El sector supera sus divisiones y trabaja por la recuperación

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Un viejo refrán chino dice «líbrame de vivir tiempos interesantes». Ésta parece ser la posición de muchos de los principales empresarios argentinos, ante un año que se avecina indudablemente «interesante». Será uno en el que ya no habrá un Gobierno en condiciones de ejercer un poder casi omnímodo, lo que a su vez podría traducirse en la apertura de nuevos negocios que hasta ahora parecían reservados para los empresarios más cercanos a la actual administración. Será también un año en el que muchas empresas soportarán el embate de un nuevo sindicalismo de izquierda, algo impensable hasta hace algunos años, a caballo de la caída en el prestigio y el poder del gremialismo peronista histórico, arrastrado por la doble pinza del escándalo de las obras sociales y el desplome en la popularidad de un Gobierno al que están atados.

Este año se cierra con una hasta hace pocas semanas casi impensable unión entre el campo y la industria. El divorcio venía desde los días en que la Mesa de Enlace peleó casi en soledad contra la Resolución 125, y nunca le perdonó a la Unión Industrial Argentina (UIA) no haberla apoyado en esa cruzada.

Los tiempos cambiaron de manera radical: el adversario (Néstor Kirchner y su reducidísimo círculo íntimo) sigue siendo un enemigo para el campo y una enorme duda para la industria (en el mejor de los casos), y ambos sectores parecen haber llegado a la conclusión de que no será posible enfrentarlos aisladamente.

La relación entre la industria y el campo comenzó a dar un giro copernicano cuando la conducción de la UIA pasó del metalúrgico Juan Carlos Lascurain al plástico Héctor Méndez. Este dirigente -que ya había presidido la central fabril tres años antes- arrancó su gestión diciendo que «sin el campo no voy ni a la esquina».

En sentido inverso, Lascurain -que había llegado a la presidencia con el explícito apoyo del Grupo Techint- extremó su acercamiento al Gobierno aun durante los días en que sus principales patrocinadores sufrían la expropiación de todos sus activos en Venezuela, ante la pasividad (cuando no la aquiescencia) de los Kirchner. Méndez -a quien apoya Ledesma, la otra gran fuerza detrás de la UIA- se esforzó desde el primer día de tomar distancia de la gestión de Lascurain, quien en plenos cortes de energía a la industria llegó a afirmar que no existía crisis energética alguna.

Ledesma, cabe recordarlo, es un complejo agroindustrial, uno de los pocos grandes grupos empresarios nacionales con intereses tanto en la explotación rural (caña de azúcar, cítricos, ganado, etc.) como en la elaboración (papel, azúcar, ahora biocombustibles). De ahí que este cambio de postura de la UIA fuera previsible, no sólo por la innegable desconfianza y hasta el rechazo que provoca el gobierno hoy entre su base de afiliados.

A pesar de todo, costó acercar a las partes y en el último coloquio de IDEA Hugo Biolcati -presidente de la SRA- siguió pasándole la factura a la industria por su falta de apoyo en los duros tiempos de la batalla en el Congreso y los cortes de ruta. Ahora esa situación cambió: de hecho, la posibilidad de que la Federación Agraria y CARBAP se sumen al Grupo de los Siete (que integra las UIA, los banqueros de ADEBA, la Bolsa porteña, las cámaras de la Construcción y de Comercio, CRA y la Sociedad Rural) era a la hora del cierre de este anuario casi una certeza, lo que reforzaría el rol de este agrupamiento y la unidad campo-industria.

Ante esta unión, el Gobierno de los Kirchner buscó por todos los medios fracturar el frente empresarial; primero desde adentro de las entidades, y después (al no tener éxito esa estrategia) obteniendo el apoyo de cámaras como la CAME o la CGERA, que le disputan la representatividad de las pymes a la UIA. El año que comienza se verá si tuvieron éxito.

Por ahora, los empresarios «no K» ponen todas sus esperanzas a que el nuevo Congreso, que asumió el 10 de diciembre, morigere los peores aspectos de la administración Kirchner. Después de todo, a los industriales y también al campo hacía décadas que no les había ido tan bien como desde que Néstor Kirchner decidió substituir importaciones, mantener alto el tipo de cambio y poner barreras paraarancelarias para una galaxia de productos que ya no pudieron ser importados. La última (al menos hasta ahora) de esas medidas fue la norma que prácticamente obliga a las empresas ensambladoras de productos electrónicos a radicarse en Tierra del Fuego, una ley hecha casi a medida para un puñado de industriales, pero que provocó la ira de un número mayor de empresarios del rubro. Preocupa a los empresarios el crecimiento de «colegas» que son «amigos» del Gobierno, y que han arrasado con licitaciones y negocios conectados con el Estado. Y si bien todavía no se animan a expresarlo en voz alta, los niveles de corrupción que campearían en algunas áreas oficiales (muchas de ellas investigadas ya por la Justicia) los preocupan. También la falta de respuesta del Estado ante el feroz crecimiento de la violencia delincuencial, y el desplome de la calidad de la educación argentina, ejemplar hasta hace no muchos años. Otros temas que los desvelan, y que seguirán igual el año próximo (si no empeoran) son la industria del juicio -que floreció a partir de dos fallos de la Corte Suprema, que prácticamente dejaron sin efecto el régimen de las ART- y la creciente presencia de corrientes «salvajes» (léase de extrema izquierda) en sus comisiones internas, que desplazan a los gremialistas tradicionales y peronistas con los que los empresarios estaban habituados a negociar.

Entre los ejecutivos se cree que la caída en la popularidad del elenco gobernante está arrastrando consigo a los sindicalistas más afines a los K, lo que abre la puerta al ingreso de estos grupos que en procesos electorales no llegan a acumular el 0,5% de los votos, pero que en los cuerpos de delegados son cada vez más votados por las bases.

Lo «interesante» del año que se avecina incluye la recuperación de una de las industrias locomotora: la automotriz, que arrastra consigo a sectores estratégicos como la siderurgia y el plástico. La noticia es buena a medias: casi toda la suba en unidades producidas tiene como destino el mercado brasileño, que no da abasto con sus plantas locales para satisfacer la explosión de demanda interna.

A pesar de que las empresas argentinas sufrieron el cimbronazo de la crisis internacional, es un hecho que el cuasiaislamiento al que se autosometió el país tuvo el efecto benéfico de que los mismos fueran menos graves. Ahora que el mundo parece estar saliendo de la crisis, ese aislamiento volverá a ser un problema.

Finalmente, los empresarios aspiran a que el país arregle sus asuntos pendientes con el Club de París; eso implicaría poder volver a los mercados financieros internacionales y tomar créditos a tasas algo más razonables de las que se pagarían hoy si alguien se animara a endeudarse. Las cifras que entrega la UIA mes a mes recuerdan que se desplomó sin pausa y desde hace 15 meses la inversión en bienes de capital. Se trata de máquinas nuevas que reemplazarían a las vetustas o que incrementarían la capacidad instalada de las fábricas argentinas. Por ahora, no parece que esta tendencia vaya a revertirse, a pesar (o a favor) de lo «interesante» que será 2010.

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