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El contratenor Martín Oro brindó un excelente ciclo de Monteverdi
El contratenor Martín Oro sabe utilizar el bellísimo instrumento propio en favor de la palabra, que virtió con absoluta claridad.
Si bien ecléctico, ya que abarcó desde los inicios del período hasta su cumbre y desde la suntuosidad operística hasta la melodía despojada, el repertorio de «Mi palpita il cor», el concierto del ciclo de Pilar Golf el fin de semana pasado, transitó los claroscuros del barroco italiano y conservó unidad dentro de la variedad.
Es posible que su formación inicial como instrumentista de arco (que lo llevó incluso a perfeccionarse con el violista Yuri Bashmet en el conservatorio Chaikovsky de Moscú) haya dado a Martín Oro muchas de sus virtudes como cantante: una afinación perfecta, una administración del vibrato y las variantes dinámicas puesta exclusivamente al servicio de las necesidades expresivas, un férreo sentido del fraseo y sobre todo la virtud de ensamblarse naturalmente con los instrumentos que sostienen su canto.
En tanto que artista de la voz, el contratenor sabe utilizar el bellísimo instrumento propio en favor de la palabra, con una articulación tan clara que no fue necesario contar con los textos impresos para captarlos sin dudas posibles. La coloratura espléndida de Oro se desplegó en el aria «A dispetto dun volto ingrato» de la ópera «Tamerlano» de HTMndel, en tanto que el aria «Piango, gemo, sospiro e peno» atribuida a Vivaldi (sobre el llamado «bajo de lamento») que abrió el fuego, y las cantatas «Siedi, Amarilli mia» de Bononcini y «Mi palpita il cor» de HTMndel le permitieron exhibir una amplia gama de recursos técnicos y expresivos.
En el plano intimista, la cumbre del concierto la constituyeron dos fragmentos firmados por Claudio Monteverdi: «Si dolce è il tormento», (cantada con sobriedad, refinamiento y gran expresividad) y el aria «Oblivion soave» de la ópera «Lincoronazione di Poppea». En ambos fragmentos (al igual que en la «Toccata» de Alessandro Piccinini) se lució el arte supremo de las cuerdas de Dolores Costoyas, siguiendo aquí la línea vocal al milímetro.
No menos sublime fue la actuación de Manfredo Kraemer, cada una de cuyas interpretaciones es una lección de estilo, retórica y musicalidad, tanto en su participación en las obras vocales como en la sonata de HTMndel que interpretó junto al clavecinista Federico Ciancio, también acertado en su momento solista (las «Variaciones sobre un tema de Corelli» de Johann Gottfried Walther) y el continuo; la cellista Nina Diehl completó con eficacia un marco instrumental de lujo. Con «Da quel strale che stilla veleno», del oratorio «Maddalena ai piedi di Cristo» de Antonio Caldara ofrecida como bis, se cerró un concierto que llevó hasta Pilar lo mejor del barroco en interpretación «históricamente informada» a cargo de un seleccionado de excepcionales músicos argentinos.


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