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El mito de Edipo en clave experimental
En «El recuento de los daños», la directora Inés de Oliveira Cézar vuelve a querer hacer reflexionar al espectador de un modo algo forzado y artificioso, logrando por momentos climas atractivos.
Inés de Oliveira Cézar hace lo que antes se llamaba cine de experimentación. Particularmente se dedica a la creación de climas extraños, a los modos de sugerir algo raro, la abstracción de imágenes, la desubicación en el tiempo, los gestos rituales, los fragmentos de diálogos sin hilación fácil, que permiten suponer, más que seguir deducciones, los fragmentos de dramas como cuadros misteriosos, nunca como relatos claros y terminantes. Y ver si con eso puede atrapar al espectador y hacerlo reflexionar. Lo logró muy bien en «Como pasan las horas» (coguionista, Daniel Veronese), emotivo registro de afectos familiares, y se entretuvo después demasiado en la aridez de «Extranjera», variante tan libre y vaga de un texto de Eurípides que éste nunca lo hubiera reconocido.
«El recuento de los daños» busca un tono intermedio, pero privilegiando siempre la experimentación. Al comienzo, realmente logra atrapar al espectador. Son destacables y dignos de revisión los primeros momentos, cuando vamos acompañando a alguien en auto por una autopista y alcanzamos a escuchar unas frases sueltas (pero claves) por la radio del vehículo, y luego en un desvío, ya noche cerrada, percibimos dos accidentes, uno de ellos tal vez fatal. O la escena en que una mujer de rostro antiguo, aindiado, olfatea el abrigo del joven al que pronto ha de verse repentinamente relacionada. O la otra en que la hija mayor parece sospechar algo, y el río se mueve como en remolino. La noche en la borda de una cubierta frente a las luces de una nave que pasa en sentido contrario. Y la síntesis con que se van mostrando de lejos, sin explicaciones, episodios fabriles como inicios de graves calamidades. O expresiones de enajenación, que anticipan la locura en el rostro de la mujer.
¿Qué significa todo esto? Acaso una ilustración en clave moderna del mito de Edipo, que mató involuntariamente a su padre, se unió a la reina del lugar sin saber que era su madre, y causó por ello mismo una serie de desgracias en el pueblo, en este caso en la fábrica de la que ella es dueña junto a su hermano astrólogo. El detalle es que ese joven advenedizo no ha resuelto ningún enigma (apenas dicho sin amenaza alguna desde un programa radial cualquiera), y, más aún, que nadie ha de hacerse totalmente cargo de sus actos.
Asunto para conversar, éste que vemos. ¿Qué pasó con el sentido de culpa y de castigo de los clásicos? Un flojo deus ex machina termina desplazando la crítica hacia otros que estuvieron antes. Forzado, el modo en que todo esto se deduce. Artificioso, lo poco que debería ser claro y terminante para el espectador. Pero atractivos los climas, los colores apagados, los encuadres deliberadamente desenfocados o partidos, los movimientos del agua en la noche, las notas de un piano cada tanto, los sonidos fabriles que obligan a suponer, más que a entender, y los espacios de hogar, intimidad y labor pintados como restos de otra época. A esto contribuyen Gerardo Silvatici, Martín Pavlovsky, Abel Tortorelli, Aili Chen, y la actriz Eva Bianco. A entender la historia deberá contribuir el espectador.
P.S.

