Un Luna Park bastante poblado para la crisis (y mal calefaccionado para una noche tan fría) volvió a mostrar el martes el curioso fenómeno de la gran Cesária Évora. El público, de toda edad, soportó con estoicismo, y respeto encomiable, la media hora de «candombe rock» del no menos curioso grupo porteño elegido como telonero para la ocasión.
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Lo que sí, ni la música, capaz que pegadiza en otro sitio y circunstancia, ni las frecuentes invitaciones a «mover los pies» del líder de ese grupo, lograron que a alguien se le mueva un pelo. Todo lo contrario de lo que pasó después, no bien entraron a escena los ocho fantásticos músicos de la cantante, ya que antes incluso de que empezaran a tocar, había algunos moviendo todo el cuerpo. Ni hablar del mágico instante en que todo el mundo se paró en un solo gesto colectivo mientras ella avanzaba, lenta, pesadamente como de costumbre, hasta el frente del escenario para plantarse ahí por lo menos por doce, hermosas, electrizantes canciones, que la gente adoró, ovacionó y bailó a su debido tiempo.
Ella no habla, no baila, no hace chistes, ni nada, es cierto. Eso no impide que en sus shows se produzca el rito teatral imprescindible. Para eso está el muy buen diseño de luces, los medidamente graciosos pasitos simétricos de los intérpretes de violín y saxos en los temas más movidos. Y también para eso está ese delicioso momento, justo en la mitad del recital, en que ella anuncia que va a descansar un poco y se sienta y enciende un cigarrillo y se pone a escuchar a sus músicos. Tranquilamente.
Después se para, canta las canciones que faltan y se va. El público grita y patalea, como corresponde. Entonces ella vuelve, canta «Bésame mucho» y una canción «para bailar» (los otros). Cuando termina, se queda un rato mirando al público y vuelve a irse. Tranquila, teatralmente.
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