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El sainete recupera vigor en el Cervantes
Un buen elenco, liderado por un eficaz Claudio García Satur anima la atractiva versión de «El conventillo de la Paloma» dirigida por Santiago Doria que goza de un sorpresivo éxito en el Teatro Cervantes.
Que un sainete de 1929 se haya convertido en uno de los grandes éxitos teatrales de la temporada (desde octubre agota localidades en la Sala Mayor del Teatro Cervantes) es un grato indicio de que el humor popular no está reñido con el ingenio y la sutileza.
Por más que se trate de una ligera estampa de época, con su consabido desfile de malevos y percantas, de porteños en camiseta (y sin muchas ganas de trabajar) y de inmigrantes (turcos, italianos y españoles) que con sus limitaciones idiomáticas navegan entre la ridiculez y la más tierna inocencia, «El conventillo de la Paloma» es algo más que un simple divertimento con final a todo tango. Y ese plus tiene que ver con el puro juego teatral, presente en los diálogos rápidos e ingeniosos que intensifican la acción y en las torpes rivalidades de sus protagonistas que fracasan cómicamente cada vez que se entregan a la conquista amorosa o a algún improbable acto de valentía.
Como buena casa de alquiler para trabajadores modestos, este conventillo tiene la energía de un colmenar donde lo público y lo social se mezclan sin ningún control. Allí recala una mujer atractiva, con un pasado misterioso, que pronto se convierte en objetivo de conquista, tanto para el encargado del lugar (un «tano» simpatiquísimo al que Claudio García Satur le da un particular relieve humano) como para sus pintorescos huéspedes, entre quienes se destacan el gallego José (Arturo Bonín), el turco Abrahan (Norberto Díaz), el lunfardero «Seriola» (Daniel Miglioranza). Pero, a Paloma también le arrastran el ala otros varones muy serios (un guapo que simula despreciarla y un matón muy peligroso). Este marcado contraste entre figuras bufas y guapos de distinta calaña contribuye a realzar el dinamismo de la pieza, sin que los pasos de comedia empañen su intriga ni su conflicto dramático.
Los personajes femeninos también presentan algún que otro rasgo de comicidad. A excepción de Paloma (Ana María Cores) un rol que es todo elegancia, femineidad y contención, dado que su función principal dentro de la obra es la de movilizar los deseos, fantasías y aspiraciones del resto.
Ingrid Pelicori (Mariquiña), Irene Almas (Doce Pesos) y Rita Terranova (la turca Sofía) componen a un gracioso grupete de matronas dispuestas a dar escarmiento a sus enamoradizos maridos. Tanto ellas como el resto del elenco se expresan con todo el cuerpo colmando sus gestos y movimientos de gran elocuencia (hay que verlas bailando tango con aportes de distintas herencias folklóricas).
«El conventillo de la Paloma» cuenta con una importante producción: óptimo nivel de vestuario y escenografía y un elenco homogéneo de actores muy experimentados dirigidos por Santiago Doria, quien además de ser un gran conocedor del sainete, supo transmitirle al público su propio entusiasmo por el género. Su puesta brilla en las travesuras lingüísticas que comparten porteños e inmigrantes y en las desopilantes ocurrencias de Conejo (Alfredo Castellani) inventor de una graciosa jerga en donde los apellidos funcionan como verbos y/o sustantivos.


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