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Faltan canguros, sobran vacas e incoherencias
Imagen que ilustra sobre el paternalismo con que se tiñe la cuestión racial en el mamotreto épico-histórico «Australia», donde lo más entretenido es contar los descuidos, lugares comunes, estereotipos gastados y otros absurdos.
Lo más atractivo, a nivel espectáculo, es una estampida de vacas digitales, sobre un paisaje corregido digitalmente, donde se combinan, según dicen conocedores locales, los paisajes verdaderos de Cockburn Ranges y Bungle Bungles, dos de esos lugares que más vale ver en foto, sobre todo si a uno se le vienen todas las vacas encima, aunque en este caso un pequeño aborigen las detiene mágicamente con sólo mirarlas fijo y poner pose de tae-kwon-do. Como ésta, pasan otras cuantas cosas igual de raras. Por ejemplo, los malos provocan la estampida en plena noche, pero los planos inmediatamente siguientes, donde los buenos despiertan e impiden la hecatombe, lucen a pleno día.
En fin, el espectador puede entretenerse mucho haciendo su propia lista, que puede ser tan larga como la película, de incoherencias, descuidos de guión o de rodaje, absurdos varios, y también lugares comunes, estereotipos gastados, diálogos falsos, recursos de westerns viejos, alteraciones de los hechos históricos (por ejemplo, los japoneses nunca pisaron suelo australiano), anacronismos, etc., y, si quiere ver la parte ideológica, que anote también el costado inmensa y artificiosamente paternalista (aunque acá podría decirse maternalista) con que se tiñe la cuestión racial, que es uno de los ítems pretendidamente serios del relato.
Elogiables, Jack Thompson (el viejo), Bryan Brown (el dueño de todo) y David Wenham (el capataz venal y rencoroso). Desperdiciado en rol de mítico aborigen, David Gulpilil. Demasiado vestida, Nicole Kidman. Creyéndose Clark Gable o Indiana Jones, el insulso Hugh Jackman. Inflado como su obra, el pomposo de Buz Luhrmann, que en ocasiones anteriores
ya había atentado contra Shakespeare, Toulouse-Lautrec, y la paciencia del público y los accionistas.


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