1 de julio 2011 - 00:00

“El precio” y los riesgos del tiempo

Antonio Grimau, Arturo Puig, Selva Alemán y Pepe Soriano, el cuarteto protagónico de la nueva versión de «El precio» de Arthur Miller.
Antonio Grimau, Arturo Puig, Selva Alemán y Pepe Soriano, el cuarteto protagónico de la nueva versión de «El precio» de Arthur Miller.
«El precio», de Arthur Miller. Dir.: H. Tritek. Int.: A. Puig, S. Alemán, P. Soriano, A. Grimau (Teatro Liceo).

En 1968, «El precio» cerró el ciclo más destacado en la producción teatral de Arthur Miller, cuya obra nunca alcanzaría en las décadas sucesivas la misma importancia que tuvo durante los años 50 y aun a fines de los 40, de cuando datan sus clásicos de repertorio «La muerte de un viajante», «Las brujas de Salem» o «Panorama desde el puente». Pero, justamente en su condición de cierre de ese período de esplendor, «El precio» ya comenzaba a mostrar algunos signos de envejecimiento, signos que hoy, a 43 años de su estreno, son inocultables.

La dramaturgia de Miller fue implacable fiscal de una etapa precisa de la historia norteamericana, y reflejó de forma transparente las transformaciones sociales, familiares, y hasta los traumas políticos vividos en aquel país, como el maccarthismo. Sin embargo, esa misma mirada no parece haber tenido la misma plasticidad para acompañar los cambios, no menos radicales, que se produjeron a partir de los 70.

En ese sentido, es imposible no percibir hoy la moral de «El precio» como sermoneadora y resignada, y su cuadro de valores un tanto equívoco: aquí se produce el enfrentamiento entre dos hermanos, Víctor (Arturo Puig), y Walter (Antonio Grimau); el primero, un quedado que no pudo romper con la sombra de su padre, el segundo un cirujano de éxito que se alejó de la familia sin poder terminar de armar una propia. El motivo que los reúne es la puesta en venta de los muebles y cachivaches de la casa familiar. Tercera en el juego es Esther (Selva Alemán), como la mujer de Víctor, y Solomon (Pepe Soriano) es el tasador que tiene a su cargo establecer ese «precio» impreciso que, además, servirá para regular las relaciones entre todos.

La pericia de Miller para plantear y desarrollar los resortes del drama está fuera de discusión. El marco escénico, al que Eugenio Zanetti le ha impreso deliberadamente un aroma a viejo y fantasmático, contribuye también con el sobrado oficio de los actores para dar cuenta de esta obra en la cual, como tantas otras en la escena contemporánea, se deshilachan las hebras de una familia «disfuncional» más (pese a que en los tiempos de su estreno no se empleara este adjetivo).

Pero lo que hoy realmente cuesta es considerar al sufrido Víctor, el que no se atrevió a dar el portazo y se dedicó a enmohecer en un trabajo rutinario, como el héroe de la obra, y mucho menos a la sufrida Esther, a quien no hay más que comparar con su lejana predecesora Nora, la de «Casa de muñecas». para verla como la imagen de una llamativa involución. En cambio Walter, investido como el réprobo, el hijo pródigo, parece el más redimible. Solomon (quizá debido a la siempre sobresaliente interpretación de Soriano) es como si estuviera en una obra aparte.

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