19 de marzo 2009 - 00:00

“Fantasma” con voces óptimas y acción hoy algo esquemática

La espectacularidad de la puesta de «El Fantasma de la Ópera» de Lloyd Webber, en español y 23 años después. Al lado, Carlos Vittori y la mexicana Claudia Cota, voces notables y bien elegidas.
La espectacularidad de la puesta de «El Fantasma de la Ópera» de Lloyd Webber, en español y 23 años después. Al lado, Carlos Vittori y la mexicana Claudia Cota, voces notables y bien elegidas.
El público de hoy está acostumbrado a que los asesinos de ficción tengan gustos de sibarita y disfruten de la buena música, como es el caso del doctor Hannibal Lecter de «El silencio de los inocentes». Pero el siniestro protagonista de «El fantasma de la Opera» (genial músico e ingeniero según la novela de Gaston Leroux), es un auténtico representante del siglo XIX y, como tal, está más emparentado con el conde Drácula y con el caballero, devenido monstruo, de «La Bella y la Bestia».
La presencia del fantasma siempre resulta amenazadora. El hombre del rostro deforme boicotea estrenos, manipula a los directores del teatro y mata a varios inocentes con el fin de estrenar sus propias óperas y de imponer a Christine, la cantante de la cual se ha enamorado, en el papel de prima donna. Pero, sus planes para seducirla se ven estropeados por sus propios impulsos asesinos (en cierto modo justificados por las humillaciones que padeció desde niño) y esto hace que la historia de amor que vive con la muchacha se convierte en una sombría fantasía gótica, cuyos momentos más luminosos corresponden a los tres montajes de ópera que «supervisa» el protagonista desde su escondite.
A veintitrés años de su estreno en Londres, «El fantasma de la Opera» llegó a Buenos Aires con versión al español y respetando, al pie de la letra, los criterios de puesta del montaje original, así como el diseño de todos sus rubros técnicos. Musicalmente, la obra resulta algo reiterativa, aunque sus melodías sean muy pegadizas, y por eso tantas veces imitadas.
Esto se ve compensado por varios temas románticos que aún siguen conservando su atractivo, entre ellos, «Piensa en mí», «Angel de la música», «El fantasma de la Opera», «Ya no habrá más vuelta atrás» y «Cuánto quiero yo volverte a ver». La escenografía y el vestuario son los rubros de más peso en este musical y superan en elocuencia al propio libreto.
No sólo brindan una cuidadosa recreación de la Belle Époque, sino que además se ocupan de reforzar el contraste entre el amor puro de Christine y Raoul y el universo casi demoníaco en el que habita el fantasma, al que siempre se ve en ambientes lúgubres, rodeado de candelabros o atravesando espejos. Inclusive, cuando se desliza en su barca por los inundados subsuelos de la Opera de París, es como si traspasara el límite entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos.
Las andanzas del protagonista son lo suficientemente macabras y riesgosas como para mantener atenta a toda la platea, pero la construcción de los personajes resulta algo esquemática. Tal vez esto no sea una particularidad del mismo musical sino que se deba a que la puesta local, forzosamente, todavía no alcanzó el timing deseado al que sólo se llega con el correr de las representaciones. Las marcaciones actorales también denotan cierta rigidez.
En el plano vocal, en cambio, los resultados son óptimos. Hay muy buenos cantantes en el elenco y todos tienen su lucimiento. Carlos Vittori compone a un fantasma muy sobrio, casi un gentleman, y tiene a su lado a una excelente partenaire, la cantante mexicana Claudia Cota (muy aplaudida en la escena del cementerio). También se destacan Mirta Arrúa Lichi (la simpática prima donna que rivaliza con Christine) y Lucila Gandolfo, como la enigmática maestra de danza.
«El fantasma de la Opera», basada en la novela de G. Leroux. Libro: R. Stilgoe y A. Lloyd Webber. Mús.: A. Lloyd Webber. Dir.: H. Prince. Int.: C. Vittori, C. Cota y elenco. Dir. Residente: R. Rodriguez Conway. Dir. Mus.: G. Gardelín. Coreog. Orig.: G. Lynne. Esc. y Vest.: M. Björnson. Dis. de Ilum.: A. Bridge.(Teatro Opera)

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