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Fantasía dramática no siempre convincente
Eduardo Noriega es el joven médico que de pronto recibe la rara transmisión de un don sanador, en un film que empieza bien, pero luego se disparata y pierde convicción, aunque a veces impresione.
Alejandro Amenábar es el principal productor de esta película de propuesta interesante, buena factura, algunos momentos de impacto, y otros que le restan convicción. Según se la mire, es una historia dramática con un toque fantástico, una fantasía dramática muy cercana a la realidad, o una mezcla de serie de hospital con «El protegido», de Night Shyamalan. Como sea, las cosas que no cierran del todo quedan bastante disimuladas por el ritmo y por las partes de impacto. Esto no es nuevo para el espectador. Lo hacen semanalmente las películas norteamericanas, y el público las acepta feliz y contento, de modo que Amenábar toma la fórmula y produce entonces una española «a la americana» (recurso bastante habitual en la península).
¿Cuál es la historia? Un médico trata a los pacientes con marcada distancia, y exige a un joven médico residente que siga su ejemplo. Por el contrario, éste charla con los pacientes, se involucra, y aún más, se involucra tanto con una menor de edad que hasta puede contagiarse. El médico también será contagiado, pero por otra cosa. Un día advierte que ha recibido el don de la sanación. Le basta poner las manos sobre los enfermos para que éstos comiencen a mejorar aunque media hora antes les hubieran dado la extremaunción.
Aclaremos, no hay escena de extremaunción en este film, ni siquiera se la menciona, como tampoco hay explicación demasiado creíble de la maravilla que está pasando, ni de la maldición que conlleva. Porque el hombre puede sanar a los demás, pero a costa de su propia familia. El asunto puede entenderse en forma alegórica, más de un médico pierde a los suyos por servir a los desconocidos en los hospitales, pero acá se agregan unos enredos exagerados, donde al médico se le suicidan, delante de él, los amantes de mujeres en agonía, y una sudamericana explica ese asunto de la transmisión del poder sanador como una suerte de virus ético sentimental surgido en circunstancias que involucran al galeno. Pronto la cosa se complica, se hace melodramática y medio disparatada, apenas efectista.
Responsables, aparte del productor, son Óskar Santos, director debutante que viene del corto, Daniel Sánchez Arévalo, guionista promisorio que acá se luce menos que otras veces (dicen que por culpa del montaje final, que le quitó algunos desarrollos necesarios), y el carilindo Eduardo Noriega, protagonista, al que le endosan unas canas y una hija adolescente. Lo acompañan la colombiana Angie Cepeda (pero siempre vestida), Belén Rueda, y, entre otros, los inefables característicos Carlos Leal, Luis Callejo y José Angel Egido.
Sobre los misterios de la sanación, mejor se recomiendan «Resurrección», de Daniel Petrie, con Ellen Burstyn, y «Las manos», de Alejandro Doria, con Jorge Marrale, que es más divertido y creíble que Noriega.
P.S.


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