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Ese oscuro objeto de deseo: poder y dinero
Federico Enrique Stolte - Abogado, psicólogo social
Cada tanto irrumpen noticias de personas aisladas que lograron una gran acumulación de poder o dinero. Y surge la pregunta de por qué tanto, para qué tanto y por qué estas personas están solas, rodeadas de sus fortunas. El objetivo de este artículo será entonces dar cuenta de cuál es la operación psíquica, que según el psicoanálisis, ocurre a través de la historia con la vocación de acumular y retener, que conlleva a un vínculo con el objeto poder-dinero, en soledad.
Euclión, el viejo avaro de la comedia Aulularia de Plauto, ambientada en Atenas, vive aterrorizado de que le roben la olla llena de dinero. Desconfía de todos. El avaro de Molière también cavila en soledad sus especulaciones retentivas. Los lectores de este diario tuvimos en nuestra infancia, como personaje central de historietas, a Rico McPato, el Tío Rico, tío del pato Donald y sus sobrinos. Incorporamos como natural que el Tío Rico haya estado obsesionado con su montaña de oro y plata y que sólo en la necesidad recurriera a sus sobrinos, para favores mal pagos.
Estos ejemplos literarios tienen en común que, la obsesión por acumular está puesta en un objeto de marcado brillo fálico. Poder y dinero son sinónimos en el sentido de acumulación de un objeto deseado por otros, erotizados para los demás en una operación de ilusión; quienes lo detenten o posean estarán al borde de la felicidad. ¿Por qué tanto? ¿Por qué nunca alcanza? ¿Por qué siempre quieren más? A diferencia de los animales que, por herencia genética e instinto se satisfacen con sus objetos elementales, el perro, cuando quiere comer, come, cuando quiere dormir, duerme; el humano construye el aparato psíquico sobre pulsiones que se ponen en movimiento sobre la falta. Falta de satisfacción, hay algo que no se completa, algo que nos lleva de manera constante al permanente cambio de objeto. La ilusión de plenitud frente a un objeto deseado, se desvanece cuando lo tenemos. Lo vemos claramente en el niño que pasa del autito al triciclo, a la bicicleta, etc. La pulsión está en movimiento, en la búsqueda y lo que ocurre es que van cambiando los objetos.
Ya en la adultez, una carrera, una profesión, un estatus, ciertos bienes materiales, forman parte o reemplazan a aquellos objetos infantiles. Esa posibilidad de búsqueda es, justamente, la que nos da un cierto margen de libertad.
Por el contrario, aquellas personas que quedan fijas en un objeto, son las personas que ven restringida al extremo su libertad. Quedan cautivas al servicio de un vínculo autoerótico con el objeto, un regodeo tramposo, trampa provocada por el mercado fálico que pone en el deseo de los demás lo que ellos poseen. Entonces, no hay objeto que alcance, no hay acumulación que satisfaga su necesidad. Nada alcanza. Ese vínculo auto-erótico con el objeto, les evita y, de manera obsesiva, buscan eludir la castración. De ahí su soledad. La castración, en este caso, entendida como el Otro, el otro del lenguaje, los demás, la cultura, el momento histórico, las necesidades que no se comparten y se eluden, para, de ese modo, estar solo con el objeto en un auto-erotismo primario.
La gran trampa que los lleva a la desmedida acumulación y falta de libertad, es el vínculo dialéctico entre el objeto que poseen y la ilusión de completud, con la mirada de los demás que creen ver en ellos un ejemplo de éxito y logros, como el zángano que llega a fecundar a la abeja reina.
(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichón Riviere) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.


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