13 de octubre 2009 - 00:00

Fontova sabe elegir compañía

A Horacio Fontova siempre le gustó jugar en los bordes; y eso ha sido al mismo tiempo su mayor mérito personal y artístico y su mayor problema a la hora de tener una aceptación pública más masiva. Siempre se bajó de los grandes momentos de éxito; por aburrimiento, por saturación, por sus ganas de pasar a lo siguiente. Y sin haber cambiado su manera de cantar y componer ni haber modificado ninguna de las banderas que ha sostenido a lo largo de su vida, está lejos de la cresta de la ola que navegó en épocas televisivas junto a Jorge Guinzburg o en tiempos de mayores convocatorias para la música.

Construido artísticamente en el espacio del pub y del café-concert, la sala del teatro ND/Ateneo -pequeña, intimista- resulta perfecta para el estilo del «Negro». En su modo de comunicación con el público, nunca termina uno de saber cuándo pasa del humor a la música; o al revés. Sus parrafadas delirantes que pueden irritar mentes pacatas se confunden con algunas de sus canciones que van en la misma sintonía, pero también se mezclan con clásicos del folklore, como «La nochera», «Zamba de los mineros», «Criollita santiagueña», «Mi burrito cordobés», «Recuerdo de mis valles», etc., que interpreta lejos de la ortodoxia del género.

Esta vez, al set de su trío -sus fieles laderos de música y humor José Ríos en bajo y Puki Maida en batería y percusión- se agregó la fuerte presencia de un grupo invitado, al que Fontova le entregó buena parte de su escenario. Jujeños pero radicados en Córdoba, donde montaron una peña y donde debutaron hace una década, los Inti Huayra tienen ya una importante historia y dos discos editados, pero todavía no han terminado de hacerse conocidos en Buenos Aires. Con un estilo que apunta a combinar lo más tradicional de la música del noroeste con la modernidad de los arreglos y con una parte principal de repertorio propio, son ya una banda madura que merece la atención.

En el arranque y en el más largo final, Fontova, sus músicos y los Inti Huayra se fundieron en una decena de piezas. Y, musicalmente hablando, aún a pesar de algunas desprolijidades, brindaron lo más sabroso de un concierto que fue, esencialmente, muy divertido.

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