La película de Mark Herman ilustra simple y dignamente una historia para niños, pero cabe aclarar que
es para chicos de más de 8 años, y si es posible acompañados.
Herman. «El niño con el pijama de rayas» (The Boy in the Stripped Pyjamas, G. Bretaña-EE.UU., 2008, habl. en inglés). Int.: Dir.: M. Herman. Guión: J. Boyne, M. A. Butterfield, D. Thewliss, V. Farmiga, R. Friend, J. Scanlon, A. Beattie.
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El título «de rayas», en vez de nuestro coloquial «a rayas», puede parecernos tan raro como oír personajes alemanes hablando en inglés. Peor les suena a algunos esta historia de la época nazi, donde dos niños de muy distinta suerte se hacen amigos, alambrada de por medio y sin que ninguno de los dos tuviera clara idea de lo que estaba pasando, ni lo que podía pasarles. «Esto es inverosímil», se dicen, y acaso se aferren de ahí, y de cualquier detalle disperso, para escaparle al drama que la película cuenta.
La película simple y dignamente ilustra una historia para niños del irlandés John Boyne. Pero atención: ésta puede ser la primera historia sin final feliz que muchos niños vean, o lean, en sus vidas. Y puede que esos detalles inverosímiles hayan sido puestos ahí ex profeso, como asideros para que alguno se diga «es sólo un cuento». Pero el conjunto, sutilmente llevado por una envolvente e inquietante música de piano, resulta bien verosímil y hasta terrible para cualquier criatura, y alude a cosas que fueron ciertas, peor aún, que todavía son ciertas y lo seguirán siendo, en cualquier lugar donde un alambrado separe un bosquecillo fértil de un campo árido, y a un chico que lo tiene todo, salvo explicaciones responsables, de otro que cada vez tiene menos, salvo hambre.
La acción, ya se dijo, pasa en la época nazi. Un oficial de ejército, hombre amable, atento, es destinado al interior, y allá va, con su familia. Pronto la hija estará en edad de dejar las muñecas por los soldaditos, pero esto todavía no le aflige. Quizá debiera afligirse por el hijo de ocho años, que sale un poco a la madre. Un chico demás sensible e introvertido como para que le digan cuál es exactamente el trabajo de ese oficial casi siempre bien educado y un poquito, apenas en horario de trabajo, dañino.
«Como en las mejores películas de terror, el monstruo aparece recién al final», dijo el director, Mark Herman, el mismo de «Tocando el viento» y «Pequeña voz». Pero en verdad, hay otro monstruo desde el primer momento, a veces con distinto nombre -cobardía, indiferencia, conveniencia, negación-, y con un mismo gesto: esquivar las propias culpas resaltando las ajenas. Vemos varias situaciones en ese sentido. Y como todo buen cuento para chicos es también para grandes, les recuerda a estos últimos, sin subrayar nada, que los errores de uno, suelen pagarlos los hijos.
En síntesis: un estremecedor cuento para niños (mayores de ocho años y si es posible acompañados, esto hay que aclararlo), un recordatorio para padres, y un ejemplo de adaptación fílmica, discreción narrativa, producción sin ostentaciones, y conducción musical. Pero si alguien quiere ver algo realista sobre niños en esas circunstancias, que consiga «Desnudo entre lobos», de Frank Beyer, 1963. Y si quiere una anécdota ilustrativa, aquí tiene: un día el comandante Karl Fritsch, gran difusor del gas Zyklon B, se encontró a sus dos pequeños hijos vestidos de piyama a rayas con estrellita amarilla y todo. «Estamos jugando a los judíos», le dijeron, muy felices e inocentes.
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