16 de marzo 2011 - 00:00

“El género novelesco ha sido captado por la narrativa visual”

Rabanal: «Cuando era chico y no había aún televisión, el libro era información y entretenimiento. La literatura me prodigaba eso que hoy prodigan la televisión y el cine de manera brutal».
Rabanal: «Cuando era chico y no había aún televisión, el libro era información y entretenimiento. La literatura me prodigaba eso que hoy prodigan la televisión y el cine de manera brutal».
Después de una decena de elogiadas novelas de características clásicas, y de un estilo pulido rigurosamente, Rodolfo Rabanal se decidió a experimentar en «La vida privada», que acaba de publicar Seix Barral. Allí cuenta una historia de forma fragmentaria, con un personaje que denomina «el que percibe», para que sea vivido desde el lector, que narra lo que le sucede en un estilo coloquial porteño, y que, mientras añora relaciones sentimentales, pasa del momento actual a recuerdos de su infancia, que pronto cobran acción. Dialogamos con el destacado escritor argentino, que desde hace años decidió residir en forma permanente en Punta del Este.

Periodista: En el comienzo de su nueva novela, el protagonista imagina que le preguntan qué escribe. ¿Qué respondería usted a esa pregunta?

Rodolfo Rabanal: El personaje se está pensando en el acto de escribir, piensa sobre el acto de escribir. En «La vida privada» planteé una teoría de la escritura, y sobre todo de la novela. Esa novela que para mí no existe como existió, como aún sigue existiendo, no tiene encanto. El sistema narrativo abarca muchos sectores: la televisión, el cine, el teatro, entre otros, pero la forma del libro es decimonónica. Volver a ello sería insistir en las formas clásicas del best seller, que repiten ese modelo. Lo que busca hacer es lo que ya se hizo. Por otro lado, creo que en el siglo XX se hizo todo respecto a las teorías y a las hipótesis de cómo encarar un tema literario. Creo que de Borges a Beckett está todo dicho. Lo que quise hacer modestamente en «La vida privada» es descontrolar la identidad del personaje, que el protagonista, tiene el nombre genérico de «el que percibe» para que sea yo, usted o cualquiera que perciba. Ni siquiera la mujer coprotagonista tiene nombre, también se la menciona con un genérico, se le dice «la francesa».

P.: A esa vecina del protagonista le da varios nombres que no son su nombre, que hacen referencia a actrices a las que se le parece.

R.R.: La única que tiene nombre es la ex novia de «el que percibe», Teresa Monsalvo, que tiene ese boliche tan gracioso donde él va. Otro tema del libro parte del hecho de que no me interesa la idea de la secuencia perfecta sino que me encanta la fragmentación, las cosas que van pasando que uno no puede resolver porque si no hay que investigarlas. Por ejemplo, cuando matan a un cura, lo dejo ahí, y que alguien se ocupe de encontrar al culpable, no es el novelista quien debe buscarlo. Nuestra vida es una vida de percepciones múltiples donde no llegamos a resolver muchos de las cosas que nos llegan, que nos suceden, que conocemos.

P.: Usted señala, al pasar, que las novelas actualmente recaen en características que tienen que ver con la televisión.

R.R.:
El género novelesco, tal como lo conocimos hasta un reciente pasado ha sido captado por la narrativa visual en gran parte. Cuando era chico y no había aún televisión, el libro era información y entretenimiento. La literatura me prodigaba eso que hoy prodiga la televisión y el cine de una manera brutal. Hoy ser un escritor exitoso es ser un escritor de grandes contenidos televisivos. Hacer literatura al estilo de las grandes novelas del siglo XIX es algo que no sé si la gente está preparada para leer, y si tiene la tolerancia, la disposición y el tiempo. Hay gente que lo hace, sin duda, pero digo como tendencia. No sé si hoy existe la posibilidad de sentarse ante «La guerra y la paz» de Tolstoi y ponerse a leerla capítulo por capítulo. No creo que sea tan común; leer es un trabajo de conversión de signos en símbolos, de símbolos en sentido, es una inversión de tiempo. Estos son detalles que pesan. Por otro lado a mí me encanta la imagen cinética, el movimiento, y busco narrar así.

P.: Su personaje, «el que percibe», tiene que ver con lo visual, pero a la vez establece un mundo intelectual de reflexiones y comentarios.

R.R.: Parte del mundo de los sentidos, pero es un intelectual y no puede zafar de la introspección. A la vez tiene una curiosidad casi morbosa por los tipos del margen, por los homeless que viven en la placita Roberto Arlt. Piensa que él podría estar ahí, porque siente que él es el que da sentido a las cosas. Se dice: yo le doy sentido a las cosas que acaso no tengan sentido, soy yo quien con mi actitud le doy sentido a algo que acaso no lo tenga para otros, pero para mí, sí.

P.: En eso su novela por momentos parece las meditaciones de un flaneur, como llamaba Baudelaire al paseante que se lanza a gustar del mundo de la ciudad. A la vez, «el que percibe» es un sedentario que se mueve en torno a su memoria, a los recuerdos.

R.R.: Y la memoria está instalada como algo no explicable, ocurre simplemente. Un hombre pasa y trae a la memoria dos milongueros de los años cincuenta, rarísimos para el mundo de hoy, aunque últimamente haya regresado el tango de los salones. Son la caricatura de ese mundo peronista, carnavalesco, que corresponde a mi infancia. A la vez está ese flaneur, ese narrador que va registrando la ciudad, y que en un momento dice que para él el pasado es en blanco y negro, como una foto vieja, que no puede recordarlo con colores. Eso es para dar valor al hecho de que no puede salir del presente continuo. Lo invade el pasado, y no puede calcular más que sobre el presente.

P.: ¿Considera que «La vida privada» es un nuevo modo de hacer ficción autobiográfica?

R.R.: Lo único que hay de autobiográfico, y lo rescato porque le veo valor y no porque tenga la relevancia de una afectividad que me comprenda, es el momento en que al personaje de «el chico pálido» los padres lo llevan a un baile de carnaval, donde en esa época iban los adultos, y mira con timidez desde debajo de las mesas las piernas de las mujeres. Esa escena pertenece a cosas que se perdieron y que quise rescatar. Pero eso no es exactamente de mi memoria. Además, «el que percibe» no soy yo, puede ser el que lee, de acuerdo a cómo se sitúe.

P.: «El que percibe» tiene algo de cinematográfico, de cámara que va registrando sucesos. Y alrededor de ese hombre-cámara hay una danza de mujeres, y una mítica para el imaginario argentino del siglo pasado, «la francesa», que vive en el piso de abajo.

R.R.: Hay tres mujeres. Un número casi perfecto, ¿no? Ahora que Buenos Aires ha vuelto a estar lleno de francesas; la de mi historia se parece a Isabelle Adjani. Tenerla como antagonista me divertía. A «el que percibe» se le ocurre que si es francesa es inmanentemente culta, no necesita hacer ningún esfuerzo para serlo. El tipo se hace un verso previo, piensa que con ella va a tener una discusión sobre Proust, de Pascal. Y no van a hablar nada de eso. A ella Pascal no le importa ni remotamente. A él le apasiona, a ella no. Él se siente muy mal: ¡cómo si es francesa no respeta los logros de su país! Bueno, esos logros están muy apagados ya. No es el mismo país que fue. Los oropeles franceses están gastados. «El que percibe» discute consigo mismo todo el tiempo, es una víctima de su cabeza y de su soledad. Le escapa a Teresa, su ex, porque siempre existe la posibilidad de volverse a arreglar, y le tiene miedo a eso, tal vez porque la desea un poco. Además está Prune, la chica de la publicidad, que ni siquiera es atractiva, en el sentido de lindura, porque es anoréxica, pero ella es el mundo de hoy. La publicidad es, según dice el personaje, la estética boluda de la actualidad, y agrega: «y, ¡a las boludeces que nos lleva!». Para el protagonista esa chica es la posibilidad de una relación nueva, que nada importa pero él se luce. Comparada con las otras mujeres reales, es un juego, es la representación de una cierta modernidad, y nada más.

P.: ¿Por qué su personaje empieza a contar desde una azotea que le sirve de mirador?

R.R.: Eso tiene varios sentidos. Es el panóptico. Es desde donde puede observar las manifestaciones que pasan por la Avenida de Mayo sin que le afecte. Le gusta porque le permite salir a tomar aire. Son los techos de Buenos Aires, y él de chico andaba por los techos. Es una fuga hacia arriba dentro de la contención de la ciudad. Se libera en la azotea como se libera cuando va al restaurante chino, ambos para él son lugares fantásticos. La azotea es como otra geografía posible para la narrativa de mi ficción.

P.: ¿Qué siente que significa «La vida privada» respecto a su amplia obra anterior?

R.R.: Desde el punto de vista formal, es una búsqueda de otros enfoques, inclusive del lenguaje. Es la ruptura de la forma, en el sentido de no querer que sea una novela sino una serie de fragmentos narrativos enhebrados por una percepción. Hay de mi parte en «La vida privada» una admisión más decisiva del idioma argentino, del lenguaje de Buenos Aires. Por otra parte la problemática de «la apartitud» sigue siendo la misma. En mis libros siempre hay un apartado, a ese tema le soy fiel sin quererlo. Quisiera liberarme de eso, pero no puedo.

P.: Acaso lo consigue fusionando el mundo cotidiano actual con un mundo esperpéntico del pasado, grotesco.

R.R.: O, mejor, mirado grotescamente. Es que la memoria se resiste a admitir ese mundo como algo normal. Ahí están esos dos hermanos Zappa, la cara entalcada en las mejillas, las cejas marcadas con lápiz negro, vestidos con trajes cruzados de género claro a rayas oscuras allá se van juntitos con sus uñas largas a brillar en el Salón de Tango Amigo. Ellos son el desencadenante de un mundo que yo no quería perder. Echo una mirada sobre la realidad carnavalesca de esos tiempos en que se le tiraban baldazos de agua a las mujeres para que la ropa les quedara pegada al cuerpo, que era una forma agresiva de buscar la desnudez. Eso estuvo en nuestra cultura, en nuestra ciudad, y por ahí sigue estando en los nuevos arrabales. Sentí necesario recuperar todo ese grotesco carnaval.

P.: ¿A que género pertenece su novela? ¿Es una historia sentimental desde un despliegue reflexivo, donde la política no interviene más que como apenas un escenario lejano?

R.R.: «El que percibe» dice al respecto que no le interesa «esa cosa abrumadora de la fritanga argentina». «La vida privada» es un libro que pertenece al género novela, por más que diga que hay una intención de que no lo sea. Esto se nota en su final conclusivo, en el terminal: «así es», que supone recuperación y superación de la memoria. Ya no se acuerda de la cara de su novia de la adolescencia, la atorranta Dani La Rubia, ni de Blanquito, el homosexual del barrio, el que baila la rumba como los dioses en el Corso de Avenida de Mayo. Es como si al aceptarla, se le fuera volviendo borrosa esa comparsa de gente del pasado.

P.: ¿Ahora qué anda escribiendo?

R.R.: Estoy tentado de escribir algo como el «Cuarteto de Alejandría» pero más chico. Cuatro historias que las una un hilo, un eje. Vamos a ver si eso se mantiene, porque sigo muy pegado a este libro que terminé hace apenas unos meses atrás.

Entrevista de Máximo Soto

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