15 de enero 2010 - 00:00

Final abierto el domingo: Frei y Piñera pelean voto a voto

Eduardo Frei y Sebastián Piñera, representantes de la Concertación y del centroderecha, se medirán el domingo en las urnas. El conservadorismo busca destronar a la alianza oficial después de 20 años de hegemonía.
Eduardo Frei y Sebastián Piñera, representantes de la Concertación y del centroderecha, se medirán el domingo en las urnas. El conservadorismo busca destronar a la alianza oficial después de 20 años de hegemonía.
Santiago - Olga Jiménez (53) miraba ayer por la mañana, detrás de la reja de su casa, el revuelo que provocaba la visita de campaña de Eduardo Frei a la población popular Ezequiel González Cortés. Quiso el destino que el postulante oficialista para las elecciones del domingo dedicara parte de su último día de campaña a visitar la casa de al lado de la de Olga. Cámaras, banderas, secretarios, militantes y curiosos se movían al unísono alrededor de Frei y de Martita, su histriónica esposa, y todos padecieron el efecto embudo que supuso ingresar a la vivienda que dio la bienvenida al candidato en este barrio humilde de la comuna de Ñuñoa, a media hora del centro de Santiago.

La mujer, obrera del calzado en espera de una jubilación que llegará en 13 años y será de u$s 220, contemplaba la escena con seriedad, tratando de dejar claro que ese festejo no era el suyo. Su opción para el balotaje del domingo es por Sebastián Piñera. Olga pidió especialmente que este diario aclare que ella es devota de la Iglesia Metodista Pentecostal, y que no es cierto, como había trascendido esta semana, que los evangélicos apoyan a Frei. Que su pastor, «el obispo más importante, llamó a votar en conciencia, ni por uno ni por otro».

A su lado, el padre de Olga, muy mayor, también mostraba un gesto adusto. «Tiene problemas de memoria y no se acuerda de las cosas, por eso vota a Frei», aclaró su hija. Esta vivienda, de paredes amarillas y una generosa sombra brindada por un tinglado, fue toda una excepción el 11 de setiembre de 1973, cuando Augusto Pinochet dio el golpe de Estado. El padre de Olga Jiménez, de linaje radical, apoyó «la liberación de los comunistas» y se atrevió a colgar una bandera en su domicilio, en medio de una comunidad que vivió aquella jornada como una tragedia.

Quejas

«Nos respetaron», reconoció Olga, madre de dos hijos. «En tiempos de la Unidad Popular, ellos (por los de la casa de al lado que ya habían recibido a Michelle Bachelet hace cuatro años) tenían todas las semanas canastas enormes, llenas de bienes, y a nosotros nos daban sólo un pollito, porque teníamos refrigerador», se quejaba todavía ayer.

Los piñeristas como Olga acusaron el impacto de la última encuesta de la firma Mori, que marcó un empate técnico con leve ventaja para el postulante conservador, pero igualmente se ven confiados. En definitiva, nunca estuvo tan cerca la alianza de centroderecha (hoy llamada Coalición por el Cambio, el 44,05 por ciento en primera vuelta) de acceder a la presidencia tras 20 años de democracia.

El postulante y multiempresario dedicó la mañana de su última jornada proselitista a recorrer Valparaíso y Viña del Mar, y cerró anoche en Concepción. Se arriesgó a hablar sobre el eje democracia/pinochetismo con el que insiste el oficialismo. La Concertación (29,6 por ciento en primera vuelta), dijo, no logra soltarse las amarras y las cadenas del pasado. Al hacer eso, no logra vivir el presente, y tampoco nos deja proyectar el futuro», criticó.

Entrevistada por Radio Cooperativa, Bachelet dejó claro lo que obsesiona al oficialismo de cara al domingo: el porcentaje de votos blancos o impugnados, que serían en su mayoría de partidarios del díscolo socialista Marco Enríquez-Ominami.

«Quiero convocar a que no se vote blanco o nulo. Hay gente que puede querer expresar molestia», pero eso no evita que «las decisiones se tomen igual. Lo que está en juego es muy importante», reflexionó la mandataria, que se retira con una popularidad superior al 80 por ciento.

Escépticos

Sobre un padrón de 8.250.000 ciudadanos, el voto bronca sumaría un 7 por ciento el domingo, lo que representa el doble del nivel habitual en elecciones presidenciales, dicen encuestas. De los sufragantes por ME-O, nada menos que el 21 por ciento se manifiesta por esa opción. Si ese dato se confirma, Piñera estaría con un pie en La Moneda, no por sumar apoyos extra a los que viene recibiendo desde 2000 la alianza de sectores liberales, conservadores y pinochetistas, sino porque la Concertación habría cedido tres puntos cruciales de los escépticos.

Posibilidades

Al otro lado de la reja de la casa de Olga, en un barrio al que muchos taxistas no aceptan entrar, Renato Rubillar, de 69 años, padre de cuatro hijos, también obrero del calzado, sentía ayer la necesidad de aclarar algunos puntos ante Ámbito Financiero. «Aquí somos 3/4 partes de la Concertación y un cuarto de Piñera. Las viejitas de mucha edad no se dejan engañar por arribistas. El éxito no se transmite, y no es cierto que un empresario va a pagar más a un obrero para compartir su éxito. Quiero que mi hija, que es fotoperiodista, tenga más posibilidades que yo», argumentó Rubillar, atento a otro hijo con problemas mentales parado a su lado. Como de muchos chilenos de a pie, de este hombre surgieron palabras amables hacia la Argentina. «Allí pasé los mejores años de mi vida», y enumeró todas las calles paralelas entre Cerrito y Riobamba de la Capital Federal. Fue un emigrante económico hasta 1970. Trabajó como obrero y vivió en Berazategui.

Muchas de las «viejitas» citadas por don Renato estaban en los portales de sus casas saludando a Frei. En un locutorio desempolvaron una canción de la Unidad Popular de Salvador Allende. «No se trata de cambiar de presidente/ será el pueblo quien construya/ un Chile diferente», repetía el estribillo setentista en alto volumen. Querían que lo escuchara el democratacristiano mientras se trasladaba a otra casa en la que prometió extender beneficios de salud para los más humildes. Una de las «viejitas» concertacionistas elevó sus demandas. «¿Volverá si gana? ¿Se acordará de los pobres por una vez?», se preguntó entre las risas de sus amigas.

Terminó la escena, y un puntero comenzó a reclamar la devolución de las banderas. Frei subió a un auto y partió. Anunciaron que, por la tarde, el cierre de la campaña sería en la población de San Gregorio, «un emblema contra la dictadura».

Un hombre alto, vestido de político, caminaba rápido. Temía quedar demasiado atrás de la caravana del postulante. En su apuro, cometió un acto miserable. Ya sin cámaras, se acercó una mujer de mediana edad con visibles problemas de salud y económicos. Se escuchó que le dijo que necesitaba algo, no se entendió qué. El hombre no se detuvo. «Llámame a la oficina», le dijo tomando distancia. «¿Dime a qué número, pues?», le preguntó desde lejos la mujer, con más ganas de dejarlo en evidencia que de escuchar la respuesta.

* Enviado Especial a Chile

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