4 de diciembre 2013 - 00:00

“El vehículo de la curiosidad estética es la emoción”

Andrés Neuman: “El cuento breve me parece la forma más natural de tratar de escribir poesía y narrativa al mismo tiempo”.
Andrés Neuman: “El cuento breve me parece la forma más natural de tratar de escribir poesía y narrativa al mismo tiempo”.
"El vehículo de todas las curiosidades estéticas tiene que ser la emoción, por lo menos esa es la razón que a mí me lleva a hacer cuentos con un cierto extremismo emocional, a hacer piezas que apelan a algún tipo de emoción extrema, a la comicidad, a lo terrible o a lo tragicómico", señala el argentino Andrés Neuman, que desde hace años está radicado en España.

Neuman, internacionalmente conocido por sus novelas "Bariloche", "La vida de las ventanas", y la consagratoria "El viajero del siglo" volvió por Buenos Aires para presentar el libro de cuentos, microensayos y aforismos "Hacerse el muerto", que publicó Páginas de Espuma, editorial española especializada en textos breves, que ahora ha comenzado a editar en nuestro país. En su breve visita a la Argentina dialogamos con él.

Periodista: Arlt, Borges, Bioy, Cortázar, ¿escribir cuento es una forma de instalarse en una tradición literaria argentina?

Andrés Neuman: Es una tradición en la que me inicié como lector cuando empecé a fantasear con escribir. No diría que la narrativa breve es patrimonio de lo rioplatense, pero sí que lo rioplatense es sensible a cierta narrativa breve. En mi caso, es algo que he venido haciendo siempre. Llevo escritos cuatro libros de cuentos de los que hasta ahora sólo se podía encontrar uno en la Argentina, "El último minuto", y ahora aparece. Después estan "El que espera" y "Alumbramiento", que se publicaron hace tiempo. Escribir cuentos es una reincidencia poesía y la novela. Al menos es el tipo de cuento que me produce más placer leer y escribir, que es el cuento breve. Porque hay otra tradición del cuento que linda con la nouvelle que me parece un género admirable, pero inalcanzable para mí porque cuando una narración me pasa de 30 páginas automáticamente empiezo a pensarla como novela, la ramifico, surgen más voces, no soy capaz de mantenerme dentro de los márgenes de la brevedad. Hay escritores que son excelentes en eso, pero no es mi temperamento narrativo. Cuando me limito a unas pocas páginas, se opera en mí una especie de curiosidad poética hacia la prosa, y una especie de lirismo que deriva en una misión narrativa, o una misión narrativa que deriva en lirismo, y entonces el narrador que soy, y el poeta que de vez en cuando me gusta tratar de ser, se ponen de acuerdo, trabajan con tensión o establecen un conflicto que me produce mucho placer. El cuento breve me parece la forma más natural de tratar de escribir poesía y narrativa al mismo tiempo.

P.: En "Hacerse el muerto" va del cuento breve, el aforismo al microensayo.

A.N.:
Es un libro de cuentos y formas breves. A esta altura hacer una defensa ortodoxa del cuento aparta poco. En un momento de cierta hibridación, de volubilidad en el concepto de género, me parece interesante, en lugar de volverse proppiano y atribuirle al cuento una forma muy determinada, es ver todo lo que se puede hacer en términos de estilo, de forma, con el molde breve. Tengo cierta voluntad de experimentación, y esto lo digo con cierto temor porque si significa curiosidad sin fin hacia el lenguaje, desprejuicio, cierto extravío, me encanta; pero si quiere decir que la emoción no te importa nada porque estás muy ocupado haciendo vanguardia, entonces no quise decir eso. Me parece que el vehículo de todas las curiosidades estéticas tiene que ser la emoción, por lo menos es la razón por la que a mí me lleva a hacer cuentos con un cierto extremismo emocional, piezas que apelan a algún tipo de emoción extrema, a la comicidad, a lo terrible o a lo tragicómico.

P.: En un momento dice en su libro que los cuentos parecieron tener dos posibilidades, ser como lo de Poe o ser como los de Chejov.

A.N.:
Por eso no me parece fértil exigirle al cuento sea chejoviano o sea poeiano, son dos maneras muy clásicas, muy canónicas, muy hermosas, de entender el cuento. Sus finales son el remate fuerte o la forma abierta, el desarrollo dramático o la elipsis muy silenciosa, la tentación fantástica o la mirada intimista. Son dos modelos opuestos, y a la vez complementarios, pero que han esclavizado nuestra idea del cuento. De lo que no tienen culpa ninguno de esos dos genios. Pero si una teorización que pareciera que no se puede salir de esos dos modelos y sus derivaciones, ya sea Cortázar o Carver, porque de ahí sale el tronco de muchos cuentos a lo largo de la historia y lo que a mí me parece más preocupante, dos maneras despóticas de entender el cuento. Esas dos tradiciones pueden seguir dando grandes cuentos, pero qué interesante es todo lo que no es eso, que interesante es Juan José Arreola, Felisberto Hernández o Lorrie Moore, por dar tres casos.

P.: ¿El cuento es, como la poesía, la cenicienta de las editoriales?

A.N.: Es curiosa la condición de cenicienta de un género que tanta gran literatura ha dado. Si pensamos en Chejov, Borges, Carver, Cheever, Flannery O'Connor, Cortázar, por mencionar a autores que no escribieron novelas o escribieron novelas que pasaron a un segundo plano frente a sus cuentos, Cenicienta un carajo. El cuento, al que lo asumen las grandes editoriales como un género de no mercado a semejanza de la poesía, no tiene los mecanismos de difusión, de autodefensa que tiene la poesía, que es como la Galia de la literatura, es chiquitita pero irreductible, tiene un cultivo teórico muy fuerte por sus propios autores, cátedras, crítica especializada, fanatismos que son necesarios para la sobrevivencia de la poesía. El ser la cenicienta de los catálogos de las editoriales ha derivado en que no haya un fanatismo de especialistas como en la poesía. Esa cualidad fronteriza tan atractiva desde el punto de vista de lo estético, genera un cierto desamparo, una cierta intemperie, a nivel práctico editorial. Al mismo tiempo sigue habiendo grandísimos cuentistas en todo el mundo que vuelve absurda toda esta reflexión.

P.: Más cuando una cuentistas gana el Premio Nobel 2013.

A.N.:
El Nobel está lejos de las trincheras de la edición y la lectura. Cuando se llega a la lista de la Academia Sueca ya se tiene editores, lectores y esta traducido en todas partes. Alice Munro era una figura mundial antes de que le dieran el Nobel. El problema del cuento está en el tejido de las editoriales, en la estructura de los suplementos, en la opinión pública, en la pedagogía de la literatura en las escuelas. Tiene que ver con eso más que con las altas instancias institucionales. El Nobel permitió que en los medios, las cátedras y las editoriales se preguntaran si no hacía mucho tiempo que no le daban pelota al cuento. El Nobel no modifica las estructuras de lectura, es un ámbito de legitimación donde no hay candidato que no esté legitimado de entrada. Aunque me alegró mucho que se lo dieran a Alice Munro, lo cierto es que en mi corazoncito yo tenía preferencia por otra mujer canadiense de su generación, Margaret Atwood, que por lo criterios absurdos de cuotas simbólicas, dado que lo ganó Alice Munro, nunca lo ganará otra mujer canadiense de la misma generación. Me alegré por Munro y me apené por Atwood, que no sólo es una excelente cuentista, una novelista bárbara, una ensayista extraordinaria, y dicen, no lo he comprobado, una mujer insoportable, pero si es inteligente y talentosa. Bienvenida esa insoportabilidad, en la que se instalará definitivamente después del premio a Alice Munro.

P.: Después del éxito internacional de su premiada novela "El viajero del siglo" las editoriales deben de estar reclamándole la próxima, y usted saca un libro de cuentos.

A.N.:
Mi pulsión de escritura nunca pasó por ahí. Nunca escribí por esa razón porque creo que corre peligro tu relación con la vocación literaria. Sigo pensando como un amateur total. Uno tiene una idea, tiene una curiosidad y tiene que ir hasta el final de esa curiosidad, y puede llevarte cinco años y llamarse cuento y está bien. Cuando se sorprenden de que siga escribiendo también cuento y poesía, me sorprendo de que se sorprendan, porque no hago más que seguir haciendo lo que hacía. Me parecería preocupante que me especializara, dado que he sido siempre un disperso y un curioso más que un especialista, soy alguien que tiene muchas curiosidades de escritura más que la certeza de un género o de una forma. Me preocuparía el día que no comenzara a mirar a los costados y tomara la literatura como una diana indiscutible. La mía es no saber en qué país estoy ni cuál que género pertenece, ese nomadismo medio colgado se parece a mi temperamento.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

A.N.:
Además de, desde dos años, estar tomando notas para una futura novela, estoy escribiendo otro libro de prosas breves, y tengo algunos poemas también. Voy saltando de uno a otro. Me produce una sensación de frescura no saber muy bien cuál es el siguiente libro. Cambiar de género me provoca el entusiasmo de la sensación de aprendizaje permanente o de ignorancia permanente, la duda de cómo escribir. Si hiciera sólo novelas policiales sería muy difícil no caer en la ideología carpintero. Un carpintero sabe, y probablemente tiene razón, que si se hacen cien sillas la última será más fácil de hacer que la primera. El arte es artesanía pero no sólo. No estoy en contra de la artesanía del arte, pero el arte es más complicado y contradictorio que la artesanía. La centésima silla al carpintero le será más fácil pero, ¿estamos seguros de que su décimo quinto cuento le resultó a Borges más fácil? Creo que no, que le resultó distinto. El "más fácil" me parece el fin de la literatura. Por eso el pasar de un novela larga como "El viajero del siglo" a un microrrelato y luego a un poema me saca violentamente de un problema lingüístico y me arroja en otro, tan bruscamente distinto que no me sirve mi experiencia anterior, tengo que volver a replantearme desde cero el texto. Me siento cómodo en esa incomodidad de tener que volver a empezar.

Entrevista de Máximo Soto