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El cosmopolitismo, una marca de la cultura contemporánea
Oficinas de Josef Paul Kleihues en Berlín, Charlottenburg: el famoso arquitecto dejó unido su nombre a uno de los máximos emprendimientos del último cuarto del siglo: la Exposición Internacional de Arquitectura.
Esta capital fue, hasta no hace mucho, una ciudad de barrios autónomos, no desde el punto de vista administrativo y político sino en lo social y cultural. La ciudad, que entre fines del siglo XIX y comienzos del XX se expandió hacia el Oeste, fue una acumulación de distritos, cada uno con su historia, sus tradiciones, sus usos y costumbres. Hacia la década del 70, Buenos Aires inició una de sus transformaciones cíclicas, que consistió, entre otras situaciones, en la pérdida de la individualidad característica de sus barrios, que pasaron a ser reliquias de un tiempo ido, estímulos de la nostalgia.
Acaso el gran poeta porteño haya sido, en definitiva, el hombre que acompañó más hondamente esta desarticulación de identidades y de pertenencias. Por eso sostuvo alguna vez Borges: «En los sueños, no salgo nunca de Buenos Aires». Aquí también se quedaron para siempre los ecos de conferencias y exposiciones de reconocidos artistas, arquitectos, teóricos y críticos que nos visitaron en los últimos tiempos.
Zaha Hadid, nacida en Bagdad, estudió arquitectura en Londres (1972-77). Luego de pertenecer un tiempo al equipo OMA (Office for Metropolitan Architecture, de Koolhaas y Zenghelis), presentó la primera exposición de sus obras en 1981, bajo el título ilustrativo «Arquitectura Planetaria». El espaldarazo internacional lo recibió luego de su participación en la muestra Arquitectura Deconstructivista, organizada por el célebre arquitecto y teórico Philip Johnson, en 1988, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
En la gran producción de Hadid, la fragmentación de planos y volúmenes que pone en movimiento a sus obras, es guiada por un riguroso sistema de fondo al movimiento afín del conocido como Suprematismo. Hadid dijo en Buenos Aires, invitada por el CAYC a la Bienal de Arquitectura: «Yo creo que los edificios pueden flotar. Sé que no pueden hacerlo, pero lo creo».
«El arte no es expresión, el arte es conocimiento», sostuvo Jesús Rafael Soto (Venezuela, 1923 - París, 2005), que fue uno de los fundadores de la estética neoconstructivista, a la cual aportó una muy particular contribución de perfiles únicos. Ello es posible admirar en el museo de su tierra, en Ciudad Bolívar. Desde 1950, cuando se instaló en París, Soto trabajó en esas exploraciones que él creyó capaz de desembocar en un acercamiento a lo Absoluto.
Entre las variantes constructivistas, el arte cinético y el Op-tical-art (Op art), puso el énfasis en la luz y en el movimiento, representados en la tela u obtenidos por medios mecánicos y naturales en esculturas y objetos. Sus obras no buscan el deleite pasivo de los espectadores. En sus Penetrables el espectador se introduce entre los hilos o varillas verticales y desde ese momento se encuentra físicamente mezclado con la obra. Visitó Buenos Aires, invitado por autor de esta nota.
Considerado como uno de los más brillantes y provocativos pensadores de los últimos tiempos, el filósofo francés Jean Baudrillard estuvo varias oportunidades en Buenos Aires, en distintas ediciones de las Jornadas de la Crítica y las Bienales Internacionales de Arquitectura. La última aparición fue en la IX Bienal.
Baudrillard (1929-2007) fue un sociólogo de la modernidad, de la seducción, del «éxtasis de la comunicación» y, ante todo, un teórico de la sociedad de consumo. El filósofo sostuvo la peligrosa banalidad de la televisión comercial que intenta anular la seducción, el símbolo, la ironía. Investigó estos nuevos espectáculos de la TV basura y señaló que en ellos «los hechos son aislados de su contexto y se convierten en una crónica banal. El pasado aparece como una especie de Disneylandia. En los Reality Shows hay una suerte de vértigo, de negación de la culpa: esto no es un proceso de exaltación sino un desengaño profundo, una gran desilusión».
Entre los arquitectos, el nombre del alemán Josef Paul Kleihues ha quedado unido a uno de los máximos emprendimientos urbanístico-arquitectónicos del último cuarto del siglo: la Internationale Bauausstellung (Exposición Internacional de Arquitectura) de Berlín 1984-87, IBA. En 1979 había recibido el encargo de trazar el Plan Maestro para la IBA, cuyo objetivo era ordenar las nuevas áreas edificables en la zona sur de los distritos de Friedrichstadt y Tiergarten, en Tegel y en la Prager Platz, en la Berlín todavía dividida por el muro construido en 1961 y demolido en 1989.
Entre sus once museos, se destacan el Museo de Arte Moderno en el centro de Chicago, el Museo de Arqueología de Francfort y el Museo de Arte Contemporáneo de Berlín. En ellos tuvo que ampliar antiguas construcciones: en Francfort, una Iglesia de las Carmelitas, y en Berlín, la ex estación ferroviaria de Hamburgo (de mediados del XIX), en este último su «racionalismo poético» alcanzó una definición de inusual belleza.
El viejo edificio de la estación final del ferrocarril del tramo Hamburgo-Berlín alberga hoy uno de los más importantes museos europeos del arte de las últimas décadas. Una documentación de más de tres décadas de Fluxus presentada en Stuttgart en «Una larga historia con muchos nudos» se expuso posteriormente en Buenos Aires, en el Malba.
«Fluxus-arte-diversión debe ser simple, entretenido y sin pretensiones, tratar temas triviales, sin necesidad de técnicas especiales ni realizar innumerables ensayos, sin aspirar a tener ningún tipo de valor comercial o institucional», señaló su coordinador, Maciunas (1931-1978) de origen lituano pero radicado en Nueva York.
Sus conciertos eran mezcla de happenings, aunque menos rígidos, música experimental, poesía y actuaciones personales, Fluxus no se dejó encasillar dentro de ningún concepto: fue la primera forma de arte desde el dadaísmo que apostó a la fusión de los géneros. En 1982, en una emisión de Pro Música Nova, por Radio Bremen, Wolf Vostell (1932-1998), integrante del grupo, señalaba que Fluxus estaba en contra del límite de la libre expresión, contra la insuficiencia de los conceptos artísticos y contra la mediocridad de los coleccionistas.
No estaba por principio contra las instituciones culturales sino contra la estupidez de las ideas heredadas. Por ello concluye: «Recuerdo que con mucha frecuencia a principios de los años 60 yo estaba en contra de los museos y ahora expongo en ellos. Esto demuestra que la apertura se ha conseguido».
En 1990, en el CAYC, realizó la performance «El tango de hormigón» como homenaje a la resistencia de los argentinos frente a la dictadura que ocultaba desaparecidos en el Río de la Plata y en bloques de concreto.


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