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Fiebre financiera por tierra fértil, barata y con entorno pobre
Según el Instituto Internacional para el Medioambiente y el Desarrollo (IIED), con base en Londres, en los últimos cinco años, 160.000 hectáreas en Mali, 450.000 en Ghana, 600.000 en Etiopía, 470.000 en Sudán y 800.000 en Madagascar han sido compradas o alquiladas por inversores privados o públicos en condiciones frecuentemente poco transparentes, es decir, a precios irrisorios, sin consulta con la población local, haciendo figurar como inexplotadas tierras que no lo son y sin asentar en los contratos los compromisos de inversión y generación de empleo por parte de los adquirentes.
África es el continente más afectado por esta fiebre de tierra fértil. Pero los inversores empiezan a mirar también hacia América Latina como otra zona pletórica de espacios cultivables no totalmente explotados aún.
Monitoreo
El International Food Policy Research Institute (IFPRI) monitorea estas transacciones entre Estados ricos, importadores de alimentos y con restricciones en materia de tierra y de agua, como las potencias petroleras del Golfo (con Arabia Saudita a la cabeza), China, Corea del Sur y la India. También intervienen en el proceso países europeos como Suecia, Dinamarca y el Reino Unido, cuyos fondos de inversión privados adquieren hectáreas en países africanos para producir biocombustibles, por ejemplo.
En Brasil, corporaciones estadounidenses han adquirido haciendas azucareras mientras los japoneses compran allí hectáreas para cultivar soja.
En concreto, son países que buscan oportunidades en naciones en desarrollo para producir «deslocalizadamente» los alimentos que necesitan. Claro que, en muchos casos, este objetivo va en detrimento de la soberanía alimentaria ajena.
El IFPRI formula algunas reglas básicas que podrían contribuir a evitar este desbalance: transparencia en las negociaciones, respeto por los derechos de propiedad preexistentes, inclusive consuetudinarios y comunitarios, reparto de los beneficios, sostenibilidad ambiental y prioridad al suministro doméstico.
La inversión extranjera puede ser positiva para el desarrollo agrícola, pero evitando que se reproduzcan los modelos de enclave de las experiencias coloniales pasadas. Para eso es necesario el compromiso de los países del G-8, G-20 y el recientemente proyectado G-14, muchos de los cuales son activos «land grabbers».


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