La luz de la luna y el reflejo en la arena que cubren Timbuktu bastan para ver lo necesario. Cuando cruzamos alguna sombra, un “bonsoire” nos sirve para saber si es un tuareg o un fantasma. El silencio del Sahara es silencio como en ninguna otra parte del mundo y solo escuchamos el ruido de nuestras sandalias…
Una noche en Timbuktu
Son las ocho de la noche y estamos caminado por las calles de Timbuktu rumbo al "restaurant". No tiene otro nombre, es "el restaurant"...
Quien no conoce Timbouktu no puede considerarse un viajero. Al menos eso dicen. El primer europeo llegó en 1826 y no fue hasta 1890 que se abrió a los cristianos. En el 1500 era una de las ciudades más grandes y culturalmente avanzadas del mundo. Hoy la arena cubre casi toda esa gloria.
Después de una semana de caminar por las tierras Dogon y dormir a la luz de las estrellas en los techos de las casas (cómo olvidar las noche de awari con los locales, aquel jefe/brujo que a pesar de vivir a dos días de la electricidad más cercana era fanático del “Burrito” Ortega, o cuando por primera vez les hice papas fritas), volvimos a Mopti a ver si enganchábamos algún barco. Ya es junio, las lluvias deberían estar llegando pero se retrasaron, así que ni siquiera las pinasses o pirogues (los botes más chicos) pueden navegar por el Niger. Finalmente decidimos por el avión.
Salimos a la mañana, unos 20 pasajeros, tres cabras y una cantidad inmedible de bolsos de todos los tamaños y colores. El avión es ruso, como los pilotos. Cada vez que aterrizamos, uno de ellos se baja, agarra una maza y empieza a darle al motor. Mientras volamos veo como esa pieza se va deslizando, hasta que volvemos a aterrizar y comienza de nuevo la historia. Pienso: maldita mi fijación con las aventuras de TinTin. Se lo comento a Claudia y los dos nos reímos.
Dios ayuda a los tontos y los locos, y así llegamos a Timbuktu sin otro problema que un par de horas de retraso y mi absoluto enamoramiento con el Sahara. El taxi nos deja en la Policía, pagamos el tax de turistas y directo al Hotel Bouctou.
No sé de qué año es, pero los escogimos porque se parece a un caravanserai -las antiguas posadas de las caravanas-: un gran portón, patio al medio y cuartuchos miserables con mosquitero, ventilador, piso de arena y un ventanuco al exterior (el lujo lo guardo para cuando volvamos al Kanaga en Mopti –¡tiene árboles y pileta!!!-). Estamos fuera de temporada así que, salvo Ali, un chiquito que habla perfecto español y con el que acordé poder usar su nombre en caso de apuro a cambio de unos CFA, nadie nos molesta.
Chuic, chuic, chuic, solo el ruido de las sandalias (al país que fueres vístete como vieres). Son unas diez cuadras pero parece que hace una eternidad que estamos caminando, hasta que a la vuelta de una esquina lo vemos: dos personas agachadas en torno de un fueguito y al lado un techo de cañas, tres mesas y unas sillas. Ellos y nosotros.
Nos sentamos y uno de los chicos se acerca. “La carte s´il vous plait?”. ¡Horror!, ¡me contesta en tuareg (en realidad es tamasheq)! Qué le vamos a hacer, me paro y comienzo a balar como una oveja y me apunto con el pulgar (usar el índice es falta de respeto). Con suerte me va a traer cabra u oveja. Claudia, más tímida se señala y le hace el gesto de algo chiquito acercando el pulgar y el índice, no tiene mucha hambre. InshAllah, si tenemos suerte comeremos algo. Hasta ahora la comida en Mali, mezcla de la herencia francesa -las bagettes... ¡alucinantes!-, la tradición árabe y los productos locales ha superado todas nuestras expectativas. A esperar.
Esperamos, esperamos, esperamos. El fuego es muy chiquito (aquí no hay madera, estamos en el desierto y sospecho que están usando bosta de camello), hay una olla, pero no vemos nada y no quiero parecer desconfiado, aunque me muero de intriga.
Aparece una francesa, se sienta, saludamos y queda claro que no le interesa hablar con nosotros. Ni idea de qué es lo que pide.
Al final, con una inmensa sonrisa vuelve el chico que nos atendió con dos platos. El mío, unos pedazos de cordero con una salsa, perfectos (Tegui: Shame to you!). Lo de Claudia, no sabemos. Algo redondo, grande, cubierto y nadando en una salsa. O al menos eso parece. Lo miramos, lo olemos y discutimos qué pueda ser. Finalmente Claudia toma coraje y lo ataca con el tenedor. Lo que sea... ¡salta!. Nos quedamos helados. Porfiada como pocas, vuelve a atacar. Esta vez engancha al bicho, pero este hace un ruido.
Los que saltamos ahora somos nosotros. Abro mi cortapluma y decido terminar por lo sano, será medio bestia, pero los gauchos somos así. Me tiro encima y al mismo tiempo le clavo el tenedor y el cuchillo, partiendo al monstruo al medio… Escuchamos risas. Parados en la entrada del pajizal los dos chicos nos sonríen. No les vemos las caras pero sí esos dientes y ojos blancos más blancos que la nieve de los tuareg, hasta que el sol del desiertos empieza a quemárselos.
Miramos nuestra víctima, un bollo de pan envuelto en salsa, que nuestra falta de cultura y conocimiento había convertido en un monstruo. Ahora no puedo sino pensar en lo pobre que es esta gente, que no tira papeles ni plásticos al piso porque los necesitan. Gente para la cual un pedazo de pan con salsa es un lujo. Ojalá que cuando volvamos a Buenos Aires nos quede algo de lo que aprendimos aquí.
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