Exhibe Recoleta la singular obra arquitectónica de “LMP”

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Con más de tres décadas de trayectoria, el estudio «LMP», integrado por Eduardo Lacroze, José Ignacio Miguens y Francisco Prati, ha logrado un amplio reconocimiento tanto en la Argentina como en el exterior. Desarrollaron obras de variada temática -residencial, comercial, hotelera, institucional, religiosa- en medios culturales, geográficos y tecnológicos diversos, en Colombia, Guatemala, Costa Rica, Panamá, México, Jamaica, Francia, Senegal y Estados Unidos. Ahora van a mostrar sus obras el próximo 14 de abril, en el Centro Recoleta.
Entre la serie de conjuntos que diseñaron en Centroamérica, se destaca el Radisson en Panamá, convertido en un skyline singular, por las articulaciones de su volumen de cristal y el cono truncado de metal pulido en una de las esquinas. Veinticinco pisos están destinados a alojamiento y, en los pisos superiores, suites con amplias vistas al Pacífico.
Desde una perspectiva regionalista basada en un fuerte compromiso de modernidad, su enfoque apunta a desenterrar la esencia del significado en la Arquitectura y a plasmar su resonancia contextual en tema, tiempo y sitio. Tanto en sus casas como en sus proyectos de mayor escala y distintas tipologías, plantean propuestas innovadoras que apuntan a la revitalización de sus proyectos urbanos. El estudio extrapola con habilidad los principios de rescate de olvidadas tradiciones en casas que conforman los fundamentos de un sistema de diseño integral e integrador y anticipan la génesis de obras y proyectos de magnitud, como sus desarrollos hoteleros en Colombia y Guatemala. Su obra recibió numerosas distinciones. La editorial Rockport de Boston ha dedicado uno de los libros de la prestigiosa serie Ten Houses al estudio.
Son obras que abarcan quince años de búsqueda - 1980 a 1995 - y, a excepción del proyecto en Maine (EE.UU.), todas se encuentran en la Argentina. Abarcan un abanico de condicionantes geográficas, culturales e históricas tan diversas como las fuerzas y flujos que han conformado esta Argentina crisol de razas.
De la llanura pampeana de Chascomús, a las escarpadas laderas de los Andes neuquinos, de las colonias suburbanas de Pilar y Olivos a la ciudadela del Palermo Viejo -borgeano foco de la «fundación mítica» de Buenos Aires- , estas casas parecen silenciosos testigos de la rica tapicería histórica dentro de la que se insertan. La Casa de San Martín de los Andes, acuñada en un pliegue de granito andino, es simultáneamente mirador y refugio, a la vez introvertida y expansiva. Desafiantes, y con ingenuidad tecnológica, los arquitectos desarrollan un manto poético de concreto y se apropian de un fragmento de naturaleza.
La Casa de El Salado confronta lo urbano y lo rural. La cubierta verde se funde con las pampas, en un gesto indiscutible de la naturaleza que subordina la intrusión del hecho construido. El Talar, por el contrario, evita la confrontación y abandonando todo intento de dominio, se desparrama sobre el frente de laguna hasta fundirse con el entorno circundante.
En las casas urbanas -Cabrera, Gorriti y Carranza- plantean una serie de malabares espaciales desarrollados dentro de los deliberados confines del barrio. Relegadas a un anonimato adrede, tras minimalistas fachadas apenas más que muro horadado, estas casas de Palermo son punta de lanza de un intento de recobrar la esencia de la vida de barrio.
Conjugando temeridad arquitectónica y sensibilidad tecnológica Lacroze Miguens Prati han logrado impulsar un aire de modernidad al tejido anquilosado de un barrio postergado. Hito del pasado, la Casa en Cabrera mantiene la fachada de una previa encarnación, tras la cual se revela un complejo ejercicio de desdoblamiento espacial puntualizado por el cuidadoso reciclaje de sus componentes de origen.
La Casa en Gorriti es un ejercicio de totalidad que utiliza como marco ordenador la grilla ortogonal definida por su propio perímetro medianero. La Casa Carranza es un prisma vacuo que se va llenando metódicamente, a voluntad y según necesidad.
La Casa de Olivos constituye una instancia más de recuperación de la identidad perdida. Una bandeja social, puenteando entre pilotes privados, la casa en Olivos anuncia el despertar del Río de la Plata.
El real impacto de estas estructuras simples, con una genealogía que remite a la pequeña Cabaña de Florianópolis, de 1978, que enlaza lo imaginario con tecnología, es plenamente valorado en su relación con los grandes proyectos del estudio de mayor escala que tan claramente se nutren de estos simples preceptos. Las ristras de casas, el patio de Cardenal Newman en Benavidez, Buenos Aires, por ejemplo, subrayan el sentido de comunidad. O la espartana austeridad del desarrollo costero en La Pedrera, Uruguay, donde, a la inversa, la articulación en el paisaje de prototipos aislados genera la escala comunal. En ambas instancias, la frescura del concepto trasciende modas y modismos.
El planteo iconográfico del Hotel Camino Real Tikal - interpretación metafórica de un asentamiento maya sobre las márgenes del Lago Peten en Guatemala- genera lo total a partir de la individualidad del módulo/choza, componente de honda raigambre mesoamericana. La colorida trama de ensamble de las estructuras madereras del Hotel Decamerón en San Andrés, Colombia, son fiel reflejo de la centenaria tradición de fragmentación en el vernáculo afro-caribeño. En ambos casos, lo monumental cede ante lo doméstico.
La casa se transforma en componente trascendente una y otra vez en la práctica de Lacroze Miguens Prati. Para ellos, como para Gastón Bachelard, la casa constituye para el hombre, su entorno más inmediato, íntimo y por tanto poético. Su imagen, e imaginería, impregna para siempre a sus moradores. Pero más importante aun, la imagen de los moradores impregna por siempre, a la morada.

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