La campaña que viene por delante en la provincia de Buenos Aires y los ecos que se verán, mucho más tranquilos y civilizados en el resto del país, aportará aun muchas más sorpresas al mundo político.
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El macrismo parece haber despertado de un sueño de año y medio en el que creyó que evitando políticas de choque y apuntando al gradualismo podría mantener su caudal electoral y seducir a algún rebelde. En las últimas semanas se atrevió a dar señales de seriedad fiscal hacia el futuro y, con sorpresa, detectó que eran bien recibidas por los mismos votantes que convirtieron a Macri en presidente. No es extraño: austeridad y recorte al delirado gasto público heredado del kirchnerismo es lo que Cambiemos había prometido en campaña. Lamentablemente medio gabinete no lo había leído así. De hecho, hasta el errado recorte en las pensiones a discapacitados tuvo un procesamiento menos violento que el imaginado dentro de los votantes del oficialismo.
El peronismo más curtido en cuestiones electorales asegura, a diferencia de la opinión general, que las características de esta elección no tienen antecedentes en el pasado. Esta claro que el mareo que produce la puja en la provincia de Buenos Aires entre kirchneristas duros y randazzistas, el Frente Renovador y Cambiemos, hizo que el bordado fino de las estrategias en el resto del país quedarán borradas del radar de la política.
Pero aunque la vista este puesta solo en Buenos Aires, no se puede dejar de considerar que, en conjunto, es la primera vez en la que el peronismo formalmente no juega un rol determinante en la elección nacional.
En cada distrito los cierres que se van anticipando ya anuncian acuerdos entre peronistas, otros en variantes con el macrismo y varios en conjunto también con el massismo. Ya pasó algo similar en el 2015. La novedad es que el desgaste del gobierno de Macri no minó estas chances de acuerdos locales.
En la provincia el fragor de la batalla cristinista también sembró confusiones que conviene aclarar. Cristina de Kirchner prepara el lanzamiento de su candidatura y juega con Fernando Espinosa de cabeza a cabeza en cada lista. Hay que esperar de ese ejercicio una de las primeras definiciones de peso.
El PJ, que el propio kirchnerismo por conveniencia propia dice haberle dejado a Randazzo, en realidad sigue bajo el mando de la expresidente. Ni el edificio de la calle Matheu puede considerarse bajo control de Randazzo: allí sesiona por estos días la junta electoral de Cristina de Kirchner.
Habrá que verificar con atención el cierre de listas del próximo sábado para leer allí los alineamientos finales. No es lo mismo un dirigente que no tiene nada para perder, que un intendente bonaerense que tiene como máxima regla de seguridad política la obligación de mantener la mayoría en su Consejo Deliberante local. Si la pierde no solo puede quedarse sin el cargo, directamente sabe que va preso. En ese juego se terminarán de definir los alineamientos de esta semana.
"El PJ está, donde están los intendentes", sentenciaba anoche un voz inapelable de este tipo de batallas. Esa es, quizá, la definición más lógica que se pronunció hasta ahora sobre este proceso, pero eso no significa asignarle chances de mayor poder a Cristina de Kirchner en el armado del futuro peronismo nacional. Todo lo contrario: el directorio del PJ eterno integrado por gobernadores y caciques provinciales no parece dispuesto a sentarse a tomar un café con la expresidente, tampoco con Randazzo, sino mas bien a esperar que se solucione la crisis política que el kirchnerismo generó en territorio bonaerense. Recién después de esta elección y de haberse garantizado una paz con Mauricio Macri que les garantice llegar con vida hasta el 2019 en cada provincia, comenzarán a pensar en el relanzamiento de un nuevo peronismo. No parece, por ahora, que los actuales protagonistas de la guerra bonaerense vayan a tener lugar reservado allí.
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