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“En Colombia hay una legión de voces más que García Márquez”
Acostumbrada a ganar premios con cada novela que publica, Ángela Becerra dice que el de «Ella, que todo lo tuvo» (Premio Iberoamericano Planeta-Casa de América de Narrativa) «es el único que busqué en un concurso».
A.B.: La literatura te regala muchas vidas. La posibilidad de ponerte en la piel de un hombre de 80 años, de un chico de 13, de una niña de 6, ésa es la maravilla de la literatura. Yo tuve siempre fascinación por Florencia, de jovencita tenía el sueño de ir allí a estudiar arte, pero venía de una familia pobre que no podía darme lo que pedía. Cuando era chica, un día le llegó a mi hermano una carta de un amigo contándole la inundación que había habido en Florencia, los tesoros que se habían perdido. Al comenzar esta novela, en que iba a hablar sobre la pérdida, esos recuerdos me regresaron. Mi personaje, Ella Bonaventura, iba a ser una escritora, a estar relacionada con la palabra, y en aquel desborde del río se habían perdido códice, libros, palabras. Hay algo que he aprendido y es que hay que dejar que la novela respire. Ese ente que has creado a medida que va creciendo te va hablando. Tienes que dejar que se mueva. Hay un momento en que todo encaja: lo que tu quieres hacer, y lo que eso que has ido creando te empieza a dar.
P.: ¿Cómo surge el personaje de «Ella»?
A.B.: El escritor es un cazador de historias, siempre está viendo qué pesca al observar el mundo. Había ido a Florencia, estaba en un bar y entró una mujer, recargada, con abrigo de piel, sombrero de plumas, buscadamente llamativa. Se acerca a la barra y el mesero le pone de inmediato un dry martini. Tiene la cara gastada, golpeada, triste. Yo quería que le pasara algo y le imprimí lo que necesitaba para darle vida a una historia. Empecé a fabular que había tenido una pérdida terrible. De pronto, miro en derredor y toda es gente sola, que sólo tiene delante un trago. Me dije: aquí hay una historia de soledad brutal. Así nació la novela, pero podría haber nacido en cualquier otro lado porque yo quería escribir sobre la soledad.
P.: ¿Quería hacer una novela sentimental?
A.B.: Quería hacer una novela psicológica, lo tenía clarísimo. Una novela que se metiera en la psiquis de esa mujer, que se adentrada en su mapa lleno de recovecos y que ése fuera el centro neurálgico de la historia. El reto estaba en que, siendo una novela reflexiva, tuviera un nervio que la convirtiera en algo de acción, y que no se pudiera dejarla hasta el final.
P.: ¿Por eso comienza con el accidente en que mueren su marido y su hija?
A.B.: En todo escritor hay un lector que le dice: ¿eso a quién le interesa? ¿Y eso quién se lo cree?, cosas así. A mí si un libro no me agarra de entrada, me pierde. Y las dos primeras páginas son vitales, y el final también. Yo no puedo arrancar una novela si no ée adónde voy, en el medio me da igual, que respire. Quería que mi personaje tuviera mi mismo oficio, que fuera escritora. Eso me permitía estar dentro y fuera de ella. Podía trasladarle mis miedos, los de todo escritor, de si iba a poder seguir escribiendo o si ésa sería mi última novela. Sabía que me iba a implicar emocionalmente, pero que eso también le haría ofrecerme su verdad. Si iba a hablar de la soledad más intensa, y las grandes soledades salen de grandes pérdidas. Y ésa era una manera potente de abordar la vida de esa mujer. Hay dos cosas que siempre están fluctuando en la literatura, moviendo los hilos: el amor y la muerte.
P.: ¿Es verdad que practica, frente al «realismo mágico», el «idealismo mágico»?
A.B.: Eso dijeron de mi primera novela, «De los amores negados». Empecé a preguntarme: ¿qué es eso? ¿qué ven allí? Y así, investigando, llegué a Novalis, que fue el primero en plantearlo. Pero yo nada sabía de eso, yo escribo como me nace. Si la literatura tiene algo grandioso para el autor es la posibilidad de dejarlo libre. Una constante en mi escritura es remarcar las emociones de los personajes de modo que el escenario sufra alguna conmoción, algún cambio. En «Ella, que todo lo tuvo», toda Florencia está sometida a mis personajes, deja de tener estaciones y se queda en una lluvia perenne, en un tiempo desapacible. Si ese hombre frío camina dejando escarchas es para confirmar su soledad. Si hay pájaros que con sus jaulas abiertas no salen, es porque los símbolos toman una misma dirección metafórica.
P.: ¿Por qué enlaza el recuperar la palabra de su protagonista con recuperar libros antiguos destruidos por la inundación?
A.B.: Un escritor ama los libros porque sabe que en ellos está vivo, como lo están los autores que admira y que lo impulsaron a escribir. Cuando un lector abre un libro da vida a su autor, le dice ahora te voy a despertar para que me cuentes lo tuyo. Dado que amo los libros, quería que en mi novela estuviera la recuperación de libros que parecen destruidos, y que son como la recuperación de Ella después de su tragedia.
P.: En su novela hay citas de escritores y, entre ellos, hay varios argentinos.
A.B.: Está el medio argentino Antonio Porchia, y grandes argentinos como Juarroz, Pizarnik y Cortázar. Si bien están Dante, Flaubert o Pessoa, no faltan los que como sudamericana me llegan más. Tenía ganas de hacerle un homenaje a esos seres que nos han dejado palabras maravillosas. Además me servían para enlazar a mis dos personajes: Ella, que se escuda en la palabra escrita, y él, el librero, que se esconde tras las palabras de otros como defendiendo su soledad, para no tener que enfrentarse a la vida, para no tener que conectarse con nadie. Es como si hubieran encontrado que hay otros que han dicho lo que ellos, entonces, no necesitan decir.
P.: ¿Usted ha hecho shows eróticos como su escritora?
A.B.: No, pero me pareció interesante una escritora que en vez de escribir su personaje decide actuarlo. En el teatro se elige perder la identidad para dar verdad a un texto. Cuando Ella se pone desnuda con una máscara con una lágrima, siendo una mujer que nunca ha podido llorar, para ir a escuchar el lamento de hombres que van a contarle sus miserias, es un encuentro donde el más vestido es el que más se desnuda, porque desnuda su alma, por mas que interpongan máscaras. Todo ese momento tiene varias lecturas. Me divierte que esos hombres vayan comentando cosas que no han hecho con ella como si lo hubieran hecho.
P.: ¿Por qué la literatura colombiana, más allá de García Márquez, se ha destacado tanto en los últimos tiempos?
A.B.: Los latinoamericanos tenemos algo fantástico: no nos da miedo el verbo, el adjetivo, el sustantivo. Aquí el español mantiene su riqueza. Sabemos crear atmósferas. Somos hechiceros que encantamos con nuestros relatos. Eso es el palabrero, el que con la palabra embauca y lleva a otros universos. Esa virtud no es sólo colombiana. García Márquez es una catedral, pero antes estuvo Tomás Carrasquilla, que es otra catedral. Y después de Gabo hay una legión, una multiplicidad de voces, y cada una con su verdad. Está Ospina que es una maravilla, Laura Restrepo, Jorge Franco, Héctor Abad, Santiago Gamboa, cada uno tiene su voz. Hay un abanico. Yo soy la optimista del conjunto, la que cree en el futuro del país bellísimo que tengo por cuna.
Entrevista de Máximo Soto


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