4 de abril 2012 - 00:00

Fascinantes viajes de Tabucchi

Fascinantes viajes de Tabucchi
Antonio Tabucchi, «Viajes y otros viajes» (Bs.As., Anagrama, 2012, 270 págs.)

Un sorprendente sincronismo ha hecho que al mismo tiempo que se conocía que el gran escritor italiano -y portugués por adopción- Antonio Tabucchi había emprendido su viaje terminal apareciera en las librerías de Buenos Aires «Viajes y otros viajes». Ese hecho hace que se tienda a leer en clave de testamento este libro que fue publicado en Italia hace dos años, cuando Tabucchi ya sabía del cáncer que lo acosaba. «He viajado mucho», explica en la nota introductoria, «pero tal vez me falten los viajes más extraordinarios. Los que permanecen sin escribir, encerrados en su propio alfabeto secreto bajo los párpados, cuando nos quedamos dormidos, y levamos anclas».

La segunda mitad del siglo XX ha sido fértil en escritores viajeros: Chatwin, Naipul, Sebald, Theroux, Magris, entre otros. Tabucchi participa sólo parcialmente de esa magna lista. Explica: «soy un viajero que nunca ha hecho viajes para escribir sobre ellos, algo que siempre me ha parecido una estupidez. Sería como si uno quisiera enamorarse para poder escribir un libro sobre el amor». Y su libro trata de viajes realizados, de viajes deseados o impuestos, de «otros viajes» adonde nunca ha ido y a los que lo han llevado novelas, cuentos y poemas, viajes que lo han hecho ir a lugares donde se encontró rodeado por la memoria de palabras leídas.

«Viajes y otros viajes» reúne tanto notas que había publicado en diarios y revistas como inéditas. Hay casos en que, como en «Desde Mongolia», son cuentos antológicos. Pero lo clave es que cada texto, esté repleto de referencias literarias o no, ofrece lo que vuelve a un escritor un gran artista: hacer ver de otro modo. Indica desde qué recóndito margen se puede ver lo bello o lo atroz. Observa en Cancún una divinidad de nuestra época en un conjunto de «criaturas de Düseldorf o de Austin, deseosas de experimentar la sensualidad de los trópicos, ofrecen sus cuerpos en una danza frenética al Dios del Turismo Global. Después del sacrificio humano, los aguarda el televisor de sus habitaciones, con canales exclusivamente en inglés o en alemán, no vaya a asaltarles la tentación de escuchar el sonido del idioma que se habla en el país en el que casualmente se encuentran».

Buenos Aires le muestra que Borges, en sus poemas iniciales, la convertía en una ciudad vacía, tan metafísica como un cuadro de Chirico. Advierte a quienes visiten en París «El jardín des Plantes» que hay un oxotol y uno, como explicó Cortázar, se puede convertir en ese monstruo acuático, así que conviene correr a la Gran Galería de la Evolución. Viendo canguros en Canberra, le pregunta a su hija: «¿Pero para qué vinimos?», y ella le contesta «¿Te acordás de ese vecino que siempre te para para presumir de sus magníficos viajes? Vamos a mandarle una postal desde Canberra, a ver la cara que pone».

Puede explicar lo central desde los márgenes, desde qué lugar de Lisboa se ve la ciudad por entero, o cómo llegar a la casa museo de Delacroix en Saint-Germain-des-Pres donde hay obras tan menores que deslumbran y cartas que muestran que podía pintar con palabras. Un planisferio, en las páginas 254-255 permite al lector elegir qué tour va a hacer, sabiendo que eso de la «aldea global» es una mentira de los medios. Obviamente no se dejará de ir a Portugal, Italia o al India, y que se dejará para el final del viaje los «Por persona interpuesta», es decir los que se hacen a través de los libros. En cada etapa de este bello «confieso que he vivido» se encuentra esa grandeza, esa rebeldía civilizatoria, esa fervorosa humanidad que hicieron del autor de «Sostiene Pereira» uno de los nombres esenciales de la cultura europea de la segunda mitad del siglo XX.

M.S.

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