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“En Nueva York confluye todo el jazz del mundo”
Claudio Roditi, sobresaliente trompetista brasileño radicado hace cuatro décadas en EE.UU., actuó en el Festival de Punta del Este.
Como ya ocurrió otras veces, Roditi volvió a ser este año uno de los protagonistas del Festival internacional de jazz de Punta del Este. Estuvo al frente de su propio grupo en la noche del viernes junto a Darío Galante en piano, Sergio Barrozo en bajo y Kleberson Caetano en batería, y volvió a tener un lugar destacado en la jornada de cierre en la cumbre de trompetistas que compartió con el norteamericano Jeremy Pelt y el argentino Diego Urcola. Dialogamos con él.
Periodista: ¿Qué ha ganado y qué ha perdido viviendo desde hace tanto tiempo en los Estados Unidos?
Claudio Roditi: Yo terminé instalándome allí porque siendo todavía joven notaba, cada vez que viajaba a mi país por motivos familiares cuando mi madre aún vivía, que en Brasil no había una tradición seria en un terreno que habitualmente se llama jazz y que yo prefiero llamar «música creativa». En Norteamérica sí encontré ese ambiente. Y, a la vez, tampoco tenía muchos motivos para volver como músico a Brasil porque yo no era un personaje tenido en cuenta ni para los festivales de jazz que se hacían. A veces me convocaban para grabar en discos; hasta participé de un álbum que hizo Pelé. Pero como antes no se ponía el nombre de los músicos que participaban, tampoco me hice tan conocido. Con esto le estoy hablando de lo que he ganado. En cuanto a lo que pierdo creo que es lo mismo que nos pasa a todos los sudamericanos: nuestro estilo de vida que siento mucho más agradable. A lo mejor es diferente en La Florida, pero yo he vivido siempre entre Boston, Nueva York y ahora Nueva Jersey.
P.: ¿Después de tanto tiempo, ha dejado de ser extranjero en los Estados Unidos?
C.R.: Nunca se deja de ser extranjero del todo, aunque quizá en los Estados Unidos sea más fácil que en Europa. Al ser un país con una fuerte tradición de inmigrantes, donde vive gente de todas partes, yo me siento muy cómodo allí.
P.: Recién usted utilizó el conceto de «música creativa. Me gustaría que lo ampliara.
C.R.: Habitualmente se habla de jazz para mencionar a toda la música que admite improvisación, repentismo. Eso es lo que yo llamo música creativa. La que permite la conexión con otros géneros, sea con el tango, con la bossa nova, con el samba, con el son.
P.: Usted ha pasado por muy diversos modos del jazz, ¿con cuál se siente más cómodo?
C.R.: Cualquier onda me va igual. Yo hablo y me comunico con comodidad tanto en español y en inglés -estoy casado con una norteamericana y con ella hablamos en ese idioma- como en portugués. De igual modo, puedo tocar con distintos músicos, en distintas ondas, y sentirme muy bien.
P.: Es curioso que esa unión entre músicos latinos sea posible en Nueva York y se haga mucho más complicada en línea directa entre nuestros países.
C.R.: Hay una anécdota que amplía esa idea. Hace años, yo llegué a Río tocando con Dizzy Gillespie como parte de su United Nations Orchestra. Se hizo una conferencia de prensa y un periodista le preguntó cómo lograba que tocaran en sintonía músicos de países tan distintos. La respuesta de Dizzy fue muy clara: «muy sencillo, en Nueva York».
P.: ¿Cuándo compone también tiene esa mirada tan amplia?
C.R.: Cuando hago mis propias músicas -aunque muchas veces la gente no se da cuenta de que toco también temas míos- trabajo en una fusión entre el jazz, el samba y la bossa nova. Es, de algún modo, lo que hicimos en el primer concierto aquí y, creo, que es lo que hago mejor.
P.: Usted toca una trompeta de cilindros que no es tan habitual en los trompetistas de jazz. ¿Por qué la eligió como su instrumento?
C.R.: La primera noción de esta trompeta la tuve en Salvador de Bahía. Ahí vivía una tía, hermana de mi madre, a la que visitábamos en los veranos y que, entre paréntesis, estaba casada con un norteamericano muy melómano, amante del jazz, que tenía muchos discos y que me hizo conocer a muchos grandes músicos. Cuestión que en uno de esos viajes, siendo yo un niño todavía, me anoté para tomar algunas clases en un conservatorio que estaba frente a la casa de ellos. Y resultó que un maestro alemán que había allí usaba esta trompeta tan rara a mi conocimiento de entonces, que me llamó la atención porque se tocaba de manera horizontal. Ya por el año 66, viajé a Viena para una competición de trompetistas. Después de eso, me quedé en Austria, junto al saxofonista Victor Assis Brasil, con una beca para estudiar en el conservatorio de Gratz. Por entonces, yo estaba muy entusiasmado con el fliscorno, pero, otra vez, mi maestro del departamento de jazz, tocaba esta trompeta de cilindros. Viviendo allí, ví por televisión un concierto de la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por Karajan, observé que las cuatro trompetas eran así, y noté que el sonido era distinto. Finalmente, la adopté. Es un instrumento que está a mitad de camino entre la trompeta más tradicional y el fliscorno -que también sigo tocando y me encanta, así como toco la trompeta piccolo-, con un sonido más gordo y más dulce.
P.: Siendo que ha llegado varias veces para tocar en el festival de Punta del Este, ¿por qué no toca en Buenos Aires?
C.R.: Honestamente, me encantaría, pero se hace difícil por la distancia. Tendría que ser en un teatro, con cierto contexto, porque si fuera en un club el dinero no alcanzaría ni para pagar los pasajes. La última vez que toqué fue hace 18 años y encima ocurrió que era una fecha cerca de Navidad y no tuvimos mucho público. Tengo además amigos y colegas a los que admiro allí, como Gustavo Bergalli, Andrés Boiarsky o Juan Cruz de Urquiza. Así que ojalá pueda ir pronto para allá.
Entrevista de Ricardo Salton


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