10 de junio 2009 - 00:00

“Entre aquel poblado y esta ciudad hay mucho en común”

Elissalde: «La Revolución de Mayo pasó sin pena ni gloria, con toda la trascendencia que tiene. No influyó en la ciudad. Sólo hay algunos protagonistas esenciales, pero la vida transcurrió como siempre».
Elissalde: «La Revolución de Mayo pasó sin pena ni gloria, con toda la trascendencia que tiene. No influyó en la ciudad. Sólo hay algunos protagonistas esenciales, pero la vida transcurrió como siempre».
La celebración del Bicentenario que ensalzará próceres y momentos del origen de la República, hizo que Roberto Elissalde prefirió adentrarse en la vida cotidiana a través de un diario íntimo escrito en Buenos Aires en 1810. Desde joven, el fervor de Elissalde ha sido la investigación histórica, y eso lo llevó a escribir cientos de artículos y estudios, seis libros y participar en instituciones académicas. Siente que la investigación histórica tiene para él algo de destino. A los 17 años dictó en la Casa de Ricardo Rojas su primera conferencia, sobre la Recoleta, unos 40 años después escribió con María Rosa Lojo «Historias ocultas en la Recoleta» y hoy preside la Junta de Estudios Históricos de la Recoleta. Dialogamos sobre su «Diario de Buenos Aires 1810».

Periodista: Usted ha trabajado en temas académicos, ¿cómo pasa a la novela histórica con «Diario de Buenos Aires 1810»?

Roberto Elissalde: En 1981, el historiador, periodista y académico Alberto Salas, escribió el libro «Buenos Aires 1806-1807», que contaba de las Invasiones Inglesas por un presunto testigo que llevaba un diario. Fui a ver a Salas, y le dije: tendría que escribir el diario de 1810, que sería apasionante. Me dijo: «Es una buena idea, escríbalo usted». Fue como si me mandaran armar un cohete al espacio, a mí, que hacía avioncitos en madera balsa. Lo vi excesivo. Al tiempo me crucé con Salas, y me dice: «¿Está trabajando en eso? empiece, empiece». Y luego, en otro encuentro: «Supongo que ya tendrá algo». No me quedó más remedio que decirle que sí. Trabajé en el Archivo de la Nación, en la buena biblioteca que tengo en casa y preparé unas fichas donde comencé a narrar lo que ocurría en ese Buenos Aires de 1810. Se las llevo a Salas, y me dice: «¡Esto es una maravilla. Qué bien documentado está!». Le dije que quizá se debía a haber tenido maestros como el Padre Furlong, como Gamalson, gente que enseñaba a trabajar con los papeles, orientaban, daban una gran formación, sin ser yo un egresado de la facultad sino un simple aficionado. Después Salas murió en Montevideo, y yo me decidí a seguir con el libro. Y los últimos 15 años fueron de buscar y confirmar datos, investigar otros libros, juntar elementos, trabajar el relato, así surgió «Diario de Buenos Aires 1810».

P.: ¿Cómo le aparece el personaje del narrador?

R.E.: Inventé a un señor de unos 70 años que vive en Buenos Aires, vino por primera vez con Cevallos, antes de que fuera Virrey, es un próspero y rico comerciante, se casa con una señora porteña de una familia que venía de los fundadores de la ciudad, y que decide que ya es hora de que sus hijos se encarguen de los negocios. Se los va dejando, pero los sigue controlando. En sus tiempos libres decide escribir unas memorias, un diario, para que algún día sus nietos se entretengan leyendo las cosas que vivió su abuelo, aunque sospecha que esos escritos terminarían muertos en un baúl. Así va contando todo lo que ocurre en ese año histórico, mezclándolo con cosas de su mujer, para mostrar cómo era la organización de una casa, hablando de un hijo o de un nieto, pero es lo ficcional que rodea a lo real ocurrido. Tiene casi un poder sobrenatural porque se entera de todo lo que pasa en Buenos Aires. En el libro todo está documentado, como se puede comprobar en las notas del final del libro.

P.: ¿Lo planeó para la celebración del Bicentario?

R.E.: Lo estaba terminando en 2007 y pasó a ser el primero de la Colección Bicentenario de Aguilar. Frente a tanta opinión sobre ese año, busqué informar sobre lo que pasaba día a día. El 25 de mayo las oficinas y los negocios estaban abiertos. No es la revolución de todo el mundo preocupado por lo que estaba sucediendo. Llovía, había paraguas, no había cintas celestes y blancas sino ramas de olivo, papeles con la cara del rey. Todo eso es avalado por un documento, una carta o un cronista, nada está inventado, siempre hay el testimonio de un testigo.

P.: Confirma que la Revolución de Mayo no fue una revolución.

R.E.: La Revolución de Mayo pasó sin pena ni gloria, con toda la trascendencia que tiene. No influyó en la ciudad, no se conmovió todo. Sólo hay algunos protagonistas esenciales. Pero la vida transcurrió como siempre.

P.: Hay en su libro situaciones que parecen actuales.

R.E.: Si bien la Historia no transcurre en círculos perfectos, pareciera ir por espirales que tocan puntos muy semejantes, o que son las antítesis. Don Cornelio Saavedra se va a vivir al fuerte, donde vivía el Virrey, lo que le correspondía por ser el presidente de la Junta. Estando ahí nace su hijo Mariano, y ¿a quién nombra de padrino? a Juan Larrea, un opositor dentro de la Junta. Es difícil pensar que hoy pueda ocurrir algo así. Si bien la vida era distinta, era una aldea, hay cosas que sorprenden. Así como está lo de Larrea, hay un pillo que le escribe de la cárcel felicitándolo por el nacimiento de su hijo para ver si le da la libertad por eso. Sabemos cómo estaba relegada la mujer, sí, pero la casa era su dominio. No era gente de bronce. Había preocupaciones, hoy hablamos del dengue, de la gripe porcina, en aquel momento de la rabia que acababa de aparecer y mataba gente. Había quienes eran tratados por lo que hoy llamamos medicina preventiva, llegaban con los primeros síntomas y podían ser curados. El doctor García Valdés escribe un folleto que aparece en «El Correo del Comercio», instructivo de cómo se debía actuar. Los vecinos se peleaban por la basura. Había inseguridad pero también algún acto muy digno como el del señor que encontró un reloj de oro y lo devolvía en tal lugar.

P.: Estaba la inflación.

R.E.: Era terrible. Los valores subían. No olvidemos lo que pasaba en España, y cómo eso influía. Estaba el valor de los fletes que no paraban de aumentar. Estaba la plata que debía el Cabildo, el gobierno, que había recibido en préstamo para enfrentar las Invasiones. Había quienes la reclamaban porque estaba depositada, no existían los bancos, para los huérfanos. Los chicos habían quedado con bienes, que eran convertidos en capital que se prestaba al Cabildo para custodiarlo y con los intereses darles buena educación, pero resulta que el Cabildo no pagaba los intereses. Discutían de dónde sacar el dinero, si había que sumar impuestos. Estaba la inseguridad, más allá de la que a aparece a mitad de año con el tema político, y las conspiraciones que había contra el orden establecido. Entre ese poblado y esta ciudad hay cosas que se tocan permanentemente.

P.: ¿Cuánto hay de ficción en una novela con tanto de historia?

R.E.: De ficción sólo hay dos cosas, todo lo demás es real, más allá del personaje que lleva la línea argumental. Cuando el 21 de mayo, el narrador concluye la anotación del día y se dispone a acostarse, a su lado tiene un perro que estira el lomo, se despereza y de pronto empieza a ladrar porque hay alguien a la puerta, le trae la invitación para participar del Cabildo Abierto. Ese perro se llama Maleo, como mi perro. Esa situación es imaginaria, tiene como protagonista un perro tocayo del mío. Otra coincidencia que imaginé es que el 21 de agosto escribe: «Ayer nació mi nieta, a las 9 de la noche, a la que bautizaron María del Rosario Joaquina, los primeros nombres porque la madre venía atrasada en el parto y le pidió a la Santísima Virgen bajo esa advocación, el segundo, porque es costumbre en nuestra familia; gran placer y alegría he tenido al saber que soy padrino de la niña». No es mi nieta sino mi sobrina nieta, y lo de Joaquina, que lo puse para aclimatarlo al tiempo, María del Rosario, que se llama así por un causa semejante, y de ella soy su padrino. Busqué que los personaje fueran gente que se pudiera tocar y ver, y que cumplieran rigurosamente en sus actos y atuendos las costumbre de esa época.

P.: ¿Qué cree que le da el género novela?

R.E.: Hace que la gente que no está habituada a leer Historia se entere leyendo una novela apasionante porque permite entrar en el diario de un testigo, y sirve para que el interesado en la Historia encuentre datos que le estimulen a continuar mis investigaciones, por caso un medico que leyendo las páginas sobre la epidemia de rabia, decida escribir un tratado, o que alguien se inspire en sus datos sobre la moda, sobre la comida, de dónde se traía el vino, el trato con los esclavos, los dueños de las propiedades de la zona. He narrado la vida cotidiana de hace 200 años hasta en sus mínimos detalles.

Entrevista de Máximo Soto

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