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¿Europa va hacia la unión fiscal?
Jean-Claude Trichet
De ahí las fuerzas que empujan a anudar lazos más allá de lo imaginable apenas un año atrás (cuando el juguete de moda era asustar a Grecia con el default para que pusiera sus cuentas en caja). Ese frenesí es un termómetro que revela una crisis en ebullición. Basta comparar los tiempos con que se montaron las dos mayores transferencias fiscales a las que obligó la zozobra: los infinitos trastornos que demandó enhebrar el auxilio a Grecia y la celeridad de la operación de rescate a Irlanda. O escuchar los planteos reiterados de las autoridades del Banco Central Europeo (BCE) para que los gobiernos refuercen el calado de la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF) y así dispongan de recursos suficientes para afrontar una mayor intervención. Más sutiles, pero igualmente identificables, son los pedidos -en el sentido inverso- para que el BCE aumente el tamaño de su programa de compra de bonos soberanos (SMP) y mitigue el mortífero espiral de sus tasas de interés. Voces ajenas a la región -como el Fondo Monetario Internacional- se suman al coro con idénticas recomendaciones. Si el federalismo fiscal es un tema tabú para la integración europea, queda claro que el esfuerzo de contener la crisis de la deuda soberana, ya en mayo pasado, obligó a adentrarse en terreno prohibido. Por una doble vía de acceso. No sólo por las operaciones conjuntas de las Tesorerías. También el Banco Central Europeo (BCE) franqueó los límites si se los define de manera rigurosa. La novedad del momento, fruto de la recaída en la crisis, es la percepción de que no bastará con esa incursión (ni con dotar a los mecanismos existentes de mayor poder de fuego). Así debe leerse la flamante propuesta de emitir un bono europeo común. Supone tomar el toro por las astas. Traduce la convicción de que superar la crisis requiere progresar hacia una unión fiscal sin camuflajes y plenamente operativa. Y que se debe hacer sin dilaciones, a extraordinaria velocidad. Dos semanas atrás, el Parlamento europeo enarboló la idea (junto con un presupuesto comunitario ampliado). Pero ayer cobró entidad en un artículo de opinión firmado por el presidente del EuroGrupo, y primer ministro de Luxemburgo, Jean Claude Juncker; y el ministro italiano de Economía, Giulio Tremonti. Allí se plantea la creación de la Agencia Europea de Deuda, que tomaría a su cargo la emisión de bonos europeos y así aportaría un mensaje contundente sobre el carácter irreversible del euro. La Agencia podría comprar los bonos nacionales existentes a un descuento bajo la par, o sea reflejando las condiciones de estrés que rijan en los mercados. Y estaría facultada para emitir gradualmente obligaciones por hasta el 40% del PBI de la Unión Europea y de cada Estado miembro. Asimismo podría financiar hasta el 50% de las emisiones de cada miembro (y, en condiciones de acentuada adversidad, temporariamente hasta el 100%). Su intervención rompería uno de los nodos de realimentación más perversos de la crisis. Esto es, el mutuo contagio entre las dificultades fiscales presentes y los aumentos de las primas de riesgo-país. Todos los esfuerzos de austeridad zozobran hoy frente al salto mayúsculo de las tasas de interés en los mercados secundarios (que reflejan no sólo desconfianza sobre los programas, sino también una creciente iliquidez y los consecuentes cambios preventivos de portafolio). Con una diligencia (e histrionismo) que han estado ausentes en el tratamiento de las vicisitudes europeas, Juncker y Tremonti postulan que la Agencia debería ser aprobada en la próxima reunión de líderes europeos, a celebrarse el jueves y viernes de la semana venidera. Como sí es común en la región, la negativa de Berlín fue la primera que se escuchó (en boca del ministro de Finanzas, Wolfgang Schauble). Pero la Agencia no sería una mala solución para Alemania en comparación con la dinámica vigente de encadenar un rescate tras otro. Sobre todo, si Angela Merkel pretende que se cumpla su afirmación reciente de que «ningún país de la eurozona está en situación de riesgo de impago». A la manera de la propuesta Lerrick-Meltzer para la Argentina en 2001, la Agencia separaría la asistencia para el país en dificultades, del rescate a sus acreedores, a través del canje de bonos europeos por nacionales con un descuento que refleje los temores del mercado. Dice bien Schauble: la creación de la Agencia obligaría a revisar los Tratados de Europa. No será un escollo fácil de sortear (para la Argentina, Lerrick y Meltzer confiaban en el rol del FMI). Pero hay aquí, por vez primera sobre la mesa, una iniciativa -todavía perfectible- que supone una vuelta de tuerca fundamental en la estrategia de defensa de la eurozona. Y que le da la razón a Jean-Claude Trichet, cabeza del BCE, cuando aseguró que se subestimaba la determinación de los gobiernos por defender el proyecto de la integración europea.


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