13 de octubre 2009 - 00:00

Expone en el Recoleta el polifacético Edgardo Giménez

Audefinido «artista visual autodidacta», Edgardo Giménez es un artista plural fuera de lo común que pinta, diseña muebles, hace arquitectura y remodela casas, entre otras vías expresivas.
Audefinido «artista visual autodidacta», Edgardo Giménez es un artista plural fuera de lo común que pinta, diseña muebles, hace arquitectura y remodela casas, entre otras vías expresivas.
El cromatismo está en la base de todas las creaciones de Edgardo Giménez. El color es siempre delicado, sutil, vivaz, pero alejado de las estridencias y los golpes de efecto. Se resuelve en imágenes candorosas, su cromatismo es obra de un refinamiento apacible, lúdico, aún en las obras de arquitectura y las esculturas, como la que está exponiendo en el Centro Cultural Recoleta.

Oriundo de Santa Fe, Giménez vino a Buenos Aires, por primera vez, a los siete años, en 1949. «Fue entonces cuando vi a un hombre dibujando con una tiza en el pavimento de una calle y eso fue como una revelación: no tuve dudas de que yo quería hacer exactamente eso mismo», ha relatado. Al tiempo, hacia 1952, se instaló aquí definitivamente. A los catorce años, en 1956, empezó a trabajar de cadete en una agencia de publicidad, donde «había una sala de arte con unos tipos que dibujaban letras y esas cosas. Pensé: esto es perfecto», recordó más tarde.

Comenzó a destacarse como diseñador gráfico hacia 1961; creador de objetos de encantadora gracia, se aventuró a difundirlos y venderlos en su pionero local «La oveja boba» (1963-66); pintor de fascinante dibujo y espléndido cromatismo, expuso sus obras desde 1964; y participó en las Experiencias Visuales 1967 del Instituto Di Tella, con ocho perturbadoras estrellas de madera, esmaltadas en negro.

Es inevitable evocar el enorme cartel, hoy legendario, que en 1965 fue ubicado en una pantalla publicitaria que coronaba el viejo edificio de una esquina de Florida y Viamonte. En él aparecían Dalila Puzzovio, Carlos Squirru y Giménez debajo del título: «¿Por qué son tan geniales?». Fue un típico ademán dadaísta, sin la negatividad y el escepticismo que reinaba entre los bulliciosos acólitos del movimiento de Zurich, pero dotado del mismo humor y el mismo desenfado, a los que ahora añadía Giménez el envión publicitario: ya no se trataba de que el artista ejecutase un cartel para otros, sino de que el cartel se valiera de los otros para identificar y reconocer al artista. La pregunta era incisiva y ocurrente. Daba por sentado, y admitido, que ellos tenían genio. Sólo se interesaban -y, en consecuencia, interesaban al ciudadano del común, al transeúnte- en conocer los motivos de la genialidad.

Cualquier semblanza de Giménez empieza siempre por la evocación de aquella bocanada de aire fresco que fue la década del 60, en una Buenos Aires imantada por el Instituto Di Tella, donde chisporroteaban las nuevas tendencias estéticas, entre el desenfado y la vivacidad.

Giménez, sin embargo, no se detuvo en aquella década: a la escenografía de cine y teatro, sumó la ilustración de libros, el diseño de indumentaria, el grabado de serigrafías y, ya en la década del 70, la arquitectura. En 1970, asociado con Marta y Jorge Romero Brest, estableció «Fuera de caja», que sus fundadores denominaron «centro de arte para consumir». Allí realizó, hasta 1972, cuando la firma fue disuelta, prácticamente de todo: de vajilla y almohadones a lámparas y mobiliario, de ceniceros y papel de escribir a estatuillas y objetos decorativos.

Ocupó más tarde la dirección de arte del Teatro Municipal General San Martín y después la del Teatro Colón, revolucionando, en ambos casos, las comunicaciones visuales.

Además de lúdicas, sus realizaciones son alegres. Rectas, curvas, triángulos, arcos, cuadriláteros, constituyen sus muebles, diseñados a la manera de esculturas pero sin que pierdan su destino utilitario. Objetos de uso cotidiano, carteles, tapices, serigrafías, pinturas y esculturas, espacios arquitectónicos, llevan al espectador y al habitante a vivir una vida diferente.

En tal sentido deben verse, por cierto, las múltiples elaboraciones de Giménez: si el arte y la vida son entidades indisolubles, el de Giménez es un arte para la vida de todos. Cada obra de Giménez es una obra. Y, aun cuando emplee los mismos materiales, las mismas formas, las mismas imágenes, su audaz poder inventivo, su maestría plástica, su dominio de las varias disciplinas que practica, otorgan una identidad propia a cada realización. Se propone elaborar lo que él denomina «una conciencia estética», una poesía visual que asombre y deleite, que conmueva y exalte, que seduzca y libere. El suyo es un arte gozoso, pero del que no hace alarde; por lo contrario, se vale de él para trazar imágenes candorosas, limítrofes con un mundo surreal que no osa decir su nombre y que se vuelca casi por entero en sus figuras de animales, sus nubes, sus cielos, sus estrellas, sus arcoiris, sus árboles, sus plantas.

En uno de sus más agudos escritos filosóficos, Hans-Georg Gadamer señaló que nuestra experiencia del arte se vincula con las del «juego», el «símbolo» y la «fiesta». El juego otorga permanencia al arte; el símbolo nos permite captar esa permanencia en lo fugaz; y la fiesta nos une e iguala, porque toda obra de arte es una celebración, una forma de «hacer comunidad». El arte plural de Giménez contiene esos tres valores, y los transmite «haciendo comunidad». Una comunidad de seres humanos.

Él se ha definido como «artista visual autodidacta». Pero Giménez es un artista visual fuera de lo común. Porque no se trata de un pintor que, además, diseña muebles, ni de un creador gráfico que a veces hace arquitectura y remodela casas y departamentos. Giménez es todo eso y al mismo tiempo. Se trata, en suma, de un artista plural, cuyas vías expresivas se suceden y alternan, se conjugan y enriquecen, se unen y particularizan.

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