3 de julio 2009 - 00:00

Entre el fuego y el ‘‘soft power’’

Desde el inicio de su presidencia, Barack Obama enarboló dos cursos principales para su política exterior: por un lado, acelerar la retirada militar de Irak y concentrar esfuerzos bélicos y materiales en la guerra a los extremistas talibanes en Afganistán y Pakistán; por el otro, impulsar una pacificación de Medio Oriente atrayendo a la mesa de negociaciones a Irán, con el fin de neutralizar el plan nuclear del país de los ayatolás y de desactivar el apoyo de Teherán a grupos terroristas, como el libanés Hizbulá y el palestino Hamás.

Ambas estrategias son hijas de la relativa debilidad económica de los Estados Unidos, que, en plena crisis económica y con su capacidad de endeudamiento llegando a peligrosos topes, no puede darse el lujo de financiar a la vez la lucha en Irak, en Afganistán y la reconstrucción económica.

Por el momento, puede decirse que el primero de aquellos objetivos se viene cumpliendo satisfactoriamente y que el segundo, de impronta marcadamente voluntarista, ha quedado en una peligrosa indefinición.

Obama estrena en estas horas su estrategia contra los talibanes y Al Qaeda en el sur de Afganistán, lo que, en un sentido, constituye su bautismo de fuego. La acumulación de efectivos estadounidenses en ese país, que pasarán de 32.000 a 68.000 a lo largo del año, se traduce en una primera acción a gran escala en la provincia meridional de Helmand, un feudo talibán.

El ataque, del que participan 4.000 soldados norteamericanos y 650 afganos con apoyo de aviones, tanques y helicópteros de la OTAN, es la mayor ofensiva militar de la era Obama y constituye, según fuentes militares, la movilización de marines más importante desde la Guerra de Vietnam.

Pieza clave

La concepción de la Operación Khanjar parece bien orientada: Helmand es, además de un santuario de los ultraislamistas, una zona de fuerte producción de amapola, materia prima de la heroína que termina siendo consumida en las calles de Europa, lo que la convierte en una pieza clave de la financiación de la resistencia talibán, en preocupan-te auge hasta el inicio de la escalada.

El avance de los talibanes fue, en paralelo, muy fuerte en Pakistán, donde llegaron a posicionarse a unos cientos de kilómetros de Islamabad, la capital. La respuesta militar paquistaní y la ofensiva norteamericana en Afganistán apuntan a lo mismo: alejar la mano de los talibanes, aliados y aun hoy protectores de Osama bin Laden, del arsenal atómico del Estado paquistaní. Una pesadilla para todo el mundo.

Pero algo de la estrategia de Obama para Medio Oriente sigue sin cerrar. El régimen de Teherán (o, lo que es lo mismo, el clero que lo controla) ha clausurado el debate sobre el reciente resultado electoral, consagrado la victoria de Mahmud Ahmadineyad, desatado la represión, amagado con detener al candidato opositor Mir Husein Musaví y hecho detener a personal de la embajada británica. Es decir, activó todos sus reflejos represivos, antidemocráticos y antioccidentales.

Sin la participación de Irán, el «soft power» que el demócrata pretende aplicar en Medio Oriente para conjurar la amenaza nuclear y pacificar la región, simplemente no cierra.

Ante el curso de los acontecimientos, la Unión Europea analiza retirar sus 27 embajadores de Teherán. EE.UU., en tanto, contiene su retórica y evita una ruptura formal de la doctrina Obama. ¿Cuál sería la alternativa? ¿Un ataque a las instalaciones nucleares? Israel ansía una decisión en ese sentido, pero hay que advertir que, en el marco económico descripto, podría quedar fuera del rango de posibilidades actuales de Washington. La antigua Teherán está colmada de callejones sin salida.

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