22 de octubre 2012 - 00:00

El documental como cine para millones

El francés Richard Copans en Buenos Aires: «La clave es unir la historia personal con los sucesos de la historia general, y ver cómo alguien puede elegir en parte su destino».
El francés Richard Copans en Buenos Aires: «La clave es unir la historia personal con los sucesos de la historia general, y ver cómo alguien puede elegir en parte su destino».
Sencillo, amable y hablando un español aporteñado («tuve por diez años una esposa argentina») Richard Copans es uno de los productores más prestigiosos de Francia, y palabra mayor en el campo del cine documental. Invitado por el DocBsAs, hoy dará una clase abierta en la Alianza Francesa. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Es cierto que en Francia un documental sobre 15 niños escolares y su maestro llevó dos millones de espectadores a las salas?

Richard Copans: 15 niños de provincia y su maestro a lo largo de un año escolar, pero ¡qué película! «Ser y tener», de Nicolas Philibert, éxito mundial, también acá. Esa obra tuvo algo mágico. En cambio otra también buena juntó apenas 5.000 espectadores en tres salas. Y con una ficción de autor prestigioso sufrimos un fiasco enorme. Nunca se sabe. La verdad, en 25 años tuvimos muy pocos éxitos notables. Y aún así seguimos.

P.: ¿Qué lo impulsa a producir una película?

R.C.: Saber que para el autor y para nosotros es necesario hacerla, aunque duela. Así acompañé el trabajo de Camila Guzmán para «Telón de azúcar», sobre su infancia en Cuba y su desengaño personal. Y el de Macarena Aguilo para «El edificio de los chilenos», esa historia de hijos de extremistas chilenos criados en un ambiente colectivo. Ellas hablan de cosas importantes, con el corazón, y además con un estilo personal, es imposible negarse a acompañarlas.

P.: ¿Y las de Edgardo Cozarinsky?

R.C.: Para nostros Cozarinsky es como un viejo maestro. Cuando empezamos él ya tenía un nombre, y nos permitió acompañarlo en muchas cosas importantes. ¡Qué belleza «El violín de Rothschild»! Sé que ahora está trabajando más tiempo acá en la Argentina.

P.: ¿Es cierto que usted empezó con un pie dentro y otro fuera de la industria?

R.C.: Si, empecé en 1968 como ayudante de cámara de los más grandes directores de fotografía de entonces, y también como miembro de Cinelutte, un grupo militante de creación colectiva (lo que en la práctica no era tan así). Hacíamos películas muy solicitadas para discusión en sindicatos y universidades. Pero a fines de los 70 esa energía colectiva se fue diluyendo. La última del grupo, ya a medio camino entre el discurso militante y el documental de personajes muy humanos, terminó siendo la primera de mi empresa propia, Les Films dIci.

P.: Su idea es privilegiar siempre la parte humana.

R.C.: Sea ficción o documental, para mí la clave es unir la historia personal con los sucesos de la historia general, y ver cómo alguien puede elegir en parte su destino. Sentir las cosas. Captar de los rostros su verdad emocional, más allá de la información que la gente me esté dando. Crear una empatía entre el espectador y quien esté en la pantalla. Por ejemplo, me gusta trabajar con la directora Claire Simon, porque sabe ver y transmitir lo que ve. Otros, ante el mismo material, no lo ven.

P.: También trabaja mucho con Luc Moullet. ¿Quién es?

R.C.: Es alguien que explica las cosas más difíciles con gran coherencia y sentido del humor, por ejemplo la globalización a partir de preguntarse de dónde viene el atún que comimos a mediodía, etc. Me gusta tanto que desde 1976 lo acompaño en cualquier cosa que haga. También acompañé a mi maestro Robert Kramer durante 20 años, hasta su muerte.

P.: Y a Richard Dindo, Amos Gitai, etcétera. Además usted también dirige. Hablemos de «Racines» (raíces).

R.C.: Necesitaba saber de dónde vengo. Mamá rompió con su familia a los 21 y no contaba nada. Papá solo sabía que sus padres vinieron de algún lugar de Lituania. Poco a poco fuí recorriendo Picardia, Lituania, EE.UU., encontré vecinos, posibles parientes, el pueblo de los abuelos, el drama de la guerra que cortó esas raíces, pero el film resultante no es, de ningún modo, un «curso» sobre mis orígenes, sino una especie de juego donde los espectadores también puedan pensar en sus propias raíces, en sus huellas. Ahora estoy haciendo «la segunda parte».

P.: ¿Cómo es eso?

R.C.: La historia de amor de mis padres. El encuentro de una provinciana inculta que escapó a Paris y un estudiante de Rhode Island que llegó para hacer su tesis en los 30, el refugio en EE.UU. durante la guerra, mi padre voluntario en el Desembarco en Normandía, su conversión en hombre de radio y gran difusor del jazz en Francia, mi nacimiento en 1947, pienso rastrear los lugares donde vivieron, encontrar gente de su época, darles a leer unos textos que escribí sobre ellos, ya veremos.

P.: ¿Dijo que su padre fue voluntario en la guerra?

R.C.: Estaba exento, pero quería que sus hijos supieran que él no combatió al nazismo solo de palabra, sino con riesgo de su vida. Así que se alistó, sirvió dos años bajo bandera y hasta luchó realmente en la patria de su esposa. No se hubiera perdonado quedarse en casa.

Entrevista de Daniel Sendrós

Dejá tu comentario