El silencio soviético no oculta la ausencia de un plan B

Edición Impresa

La lucha de Hugo Chávez contra el cáncer altera dramáticamente los términos de la puja política en Venezuela. La posibilidad de que esa prioridad lleve al presidente a resignar su hasta ahora voraz ambición electoral obliga a su movimiento a tramar, de urgencia, un plan B que podría resumirse en la fórmula de un «chavismo sin Chávez». A su vez, fuerza también a la oposición a imaginarse, por primera vez en mucho tiempo, como una alternativa real de poder, algo incompatible con sus torpezas, reyertas internas y apuestas suicidas habituales.

El intento del Gobierno de imponer un secreto casi soviético sobre el estado de salud del mandatario chocó contra un sistema informativo que, aunque magullado, mantiene canales independientes. Así, las especulaciones fueron inevitables y se alimentaron justamente de ese misterio. Las elecciones presidenciales están a la vuelta de la esquina: noviembre del año próximo. ¿Qué puede deparar el futuro inmediato?

«El chavismo está tratando de conjurar los impactos negativos del anuncio de la enfermedad del presidente. Eso abrió muchas dudas, tanto en la base, que no sabe cómo será el futuro, como en la dirigencia, donde se estimula la lucha del poder», dice a Ámbito Financiero desde Caracas Luis Vicente León, director de la consultora y encuestadora Datanálisis, la más importante de Venezuela. Ésa es la clave, agrega, para entender por qué el vicepresidente Elías Jaua lanzó el domingo -de manera sorprendente dada la emergencia- la candidatura del «comandante» a la reelección en 2012 y por qué este mismo apuró para ayer su regreso al país.

«Para el Gobierno es clave que Chávez vuelva y demuestre que conserva las riendas del poder. De eso depende que pueda mantener motivados a sus cuadros y, del otro lado de la pirámide, que logre evitar conflictos de poder internos que puedan afectar la revolución», añade.

Es de desear, claro, que Chávez supere el trance, algo que en la práctica política le permitiría reforzar su faceta mística y recuperar aceleradamente algunas de las simpatías que fue dejando en el camino en paralelo al empinamiento de los problemas de la economía, de la inseguridad y de su radicalización. Sin embargo, pese a los mencionados gestos de fuerza, nadie, ni siquiera los más incondicionales, puede hoy asegurar que el bolivariano seguirá siendo la carta ganadora del Partido Socialista Unido.

Si se impone una sucesión política, explica León, ésta «se dará como Chávez quiere y no cómo lo digan las luchas internas. Entonces, el presidente congela el juego, se hace presente y dice que seguirá al frente. Y si tiene problemas para sostener esas ideas, tratará la sucesión en secreto y luego la anunciará personalmente».

Esto lleva a interrogarse cuáles son las figuras de recambio. «Hay dos lagos diferentes. En el primero están los dirigentes más populares, más conocidos y preferidos por los chavistas en las encuestas», señala el director de Datanálisis. «No son muchos, porque la figura de Chávez opaca cualquier liderazgo alternativo, pero se puede mencionar a Diosdado Cabello. Hoy está algo separado del núcleo radical, pero es el hombre más conocido y popular dentro del movimiento. Luego aparecen el actual vicepresidente, Elías Jaua, el canciller Nicolás Maduro y Aristóbulo Istúriz, exalcalde de Caracas y exministro de Educación», suma.

Cabello, de 48 años y primer nombre en cualquier especulación, era vicepresidente cuando se produjo el golpe de Estado de 2002, un episodio crucial para comprender la radicalización que el movimiento registró desde entonces. En la emergencia asumió desde una cuasi clandestinidad lo que quedaba del Gobierno y ordenó que un comando de élite leal rescatara al mandatario preso en una base militar. Fue premiado con varias carteras ministeriales a lo largo de los años y hoy es diputado.

Jaua, en tanto, de 42 años y otro hombre a observar con atención, fue quien lanzó el domingo la candidatura de Chávez a la reelección, exhibiéndose como un incondicional y eludiendo cualquier acusación de buscar un juego propio. Sociólogo y varias veces ministro, ha sido uno de los apoyos intelectuales del régimen.

Otras consultas realizadas en Caracas para este artículo nota indicaron también al general Henry Rangel Silva, jefe del Comando Estratégico Operacional y hombre capaz de asegurar el dominio de la tropa, que incluye a las milicias bolivarianas, un cuerpo cuestionado por responder al régimen y no al Estado.

Luego, se menciona a Rafael Ramírez, un hombre cuyo poder se resume en los cargos que ocupa: ministro de Energía y Petróleo y titular de PDVSA. Más atrás, por último, aparecen dos mujeres: Cilia Flores, una leal a ultranza y actual jefa de la bancada oficialista en la Asamblea Nacional; y María Gabriela Chávez, hija del mandatario, primera dama en funciones y personaje influyente del entorno presidencial.

Según Luis Vicente León, las posibilidades no se agotan allí. «Hay un segundo lago, en el que Chávez preferiría pescar. Son líderes menos conocidos, pero de total confianza. Entre ellos se destaca su hermano Adán, que no tiene mucho carisma y es muy radical, pero es alguien cercano e incondicional», puntualiza.

Nadie puede dudar de que Adán, gobernador del estado Barinas, es verdaderamente un duro. «La revolución nació en época bicentenaria, lo hizo por la vía electoral y queremos seguir por ahí, por una vía pacífica que permita construir el socialismo bolivariano. Pero, conscientes de los peligros que nos acechan y de que el enemigo no descansa, no podemos olvidar como auténticos revolucionarios otros métodos de lucha», dijo a fines de junio. «Sería imperdonable limitarse tan sólo a lo electoral y no ver los otros métodos de lucha, incluso la lucha armada para obtener el poder, que es el instrumento indispensable para aplicar y desarrollar el programa revolucionario», remató.

Sin embargo, esta alternativa, equiparable al enroque de Fidel Castro (el mentor del bolivariano) por Raúl en Cuba, excluiría la opción de que Chávez haga uso por última vez de su carisma, gane la reelección y luego delegue el mando en su vicepresidente. En Venezuela, el número dos del Poder Ejecutivo no es elegido en la fórmula que se presenta a los comicios, sino que es designado por el primer mandatario después de su realización. El problema es que el artículo 238 de la Constitución establece que el vicepresidente «no podrá tener ningún parentesco de consanguinidad ni de afinidad» con el presidente. Un cambio constitucional se haría muy cuesta arriba, tal como lo demostró la derrota oficialista en el referendo de 2007. Y lo sería mucho más en esta circunstancia, con plazos perentorios y una emergencia política palpable.

En caso de concretarse la perspectiva de un «chavismo sin Chávez», ¿cómo evolucionaría el movimiento? Para León, buscará institucionalizarse, derivar en una suerte de peronismo a la venezolana. «Intentarán desesperadamente salir de la relación personalista Chávez-masa para pasar a una institucionalización simbólica del tipo chavismo-masa. Chávez quedaría como un símbolo, un portaaviones para el movimiento, jugaría más allá de su presencia física», pondera.

El director de Datanálisis completa con los datos de su última encuesta. En mayo, antes de este sobresalto, la intención de voto para Chávez y para un eventual candidato opositor «se encontraba en un empate técnico: un 49% a favor del Gobierno y un 46% en contra». Así, si ya antes de la enfermedad el panorama político lucía inéditamente abierto por una combinación de crisis económica, elevada inflación, desabastecimiento de productos de primera necesidad y polémica por el rumbo radicalizado del régimen, ¿qué puede ocurrir ahora, con un Chávez debilitado o con él directamente volcado a pelear por su vida?

La Historia, tantas veces traviesa, acaba de sorprendernos con uno de sus conejos.

Dejá tu comentario