12 de noviembre 2009 - 00:00

El fin de la infancia con admirable pudor

En «El último verano de la Boyita», Julia Solomonoff (autora con todas las letras) cuenta una historia de preadolescencia femenina con excelente mano para sugerir conflictos discretamente.
En «El último verano de la Boyita», Julia Solomonoff (autora con todas las letras) cuenta una historia de preadolescencia femenina con excelente mano para sugerir conflictos discretamente.
«El último verano de la Boyita» (Arg.-Fr.-Esp., 2009, habl. en español). Guión y dir.: J. SoloInt.: G. Alonso, N. Treise, M. Pascual, G. CoA. Treise, G. Pfenning, M.C. Merendino.

Sin levantar el tono, sin imponer determinados puntos de vista, y menos aún dictaminar discursivamente acerca de cosas delicadas, esta nueva película de Julia Solomonoff desarrolla con infrecuente pudor y sentido de observación algunos momentos significativos en la vida de una niña que dentro de poco ha de iniciar su preadolescencia. Por ahora es una niña, pero muy atenta a cuanto sucede y cuanto puede captar de los mayores. Claro que no todo le resulta enteramente comprensible.

Así la vemos examinando con algo de asco las láminas de un libro de anatomía y fisiología de su padre médico, y la vemos también sobrellevando el fastidio de la hermana mayor que está «justo en esa etapa», como diría una vieja. Disfrutará luego unas sencillas vacaciones en el campo, donde lo pasa muy bien, acompañada, o a veces cuidada, por el hijo de los vecinos, un muchachito que ya empieza a pegar el estirón, y quizá por eso se ha vuelto medio retraído. Por ahí va surgiendo la intriga. La verdadera causa de su retraimiento irá apareciendo de a poco, porque es un secreto que el chico no sabe cómo manejar, y los padres ni siquiera han advertido claramente. Cosas así suelen ocurrir, cada tanto, y son mal manejadas, un poco por ignorancia, otro tanto por vergüenza mal entendida.

La historia transcurre unos años atrás, lo que contribuye a hacernos más comprensibles las diversas actitudes que han de tomar los personajes de la trama, empezando por el médico. Y contribuye también para que todo cierre debidamente, cuando la niña, ya un poquito más crecida, marque con toda naturalidad los límites de lo que se puede o no se puede contar en esta clase de asuntos.

Esos límites, parece que Solomonoff los tiene bien claros. No esconde nada, y tampoco necesita mostrar. Con mucha discreción ella da a entender lo que pasa. Con buen gusto, escapa inteligentemente del morbo y de la imposición de criterios ideológicos terminantes. Simplemente, su criatura está descubriendo unos aspectos delicados de la naturaleza y de las relaciones humanas. Aprende, y ciertas cosas ayuda a solucionarlas, con la inocencia y la mente abierta y generosa de una niña. Ese es el tema, y está muy bien expuesto.

A subrayar, una escena muy bien puesta de lágrimas que quieren ocultarse (actriz uruguaya Mirella Pascual, en rol de madre), unos chicos muy bien elegidos y dirigidos (Guadalupe Alonso, Nicolás Treise, criollito rubio que en la vida real nunca había ido al cine), un equipo indicado para preparar y ambientar este tipo de historia (productor ejecutivo Pepe Salvia, Lucio Bonelli, Mariela Ripodas, Lena Esquenazi, Sebastián Escofet, músico, María Laura Berch, encargada de casting y entrenamiento actoral, etc.), y una mano precisa para escribir y conducir la película. Vale la pena.

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