).
En 1996 apareció «Olvidado rey Gudú», que junto a «La torre vigía» (1971) y «Aranmanoth» (2000) forma parte de lo que ella llama su trilogía medieval. «Paraíso inhabitado» se publicó en 2008. Acaba de sacar «La puerta de la luna. Cuentos completos», donde reúne relatos, escritos cortos y artículos periodísticos. Y ya está trabajando en una nueva novela. «Mientras pueda seguir escribiendo no pararé porque es lo que me gusta, lo que he hecho desde que tenía cinco años y lo que me pide el cuerpo», asegura.


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