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El drama de los bancos europeos: del corte de pelo van al “peluquín”
José Siaba Serrate
Europa previó que la crisis del crédito privado que se desató en 2007/2008 derivaría en una crisis del endeudamiento soberano. Por eso se anticipó. Giró la política económica sobre sus talones en cuanto pudo, en cuanto se asentó la recuperación. El énfasis en la austeridad era el pasaporte para evitar el contagio de la deuda pública. Y no debía ser un freno para la actividad. Si hace crecer la confianza, una contracción fiscal puede ser expansiva. Sólo que no fue así. El enfoque fracasó. Hace tiempo. No hay corrida sobre la deuda soberana en ninguna otra región que no sea la zona del euro. Y sí la hay en sus confines. Grecia, Irlanda y Portugal ya perdieron acceso a los mercados de capitales de largo plazo. España e Italia dependen del sostén que les brinda, muy a su pesar, el BCE (un artificio que, desde ya, no formaba parte del plan original). Europa asusta al mundo y cuando lo logra de verdad, destruye el valor de los activos privados y es la deuda pública del resto del mundo la que sirve de contención y de refugio. Si la falla es evidente, ¿por qué no corregirla? Quizás a Europa no le resulte tan obvio. Decía Jean Claude Trichet que la gestión del BCE ha sido impecable. Y que la eurozona -con un déficit fiscal del 4,5% del PBI- está mucho mejor que otros países en los que el desequilibrio ronda el 10% (un dardo a ese molesto Geithner). Que sea la eurozona la que cruja y no los demás no tiene cabida en el argumento.
¿Cuánto costará Grecia? De movida nomás la destrucción de riqueza financiera que causan sus vicisitudes es varias veces más que el total de su deuda pública. Depositarla en el limbo hasta noviembre es prolongar la agonía. Y con ella, el accionar del ácido de su corrosión. ¿Qué se resolverá entonces que no pudo hacerse hasta ahora? Que Grecia no cumpla sus metas no significa que a Grecia le aguarde el default, Jean Claude Juncker, titular del eurogrupo, dixit. El profano hubiera pensado que sí, que la asistencia era condicionada. Pues resulta que no. Ahora bien, tampoco Grecia recibe la cuota de los 8 mil millones de euros en danza. Queda en suspenso. No se sabe si a Atenas se le pagará o no el boleto del colectivo. El inconveniente es que esa incertidumbre cotiza a otro precio. Viaja en remise. Si lo que se necesita es tiempo, conviene dejar que Grecia saque el boleto escolar, pasee lo que haga falta y se baje recién en la parada en la que Europa esté de veras preparada para arreglar el asunto.
Todo indica que en el destino de Grecia no habita el default, pero sí una reestructuración con una quita del 50%. Diría el inexperto: ¿no es lo mismo? No. La segunda alternativa es la que cuenta con la bendición cardenalicia (la que se concede en Berlín). ¿No se hablaba acaso, tras la cumbre europea de julio, de una quita del 21%? Es la misma operación, pero, dos meses después, actualizada y con punitorios. ¿En qué quedó la iniciativa anterior? Fracasó. O, si se quiere ser gentil, todavía no pudo concretarse. ¿Y si no se pudo lo menos, cómo se logrará lo más? Habrá que aumentar la coerción. Se lee en la prensa que los bancos acreedores tendrán que soportar un «corte de pelo» más al ras. ¿Qué bancos son estos a los que les sobra la melena? Los mismos que dice Christine Lagarde, antes ministro de finanzas de Francia y ahora cabeza del FMI, que Europa debe capitalizar de urgencia. Y vale recordar que en la transacción original, la de
la quita del 21%, los bancos griegos iban a recibir una inyección patrimonial de 35 mil millones de euros (para poder seguir operando). Más allá de que las reestructuraciones no se deberían anunciar por anticipado, vale tener presente que a muchos bancos a los que se les corte el pelo, habrá luego que reponerles el «peluquín». Como sea, el tema de la cirugía es un folletín por entregas que promete no definirse hasta noviembre (y sería raro que luego no encuentre excusa para otra postergación). La única certeza, en este berenjenal, es que corresponde tomar distancia.
Mientras se habla de Grecia, y lo que quita el sueño es Italia, lo que se dañó en serio es, otra vez, la confianza en el sistema financiero. Ya se dislocó su funcionamiento. El banco franco belga Dexia es el mojón visible de una nueva crisis. Las liquidaciones a destajo de activos de riesgo reflejan las urgencias del momento. Como el proceso tuvo innumerables iteraciones, no se puede hablar de una sorpresa cabal. Tanto fue el cántaro a la fuente que al final se rompió. Y mientras Europa no acierta en responder, otros bancos centrales ya tomaron nota del «credit crunch» -el apretón crediticio- que se avizora. Ayer, Ben Bernanke, titular de la Fed, aseguró que la Fed está preparada para oficiar como prestamista de última instancia de la banca si la crisis europea no halla contención. Pero, un día antes, George Osborne, el responsable de la Tesorería inglesa, fue más a fondo. Anunció la compra de bonos corporativos a través de una ventanilla que se habilitó en el Banco de Inglaterra en los tiempos de la crisis de 2008 y que no se había utilizado. La sensación de déjà vu es contundente. La Tesorería inglesa teme que la crisis del continente anule la capacidad prestable de la banca convencional y, si eso ocurre, está dispuesta desde ahora a tomar la posta del financiamiento. Si los transeúntes -como se definió Bernanke- toman recaudos, extraña que el morador del edificio que se tambalea se paralice. Tocará mañana ver cómo se despide Jean Claude Trichet del comando del BCE, pero las expectativas -a juzgar por los dichos de Bernanke y Osborne- son acotadas.


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