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El dúo Baltar-Molina deja gusto a poco
Amelita Baltar y Horacio Molina son dos grandes cantantes con personalidades artísticas bien definidas. Cada uno posee una carrera con mucha y muy importante historia. Aunque ambos recorrieron diferentes músicas, eligieron dedicar la mayor parte de su vida al tango y es allí seguramente donde han encontrado su mejor veta. Al mismo tiempo, son muy distintos. Ella pasó por el folklore, recaló en el tango de la mano de Astor Piazzolla, se apropió con todo derecho del repertorio de Discépolo -que la pone en un lugar muy alto- y es una de las voces más fuertes del género, con un estilo de canto intenso, visceral, desgarrado. El pasó por el bolero, es un amante de la melodía y de Gardel, de la sutileza tímbrica, del arreglo delicado; y aunque tendría garganta de sobra como para intensidades mayores siempre ha preferido interpretar el tango desde un clima más intimista, de la palabra dicha con cuidado y sumo respeto, de la afinación impecable. Es atractiva entonces, sobre todo por ese contraste de estilos, la unión de ambos en un mismo escenario. Y lo que sucede los sábados en Clásica y Moderna afirma que el rubro tiene mucho para dar.
Molina ocupa la primera parte, acompañándose sólo con su guitarra, haciendo sonar tangos que forman parte de su repertorio habitual -que pueden ir cambiando de concierto en concierto- y permitiéndose un sentido homenaje a su viejo compañero Oscar Cardozo Ocampo de cuya muerte acaban de cumplirse diez años. Su set se hace imperdible en títulos como «Madame Ivonne», «Caserón de tejas», «Jacinto Chiclana», «Soledad», «Flor de lino» o «Grisel» con el piano grabado de Cardozo Ocampo.
La segunda parte es de Amelita. Un par de títulos de Discepolín («Canción desesperada», «Confesión»), los inevitables y siempre bienvenidos temas de Piazzolla («Balada para un loco», «Balada para mi muerte», «Los pájaros perdidos»), una composición propia escrita junto a su guitarrista, y una muy buena versión de «Fruta amarga», todo con el sólido respaldo de piano y guitarra, la ponen también en el mismo lugar destacado.
La única observación es que ambos -y, en consecuencia, el público- se perdieron la posibilidad de explotar mucho más los contrastes complementarios de sus estilos en dúos armados especialmente. Apenas «Una aventura más» en el comienzo, y en el final, el improvisado y «a capella» «Nosotros» y el ensayado «Chiquilín de Bachín», resulta poco en función de lo que podrían ofrecer estos dos artistas en conjunto.


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