15 de junio 2011 - 00:00

Feroz represión en Siria dispara otro dramático éxodo

Refugiados recién llegados al campamento de Boynuyogun, en Turquía, aguardan que se les asigne un lugar. Los testimonios demuestran la crudeza de la represión.
Refugiados recién llegados al campamento de Boynuyogun, en Turquía, aguardan que se les asigne un lugar. Los testimonios demuestran la crudeza de la represión.
EE.UU. denuncia la mano de Irán detrás de la feroz represión desatada en Siria. Algo previsible pero que vuelve a exponer la alianza entre regímenes brutales a la hora de asfixiar revueltas populares. El dato deja también en evidencia lo absurdo de algunos sectores de izquierda y de ciertos gobiernos de la región que, dominados por el antinorteamericanismo, se niegan a denunciar las violaciones a los derechos humanos de algunas dictaduras. Se sabe que los intereses prevalecen a la hora de establecer alianzas. Lo que irrita es el doble discurso. «Hoy, en Siria, Irán está apoyando los despiadados ataques del régimen de Asad contra manifestantes pacíficos y las acciones militares contra sus propias ciudades», afirmó Hillary Clinton ayer. Más allá de que a su propio Gobierno le cabe el doble rasero descripto y paga costos por ello, los antecedentes de ambos regímenes musulmanes y antiisraelíes permiten inferir que la responsable de las relaciones exteriores de EE.UU. está en lo cierto. Mientras, el mundo arriesga una nueva crisis humanitaria.



Guvecci, Turquía - La desesperación crece cada día entre los refugiados sirios que cruzan la frontera hacia Turquía por la represión del régimen de Bashar ál Asad, mientras 9.000 personas se apiñaban ayer en las carpas y algunas mujeres denunciaban torturas.

Relatos sobre la ferocidad bárbara, el uso de tanques y helicópteros contra civiles son algunos de los temas que se escucharon ayer en Guvecci, un pueblo de 500 habitantes del lado turco en la frontera con Siria, donde las autoridades de Ankara permiten a los refugiados proveerse de alimentos y luego regresar, aunque por pocos metros, a territorio sirio.

En ese lugar llovió la noche del lunes durante horas y no todos los refugiados tenían un techo impermeable como las más de 8.500 personas apostadas en carpas en Yayladigi y Altinozu.

«Dos mujeres con los senos cortados por los soldados sirios fueron internadas en hospitales turcos hace dos días», afirmó un refugiado que se negó a dar su nombre para evitar ser identificado por los servicios secretos de su país.

Dificultades

Su reserva es explicada con el gesto de cortar la cabeza. «No conozco sus edades, pero lo supe», agregó en referencia a las víctimas, antes de dirigirse hacia el negocio del pueblo.

Controlar la información es difícil: en el hospital de Antioquía quien pide información a los camilleros de cirugía es enviado al médico clínico que, a su vez, pretende autorizaciones escritas del gobernador de la provincia de Hatay.

En Guvecci, un refugiado de 30 años afirmó que «participé en protestas contra el Gobierno y cuando supe que tenían mi nombre, huí. Si me detienen, me pueden matar». Además afirmó que su familia «está en un lugar seguro».

«Dispararon a hombres y animales, bombardearon con los tanques, atacaron con los helicópteros», contó, por su parte, un joven de Jisrash Shughur, una de las ciudades más golpeadas por la represión del presidente Asad en los últimos días. Los «tanques», los animales golpeados y el momento «en el cual huimos» están en los ojos y en las palabras de un niño de 12 años, que hace tres días acampa cerca de Guvecci con 13 familiares.

Relato

Cuando se llega al punto de que la prensa internacional logra captar ecos de lo que sucedió en la censura informativa siria, hay alguien que da nombre y apellido, y hasta firma cuando se le pide que lo escriba en un cuaderno.

Abdolá Hamoud relata cómo «hemos rechazado a Asad, pero nos encontramos sin electricidad, teléfono, sin pan ni agua».

Hay quien cruza a un coronel que da confirmaciones detalladas de deserciones. Un refugiado aseguró haber visto el lunes, acampados en la zona, a soldados sirios sin uniformes.

Los rostros son jóvenes pero cansados, a menudo marcados por la dificultad de la salida ante las lluvias torrenciales de anoche.

«La mitad está sin reparo», dijo un refugiado indicando la dirección donde, quien puede, se ubicó en unas 50 tiendas con telas azules más allá de la calle que marca la frontera entre Turquía y Siria. En cuanto a las condiciones de los miles de refugiados que se estima están en las alturas del valle, sólo se puede trabajar con la imaginación.

Agencia ANSA

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